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¿hay que dar a la gente la arquitectura que se merece?

por Santiago de Molina — Miércoles, 27 de abril de 2011

Quizás fruto de la reiterada distancia del habitante y la arquitectura, algún arquitecto posmoderno exclamó como un grito aparentemente liberador: “¡Demos a la gente lo que se merece!”. Si aquella expresión estaba claramente referida a una rebaja de la Arquitectura y al menosprecio encubierto a sus habitantes, al mercado y a la calidad, hoy aquella exclamación ha revivido gracias a una nueva disposición de los actores.

Las administraciones han asumido en este tiempo y más que nunca antes, el valiente pero incierto papel de intermediarios entre el posible éxito de la arquitectura, la sociedad y los arquitectos. Y han hecho suyas algunas propuestas con un grado de compromiso hacia la ciudad y sus ciudadanos en aras de una rentabilidad enfocada desde muy diversas interpretaciones y profundidades. (Aunque lo que parece claro para todos los protagonistas de esos procesos, es que la arquitectura se ha mostrado, invariablemente, como un bien provechoso desde todo punto de vista).

Sin entrar a juzgar la calidad, los costes, o siquiera lo legítimo de dicho beneficio, -que ya de por si es un buen tema de reflexión y debate-, lo cierto es que la arquitectura no solo ofrece réditos a sus ciudadanos por medio del turismo cultural, a los arquitectos a través de una exaltación de su egotismo, o a los políticos por medio de un imponderable número de votos, sino que también encuentra rentabilidad, de un modo más profundo, en las huellas que dichas obras dejan en la ciudad y la cultura, entendiendo ambas como organismos en desarrollo y regeneración.

Lo cual tal vez obligaría a pensar más en términos de responsabilidad que de rentabilidad. O dicho de otro modo, tal vez la mayor rentabilidad de la arquitectura se produzca contemplándola como un bien, principalmente,  a largo plazo.

La arquitectura penetra, como bien cultural y no solo de mercado, en los estratos profundos de la sociedad y posibilita su progreso. La arquitectura es capaz de proponer nuevas formas de vida y hace aflorar desarrollos urbanos que antes permanecían solo latentes por medio de intervenciones no necesariamente inmensas desde el punto de vista del coste o la forma. Como configuradora del habitar, el éxito de la arquitectura está limitado a su permanencia en el tiempo, sin embargo la ciudad, misteriosamente, guarda memoria de las actuaciones que han tenido cabida en sus entrañas. La ciudad como contenedor de esas historias, de sus cicatrices, intervenciones y suturas, está formada por un cuerpo vivo en el que medir las obras como algo instantáneo se ha mostrado de una estrechez de miras impropia de lo que significa tanto la arquitectura como la “cosa pública”.

Por otro lado vemos como los recursos disponibles en un momento de necesidad no hacen ya verosímiles las estrategias de generación urbana basadas solo en el derroche icónico. Más bien al contrario, hoy la estrategia más aceptable tanto desde el punto de vista de los recursos como de su impacto, parece ser la de la mínima inversión. Con todo lo que eso significa de cambio de relaciones entre ciudadanos, políticos y arquitectos, al menos si que quiere continuar sosteniendo un discurso de máxima rentabilidad.

Dicha estrategia de mínima inversión y máximos resultados, obliga al empleo de más eficaces formas de comunicación, visibilidad y participación, capaces de lograr la repercusión que antes se daba por supuesta con el objeto icónico. Frente a una arquitectura que depositaba sus energías en la imagen, y en la aceptación devota por parte de la ciudadanía, pequeñas intervenciones de rehabilitación, de reactivación de usos o reaprovechamiento de  edificios existentes, se muestran hoy con una capacidad inusitada de activación de zonas degradadas de la ciudad. Esas mínimas intervenciones suficientemente pactadas e informadas, parecen un camino sin retorno para el desarrollo de la ciudad en los tiempos venideros. Y seguramente sean la garantía más sólida para propiciar una vida urbana sana y profunda.

Todos los actores del crecimiento de la ciudad saben que difícilmente es posible en la actualidad otro modo de hacer arquitectura que no ofrezca información y difusión de las obras antes de su resultado final, y que sean capaces de generar un sentimiento de pertenencia y de arraigo a ellas. Enfocar el asunto desde esta óptica parece claro que centra el problema, más que en la producción de objetos capaces de atraer ciudad a su alrededor, en el fortalecimiento de los lazos de la ciudad y la ciudadanía.

Vemos a diario cómo poblaciones y barrios se movilizan cuando sienten que su ámbito urbano está en peligro o sufre alguna agresión. Hoy la arquitectura sola no es suficiente sino está ligada, antes incluso de su nacimiento, a una ciudadanía capaz de darle sustento “afectivo”. La arquitectura puede incorporar estos procesos como un valor. Procesos que la alimentan y que son una fuente de oportunidades para la activación no solo de la forma, sino de los ciudadanos y su compromiso con la arquitectura.

Hoy la pregunta con que comenzábamos debe ser formulada en otros términos, de modo que el implícito sentido de superioridad que contenía, quedara transformado de manera radical. La sociedad, de hecho, exige a arquitectos y políticos, pasar más bien de aquel “la arquitectura que se merecen” a “la arquitectura que todos nos merecemos”.

Incluidos nuestros nietos, y los hijos de sus nietos.

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Santiago de Molina

Arquitecto y docente madrileño hace convivir la divulgación y enseñanza de la arquitectura, el trabajo en su oficina y el blog Múltiples estrategias de arquitectura

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10 comentarios a “¿hay que dar a la gente la arquitectura que se merece?”

  1. Javier Ricardo Simón Niño dice:

    Estando de acuerdo con el artículo, puntualizaría dos cosas: que solo una pequeña parte de la sociedad siente como necesidad reclamar “arquitectura” precisamente de sus arquitectos (¡hasta tal punto nos hemos desprestigiado ante el resto de la sociedad!)y que la pregunta debería de enunciarse bajo la fórmula de la “arquitectura que todos necesitamos”, libre de los personalismos de unos y otros y ajena a toda posible connotación de premio o castigo.
    Creo que los arquitectos, y nuestras organizaciones profesionales, deberíamos convertirnos más en revulsivos sociales, actuando desde dentro del tejido social del que muchas veces nos hemos autoexcluido bien por sentirnos por encima de los gustos y necesidades que muchos ciudadanos nos manifestaban o bien incomprendidos cuando nuestras vanguardistas propuestas generaban el rechazo de la gente corriente, y empezar a actuar desde abajo, exponiendo cláramente y poco a poco nuestras diversas ideas y concepción de la arquitectura, la ciudad y la vida urbana, aplicando conceptos de sotenibilidad, participación colectiva, y contenidos éticos y estéticos, que introduzcan paulatinamente formas y lenguajes arquitectónicos que de esta manera sufrirán un mestizaje sin duda enriquecedor.
    No niego que en ocasiones sea precisa y justificable una gran intervención de corte personalista, pero lo que está en juego es la creación de una arquitectura de calidad aceptada y comprendida por la mayoría y cuya consecución precisa de tiempo, mucho más que el de las grandes intervenciones planificadas cada cuatro años.

  2. Stepienybarno dice:

    Como bien dices Santiago, la arquitectura no se puede rebajar. Es lo que es y no se debería trivializar con ella. Esa es parte de su grandeza, que nunca se termina de atrapar. Pero lo que está claro, es que a demasiadas construcciones que solo han servido para conseguir esos votos de los que hablas en el artículo, se le ha llamado inmerecidamente: arquitectura.
    Cuando hablas de las cicatrices de la ciudad, nos venia a la mente la cita de Octavio Paz, que nos recuerda que “La arquitectura es el testigo menos sobornable de la historia”. Si no somos capaces de cuidar el “sentimiento de pertenencia y de arraigo”, poco futuro tendremos.
    Como siempre, felicidades por tu bonito post.

  3. Aleix dice:

    Hola. No sé si acabo de estar de acuerdo con lo que dices. Creo que lo que debates es si se ha pasado de una Ilustración (la arquitectura para el pueblo sin el pueblo) en decadencia (una arquitectura a medida del pueblo) a un oasis democrático con la arquitectura. Si es eso, no estoy nada de acuerdo.

    A excepción de diseños urbanísticos verdaderamente progresistas, lo que percibo es que las construcciones siguen el patrón siguiente: 1)acuerdo entre políticos y constructores con preacuerdo con el arquitecto; 2)entrada en escena del arquitecto que desarrolla su monólogo durante la construcción; 3) alarma entre los vecinos cuando el proyecto entra en sus últimas fases; 4) inauguración del complejo arquitectónico y página de contraste en los periódicos. a veces hay un cambio de gobierno que a)descubre que el presupuesto se ha disparado, b) se apropia de la propaganda del proyecto. Nunca hay una c) que sería la paralización del proyecto.

    Y eso pasó con las torres gemelas de Barcelona y volvió a pasar con el hotel vela. Y pasó en Valencia y ha pasado en Santiago. Pasó que las construcciones pillan por sorpresa a los ciudadanos pero es que estos no aprenden.

    Fíjate en lo que pasó en Barcelona con la Diagonal. Se llama a la ciudadania para opinar sobre la reforma de la principal arteria de la urbe, ejercicio democrático que causa asombro por doquier. Por un fenomeno de combinación entre a) un grupo mediático potente (La Vanguardia) y b) un carácter local de adolescente crítico, la consulta resulta un fiasco. ¿Se merece esto Barcelona? Bueno, es lo que ella ha decidido.

    Para que haya democracia es necesario que haya una sociedad informada, crítica y activa. Y creo yo que nuestro siglo no avanza hacia estas características, más bien lo contrario. Pero aun sabiendo lo que es bueno y malo en política, ¿sabemos lo que es bueno y malo en arquitectura? ¿Existe esa formación en arquitectura?

    Yo creo que no.

  4. El espacio público y la participación, by Reyes Gallegos « La Ciudad Viva dice:

    [...] me recuerda al post (recomendable) de Santiago Molina, recientemente publicado en La Ciudad Viva  -ver aquí- bajo el título: ¿hay que dar a la gente la arquitectura que se merece? Frase horrible, pero que [...]

  5. ¿Hay que dar a la gente la arquitectura que se merece? | laciudadviva | veredes dice:

    [...] + artículo publicado en laciudadviva.org etiquetas:arquitectura, artículo, sociedad [...]

  6. Santiago de Molina dice:

    La tesis fundamental del escrito está en la posibilidad de pensar en un nuevo modo de desarrollo urbano en que la ciudad, la arquitectura y la ciudadanía puedan crecer juntas y en mutuo enriquecimiento.

    La dificultad de explicar la aquitectura que comenta Javier Ricardo, es uno de los problemas más patentes y tal vez tenga que ver con la falta de interés que la arquitectura suscita.

    Si a eso le sumamos la dificultad de comprensión implícita que tiene la arquitectura como cualquier objeto de cultura que posee cierta profundidad, el resultado es fatal. Y sin embargo, ninguna “rebaja” de la arquitectura para darla como algo sencillamente asequible, no parece de recibo, (coincidiendo con el punto de vista compartido por Stepienybarno). Lo que no significa que ésta no sea aprensible y que haya que renunciar a su explicación y a compartirla.

    Las fases que enumera Aleix del desarrollo del proyecto de arquitectura en la sociedad, por todo ello, creo que debieran enriquecerse y poder alterarse en el órden habitual que tan bien describes. Tal vez la entrada de los vecinos pudiese realizarse en momentos diferentes. O la aparición de los arquitectos, en lugar de ser monologistas fantásticos, convertirnos en dialogistas…

    Os propongo el “dialogismo” como término a desarrollar.

  7. @SilvestreVivo dice:

    Quiero aportar mi pequeñito grano de arena al asunto.

    La disciplina de la arquitectura, nace como enseñanza reglada a partir del SXVIII a medio camino entre Francia e Inglaterra, muy influenciada por el pensamiento Ilustrado o el mismo “grand tour” de los artistas y arqueólogos europeos que, sintiendo la necesidad de recuperar las ideas del pasado y basados en la razón y el empirismo, llegan a a conclusión que hay que “enseñar arquitectura”. Hasta ese momento, el papel del arquitecto era algo que no tenía que ver nada con lo que ocurrió después. Del mismo modo, la exigencia o no de la sociedad sobre los arquitectos cambió, porque del mismo modo cambiaron las leyes administrativas de la construcción. En cierto modo, eso ayudó a que bien entrados en el SXX, la arquitectura pase a ser una disciplina que funciona por imperativo legal; es obligatorio que un arquitecto firme un proyecto, que un colegio lo vise, que se pida licencia de obras y que se construya bajo unos parámetros urbanísticos.

    Todo ese engranaje que hemos fabricado, no tiene nada que ver con lo que ha sido la historia de la arquitectura hasta la Ilustración. Como al final el agua termina pasando por el río en épocas de crecidas, la realidad se vuelve a imponer y la relación entre la sociedad y el arquitecto vuelve por sus fueros, con el agravante de décadas de malas praxis por parte de todos(incluidos nosotros). Al final, la profesión tiene que ser como la sostenibilidad; poder disfrutar de lo adquirido sin crear la entropía suficiente como para no heredar nada a nuestros descendientes. Y creo que ahí, el arquitecto de hoy en día debe reinventarse y adecuarse a los tiempos que corren; unos hemos decrecido para reciclarnos, otros se han reinventado, otros han permanecido y otros se fueron.

    Lo que a mi personalmente me queda claro, es que lo vivido hasta hace poco (no hablo de Boom),va a ser pasado pues en infinitud de ocasiones, y seamos justos, no hace falta un arquitecto. Quizás deberíamos buscar nuestra imprescindibilidad hacia la sociedad para que nos demanden, como han hecho los abogados, los ingenieros, los médicos o los mecánicos, barrenderos y albañiles. La reformulación pasa por algo personal, luego asociativo y finalmente gremial para que la opinión púbica, nos vuela a mirar como algo que necesita, no como una traba burocrática que solventar para cubrir sus necesidades.

    Saludos

  8. STEPIEN Y BARNO » “¿HAY QUE DAR A LA GENTE LA ARQUITECTURA QUE SE MERECE?” dice:

    [...] Acceder al artículo. [...]

  9. jaime gracia dice:

    Creo que hay que tratar a la ciudad como a cualquier cliente,conocer a profundidad lo que espera de nosotros y juntos en dialogo permanente proceder a usar nuestras habilidades en suministrarselo.Hay que ser mas humilde y no tratar de hacer un monumento a nuestra memoria,la satisfaccion de un usuario bien servido deberia ser suficiente.La gente es la que sufre nuestra respuesta,creo justo que participe en gestar lo que quisieran,aunque no lo tengan muy claro,eso se ira revelando en el dialogo.Esto no quiere ni mucho menos que al realizarla la calidad y el esfuerzo no esten siempre presentes,que sea una arquitectura digna y profesional, de calidad.

  10. [espacio elevado al público] » El Espacio Público y la Participación dice:

    [...] me recuerda al post (recomendable) de Santiago Molina, recientemente publicado en La Ciudad Viva  -ver aquí- bajo el título: ¿hay que dar a la gente la arquitectura que se merece? Frase horrible, pero que [...]

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