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Huellas tras un terremoto

por Santiago de Molina — Miércoles, 18 de mayo de 2011

La tragedia de un desastre natural trae siempre a la palestra inesperadas cuestiones sobre arquitectura.

Tras un drama como el vivido en Lorca, verificamos con cierta crueldad, como es la arquitectura la que en verdad mata personas. Hemos comprobado una vez más, como es el desprendimiento de partes de su morfología y no el terremoto, lo que supone el mayor peligro para los habitantes. Lo cual, da que pensar.

La movilización en ayuda de los habitantes, el despliegue de las compañías de seguros, la presencia inmediata de la clase política en estado preelectoral y los numerosos grupos de arquitectos dispuestos a ofrecer su conocimiento técnico, han puesto en escena el diferente grado de implicación y compromiso de todo un país.

Mientras que el realojo está ya produciéndose de modo progresivo, cabe preguntarse cómo se gestará ese urbanismo de emergencia y la reconstrucción y si se verá como una oportunidad para el posible desarrollo o consolidación de Lorca.

La gestión del realojo está siendo novedosamente tratado desde el mismo Ayuntamiento de esta localidad. La importancia de la información directa a través del “ayuntamiento virtual” se está mostrando de una inmediatez y eficacia impensable ya incluso desde el mismo instante del terremoto.

Hoy cerca del 60% de los edificios han sido declarados habitables. La tarea de rehacer la ciudad pone sobre la mesa cuestiones relacionadas con los espacios urbanos libres, con lo que significa restaurar, la eficacia de las normativas edificatorias e, inevitablemente, sobre el futuro de toda la ciudad.

No hay duda de que una vez superado el dolor de la tragedia, se levantará una nueva ciudad cargada de futuro. Está dentro de la condición urbana y humana erigirse sobre los escombros de lo anterior. Y está en la condición de la misma ciudad de Lorca que ha vivido en su historia, dolorosas inundaciones y terremotos en épocas no tan lejanas.

Las repercusiones de esta tragedia podrán verse en una ya anunciada revisión de la normativa. Tal vez más exigente, seguramente más restrictiva, pero desde todo punto de vista, más conservadora y más cara. La relación entre coste económico y coste social se verá nuevamente redefinida. ¿Prohibirá la nueva normativa todo ornamento en las fachadas susceptible de caída?. ¿Endurecerá las reglas constructivas o estructurales?.

En España sufrimos anualmente cerca de 3000 terremotos. La mayoría de ellos imperceptibles. Tan solo del orden de 15 de ellos al mes, tienen intensidad suficiente para ser percibidos, decía un consagrado especialista, responsable y pastor de la información y el estudio de nuestros terremotos.

La realidad es que la normativa edificatoria permanece, por vocación, constantemente en entredicho porque debe evolucionar a la par que la sociedad. Exactamente igual que ésta ha asumido esa relación en términos de automoción o de seguridad alimentaria o farmaceutica.

Pero otra de las consecuencias más palpables del terremoto se encuentra a un nivel más profundo, precisamente en las relaciones de los habitantes con la propia arquitectura.

Las imágenes de la tragedia más difundidas concentran su energía en la alteración de la forma de los objetos y edificios en relación al hábito: calles de un futuro apocalíptico; vehículos como descapotables jardineras de escombros y tierra; sándwiches edificatorios inhabitables, donde los forjados se rellenan de muebles y ropa polvorienta. Imágenes deformes de objetos cotidianos. Equilibrios imposibles donde los edificios y las  calles construyen un paisaje inesperadamente rugoso, áspero y pardo frente a la gastada lisura de lo habitual.

Las imágenes del terremoto hacen a la arquitectura protagonista y vuelven a los habitantes un fondo casi inexpresivo.

Ese protagonismo de la arquitectura, se debe entre otros motivos a que la sociedad la ha asignado un papel invariable: la arquitectura ha aceptado como parte de su misión fundamental servir de refugio y de cobijo al ser humano. Sin embargo el sentido de protección, inherente e indisociable a la arquitectura, se pone en entredicho con los desastres de la naturaleza.

Si la arquitectura, a quien se ha encomendado la tarea de brindarnos una eficaz protección física y simbólica, deja de funcionar como tal, colapsan también las estructuras simbólicas del hombre. Si no es posible confiar en la arquitectura, pues hasta ella misma está sujeta a lo lazos de la fatalidad natural, ¿en qué se puede confiar para nuestro amparo?.

Ese creo, es uno de los aspectos más complejos y profundos de este fenómeno. La pérdida de fe en la arquitectura resulta más costosa, en términos psicológicos y económicos, que los meros daños producidos por el terremoto. Por cierto, hoy valorados en sólo 70 insignificantes millones de euros.

Mientras, la imagen de grupos de bomberos y arquitectos marcando con trazos rojos los edificios a demoler quizás resulta por ello aun más dolorosa e incierta. Prontos al derribo, reverso de las marcas de sangre lechal en las jambas de las puertas antes de la furia bíblica, los edificios con su vida contenida entre ruinas, dejarán paso a otros más caros y quién sabe si más seguros.

 

Santiago de Molina

Arquitecto y docente hace convivir la divulgación y enseñanza de la arquitectura, el trabajo en su oficina y el blog Múltiples estrategias de arquitectura

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4 comentarios a “Huellas tras un terremoto”

  1. Sergio Lozano dice:

    Antes de nada, felicidades por el post. Se agradece una reflexión sobre la actualidad.
    El peligro de perder la fe en la arquitectura, usando tus propias palabras, se está extendiendo en la sociedad. No solo como una cuestión de la sociedad sino entre los colegas arquitectos.

    Parece que ya ni los arquitectos tienen, tenemos, fe en la arquitectura. Serán los tiempos.

    Abrazos a los lorquinos y saludos!!!!!

  2. C.Golleneche dice:

    Muy bien visto el problema de la arquitectura como una coraza!

    La norma será más dura y nos tendrán mareados otra vez. Y hasta el próximo terremoto en que se prueve si vale o no. Un mareo que no se puede comprobar.

    Si incumples una normativa de la NTE de ventilación o lo que sea,te frien, porque es verificable, pero en cuanto a esas cosas es imposible saber si funcionará hasta que haya otro terremoto…

    Absurdo. Los pocos edificios que se han caido en realidad son un buen ejemplo de que todo ha funcionado “relativamente” bien.

    Si es que que muera una sola persona es admisible…

    Y a mi me parece una burrada.

    Enhorabuena por hacernos pensar

  3. Santiago de Molina dice:

    Gracias a los dos por vuestros comentarios.

    La pérdida de confianza en la arquitectura es palpable. Ya ni los estamentos económicos ven en ella un valor…

    Esa desconfianza en su poder como refugio es significativa, no solo por el terremo, sino como bien apuntas, también por la situación y los tiempos que corren.

    C.Golleneche apunta en otra dirección sobre el sentido de las mejoras normativas. Creo que se trata de temas peliagudos pero en perpetua redefinición. En realidad da la impresión de que a nivel normativo se funciona con números muy gordos. Por ejemplo, en el terremoto de Lorca, parece ser que el nivel de superficialidad del sismo y las condiciones del suelo, han amplificado su efecto hasta hacerlo mucho más desastroso de lo esperable.

    Cuestiones que la normativa, me parece, no contemplaba…

    Saludos y gracias de nuevos por vuestros valiosos comentarios

  4. Huellas tras un terremoto | laciudadviva | veredes dice:

    [...] + artículo publicado en laciudadviva.org etiquetas:catastrofe, ciudad, españa, lorca [...]

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