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Tecnocracia vs. participación en la política urbana: ¿un debate real?

por Jorge Galindo — Martes, 8 de noviembre de 2011

Momento de la performance “Technocracy: Parade of Machines”, en Gdyni (Polonia).

En el Financial Times de ayer (edición digital, sección blogs) puede encontrarse un artículo muy interesante sobre la crisis de deuda europea. El artículo comienza con una supuesta frase que le dijo Barack Obama, Presidente de los Estados Unidos, a Angela Merkel, canciller alemana, y más o menos el equivalente a una Presidenta europea oficiosa, habida cuenta de que ejerce como líder de la Unión Europea. La cita reza así:

I guess you guys have to be creative here.

Según el FT, la frase de Obama puede aplicarse al Banco Central Europeo y a sus funcionarios, de quienes no se puede esperar que hagan otra cosa que la que están haciendo, porque precisamente alguien se lo ha ordenado. Ese “alguien” es un político, por supuesto. Y un político elegido democráticamente, dado que los Estados europeos son democracias liberales representativas. El problema es que el tecnócrata, por definición, no puede ser creativo: no lo tiene permitido, ni formal ni (apenas) informalmente. Así que si una organización política, y por tanto la sociedad que la soporta, se ata las manos dejando su futuro en manos de técnicos, tendrá que hacer frente a la vieja paradoja de “no se puede hacer frente a nuevos problemas con viejas soluciones”.

¿Y qué puede el mundo de la ciudad y el urbanismo aprender de la situación europea en general, y de esta visión en particular? Aunque no lo parezca, mucho. En términos de escoger un modelo determinado de toma de decisiones para nuestros núcleos urbanos, pero también de clarificación de conceptos para saber qué modelo escoger. La lección general sería que un mayor nivel de técnicos no asegura un mejor gobierno del entorno urbano. Pero lo realmente interesante es el corolario que se puede extraer: en realidad, no existe ningún dilema ni contradicción entre una fuerte presencia tecnócrata y la existencia de procesos políticos definitivamente participativos en una ciudad. Al contrario: con un buen diseño, una podría reforzar a la otra. Cómo damos el salto de la lección general al corolario, y qué implicaciones tiene esto para el desarrollo urbano sostenible, es lo que trataremos ahora de explicar.

Podemos comenzar rompiendo mitos. Hay dos que quedan habitualmente confrontados: por un lado, el ya mencionado: una presencia más fuerte de tecnocracia mejora el gobierno de la ciudad. Más técnicos, mejor preparados y con una capacidad de acción superior asegura que las políticas desarrolladas serán de mayor calidad, y el desarrollo de la ciudad, por tanto, se verá positivamente afectado. Por otro lado, el dogma de la participación pública, que, en procesos bottom-up, garantizaría que las políticas decididas y desarrolladas son compartidas por una gran parte de la ciudadanía, con lo que su aplicación será mucho más fácil y garantizará, además, una maximización del bienestar de los habitantes, dado que ellos mismos han elegido qué prefieren de forma explícita.

Estas dos argumentaciones tienden a confrontarse. ¿En qué se basa el enfrentamiento? Parece obvio, a simple vista: se trataría de una elección entre técnicos con conocimiento especializado, y ciudadanos con conocimiento propio, subjetivo y de primera mano sobre los problemas del día a día. Aunque no lo crean, esta discusión remite a uno de los principales debates en las Ciencias Sociales, y en toda la filosofía de la ciencia. Resumiendo mucho, la pregunta es si el conocimiento sobre la realidad es objetivable, y por tanto podemos confiar en los especialistas “científicos” para resolver los problemas que el día a día nos plantea, o si no hay tal cosa como un “saber objetivo”, sino que todo depende, siempre, del sujeto que aborda la cuestión. La consecuencia lógica de esta última postura sería, por supuesto, confiar en procesos de toma de decisión lo más amplios y democráticos posibles. Yendo a un ejemplo concreto: una ciudad se está planteando el dilema de si cerrar el centro histórico al tráfico rodado. Los tecnócratas se dedicarían a tomar mediciones sobre niveles de contaminación, estudiarían la estructura poblacional del distrito, su tejido económico, el impacto que en los negocios tendría la falta de vehículos, y tal vez hiciesen alguna encuesta para conocer la percepción de los vecinos. Los “participativos” comenzarían precisamente por el estudio de percepción, para después desarrollar un proceso de votación/asambleario vinculante. Simplificando mucho, los primeros confían en la ciencia, los segundos, en el saber común.

Pero en realidad ambas modalidades tienen problemas considerables. Así, la postura tecnócrata, como ya hemos visto, ata de pies y manos a la Administración (y por tanto a los ciudadanos a los que sirve) cuando un problema nuevo llega. Por ejemplo, si en vez de hablar de un asunto más o menos típico como cerrar al tráfico el centro, nos enfrentamos a un nuevo fenómeno social urbano como lo han sido, en la España de los últimos años, la existencia de grandes polígonos de vivienda nueva vacía debido a la burbuja inmobiliaria, los técnicos que precisamente la permitieron (si no, a veces, ayudaron a provocarla) no son las personas más indicadas para encontrar una solución. Simplemente, mata, en gran medida, la creatividad. Además, por supuesto, está el “imperativo ético” y moral de la democracia como mejor de los sistemas posibles, que es un dogma aceptado en todo el mundo occidental.

Respecto a la posición “participativa”, la primera y lógica objeción viene por el lado de la gestión de la información. Como ya hemos apuntado en anteriores artículos, no todo el mundo tiene ni el tiempo, ni el interés, ni la capacidad para informarse de la debida forma sobre todos los asuntos que le afectan, por lo que muchas veces su participación en toma de decisiones será mínima, sino inexistente. Además, hay un trade-off claramente estudiado entre democracia y rapidez en la toma de decisiones: si algo se ha de hacer de manera urgente, o es importante, embarcarse en una decisión colectiva consume más tiempo que no hacerlo. Por supuesto, esto puede no parecer muy grave con los ejemplos mencionados. Pero imaginemos una consulta sistemática sobre los presupuestos anuales (podemos observar casos famosos como Porto Alegre, en Brasil), o sobre asuntos acuciantes como la seguridad o la inmigración, donde la agilidad gana en importancia. Un último impedimento, quizás el más importante, es lo que podríamos resumir como la “Ley de Hierro de la oligarquía”. El teórico político Robert Mitchell la formuló respecto a los partidos políticos, asegurando que toda organización se vuelve gobernada por una minoría atenazada por la burocratización/especialización, los problemas de gestión común debido al tamaño (o cómo encontrar consenso entre miles de personas en horizontalidad), y los sesgos psicológicos de las masas. Dejando este último punto de lado, más cuestionable, los dos primeros se antojan como problemas que podemos observar todos los días en cualquier Ayuntamiento.

¿Qué solución podemos ofrecer, pues, a semejante dilema? La tradicional es, ni más ni menos, la democracia representativa, esa vieja amiga que lleva tantos años ayudándonos a elegir alcaldes en el mundo occidental. Y que ha sido defenestrada y apartada por los dos “mitos enfrentados” que estamos tratando: la postura tecnocrática porque deniega casi por definición a cualquier proceso decisorio que venga de los ciudadanos. La posición participativa, por su lado, consideraría a la democracia representativa como una forma corta o tímida de democracia, que no garantiza las mencionadas ventajas de consenso, engagement y maximización del bienestar. Sin embargo, la democracia repesentativa permite superar algunos de los problemas apuntados: por un lado, deja espacio para que los técnicos puedan trabajar siempre sujetos a la “regla de la mayoría”, y por otra, agiliza los procesos de manera que la falta de eficiencia temporal de la decisión colectiva queda minimizada. Por todo ello, da una respuesta relativamente elegante a la existencia permanente de la Ley de Hierro de Mitchell, encontrando un balance entre la inevitabilidad de las minorías y la necesidad de democracia. Al mismo tiempo, representa una síntesis del conocimiento objetivo/científico y la necesidad de aceptar que este nunca existe de manera total, sino siempre sujeto al subjetivismo ciudadano. Así pues, quizás es un poco precipitado deshacernos de esta herramienta y buscar cobijo en los mencionados “mitos” para tomar decisiones en nuestras ciudades.

¿Pero vale la democracia representativa que tenemos hoy en día? ¿Podemos simplemente quedarnos con el actual modelo y vivir felices con él, tomar decisiones del día a día, y también a largo plazo? Cientos de ejemplos, miles de casos del día a día, muchos de ellos reflejados en este mismo blog, nos dicen que no, que podemos hacerlo mejor por y para los espacios que habitamos. Y aquí es donde pretendemos introducir de manera conjunta las posturas tecnócrata y participativa, argumentando que no tienen por qué estar enfrentadas. Al contrario, se pueden construir de manera paralela sobre los cimientos que nos marca el actual modelo representativo, ampliándolo y mejorándolo, con el doble objetivo de ser creativos (como nos pediría Obama) y eficientes (como, de seguro, le gustaría a Merkel).

La política, también la urbana, no es más que un conjunto complejo e interrelacionado de toma de decisiones destinado a gestionar el conflicto de intereses, opiniones y emociones latente en cualquier grupo social. Todas estas decisiones requieren de un grado determinado de conocimiento sobre la situación, y al mismo tiempo, como decimos, en todas hay visiones confrontadas. Es decir: el lado objetivo y el subjetivo son indisolubles el uno del otro. Volviendo al ejemplo inicial de cerrar al tráfico un centro urbano, es obvio que la idea de un vecino de setenta años y la de un comerciante de treinta y cinco no será la misma. También está claro que respecto a cómo hacerlo, al grado determinado y la forma específica de limitar la circulación, es necesario contar con un abanico de conocimientos específicos. Por tanto, lo que debemos hacer es aclarar roles y niveles de decisión. Si aceptamos que, en virtud de ser capaces de llegar a acuerdos dentro de tiempos y espacios razonables, un grado de delegación en representantes es necesaria (esto es lo que tomamos del actual modelo de Ayuntamientos), tendremos un primer agente: los políticos democráticamente elegidos. En ellos recaerá una tarea, principal e inicialmente: decidir qué deciden, valga la redundancia, cada uno del resto de agentes involucrados. Esto es, en qué momento o nivel un técnico puede tomar una decisión, cuándo ésta ha de partir de los representantes, y cuándo es necesario introducir el proceso participativo. El resultado de este mix puede ser, por descontado, distinto en cada ciudad. Así, para un entorno determinado, la política sobre la gestión del agua puede carecer de toda importancia. Pero en una ciudad holandesa (por su abundancia y peligro infraestructural) o norteafricana (por su escasez) puede ser clave, por lo que dejarlo en manos técnicas o aún de representantes políticos no será lo más apropiado.

A partir de este punto, cada grupo de agentes (ciudadanos, representantes y técnicos) deberán asumir un rol con unas competencias limitadas y determinadas, y atenerse al mismo. El político tendrá que ser a la vez responsable, comunicativo y creativo; el técnico, eficaz y capaz de informar a la población de la mejor manera posible; y el ciudadano, exigente, informado y subjetivo. Hay quien define esta situación de la siguiente manera: los representantes son el vehículo a través del cual los ciudadanos marcan los fines empleando procesos participativos y representativos a la vez, mientras que los técnicos se encargan de poner medios a estos fines. Nosotros vamos aquí aún más allá: el trabajo de los técnicos es también explicar a los ciudadanos cuándo algo no puede ser y por qué, no obedecer ciegamente. Y, a la vez, la responsabilidad ciudadana es la de informarse y atenerse a las consecuencias de este modelo. El representante político es una correa de transmisión entre estos dos niveles, a la vez que un líder cuando el contexto lo necesita.

Este modelo no es perfecto, por supuesto, y pocos ejemplos pueden observarse hoy por hoy. Sin embargo, nos parece un buen modelo de partida al que deberían tender las ciudades, aprovechando que, a diferencia de la Unión Europea, su tamaño y requerimiento institucional les permite profundizar en la búsqueda no ya de una mayor, sino de una mejor democracia.

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8 comentarios a “Tecnocracia vs. participación en la política urbana: ¿un debate real?”

  1. Por una Ciudad Viva: Del Crecimiento a la Resiliencia « La Ciudad Viva dice:

    [...] entre tecnocracia y participación ciudadana a la que hace referencia J. Galindo en un post anterior pasaría de un modelo de obstrucción a uno de colaboración, que en definitiva es como se comporta [...]

  2. fidelvza dice:

    En mi opinión no es un debate de extremos, por mi experiencia en la administración local desde hace 8 años como arquitecto bisagra pienso que se trata de una evolución en la forma de gobernar lo local. Lo veo como un proceso en el que vamos caminando de un modelo a otro mediante el ensayo / error que hasta no hace mucho era percibido por la mayoría de ciudadanos como de más aciertos que errores. Mi comentario lo enfoco obviamente como técnico que se siente aludido y que, aun discrepando de algunos fragmentos del post en su inicio, acabo aplaudiendo y sintiéndome plenamente identificado con las reflexiones que lo cierran. Me explico.
    Comparto el comentario de que “un mayor nivel de técnicos no asegura un mejor gobierno del entorno urbano”, aunque yo sí creo que ese buen nivel técnico suele reflejarse en la ciudad construida.
    Igualmente me apunto a la idea general del escrito en la que Jorge Galindo expone que no hay contradicción entre tecnocracia y procesos políticos participativos en la ciudad, en realidad ambos conceptos se retroalimentan en sus acciones. Una decisión provoca una reacción que activa algún tipo de proceso participativo de la ciudad y éste, a su vez, aporta información para futuras decisiones.
    Si alguien tiene la tentación de pensar que los técnicos son el problema creo que eso sería sobrevalorarlos. Los técnicos no han permitido ninguna burbuja, aunque sí pueden ser acusados de haberse dejado llevar por la corriente, por la misma que políticos, bancos y compradores.
    Coincido con el apunte de que la posición participativa en el gobierno no se identifica con un proceso de acción rápida. Ese tiempo afecta a la toma de decisiones y eso no siempre es eficaz en la gestión de conflictos que significa la gobernanza. Por el contrario discrepo cuando se formula que una postura tecnocrática deniega cualquier proceso decisorio que venga de los ciudadanos. Eso equivale a negar la condición de ciudadanos de los propios técnicos y negar su capacidad de análisis y deducción de las necesidades que la ciudad plantea. No quiero obviar aquí que no hay decisiones de técnicos sino propuestas y que éstas se convierten en decisiones cuando los políticos electos, como no puede ser de otro modo, las elevan a ese grado ejecutivo.
    Jorge Galindo en su escrito dice: La política, también la urbana, no es más que un conjunto complejo e interrelacionado de toma de decisiones destinado a gestionar el conflicto de intereses, opiniones y emociones latente en cualquier grupo social. Comparto plenamente tal definición y me apoyo en ella para plantear el papel del técnico en la administración como instrumento al servicio de la política que suministra opciones y materia prima para esa gestión de conflictos. En el caso del arquitecto describo su función, aunque no sólo en la administración, como la del arquitecto bisagra, situado habitualmente entre posiciones aparentemente contrapuestas y con la necesidad de mantener una posición que permita la flexibilidad de los elementos que intervienen con la intención de resolver el conflicto urbano en el que se vea involucrado.
    En esa misión de aportar en ese modelo de colaboración estamos muchos más de los que aparecen y he de reconocer que leí con mucho agrado cuando se dice que: “el trabajo de los técnicos es también explicar a los ciudadanos cuándo algo no puede ser y por qué, no obedecer ciegamente. Y, a la vez, la responsabilidad ciudadana es la de informarse y atenerse a las consecuencias de este modelo. El representante político es una correa de transmisión entre estos dos niveles, a la vez que un líder cuando el contexto lo necesita”. Se nos pide eficacia, visión global, capacidad creativa y otros valores que como técnicos vienen asociados, pero lo cierto es que desde la proximidad a la acción política compruebo el valor de la capacidad comunicativa como uno de los valores más necesarios que nunca. Parece de Perogrullo pero sin duda la explicación comprensiva como técnico de la administración es una contribución imprescindible en aras a la transparencia que el ciudadano agradece en cada ocasión en la que tengo ocasión de participar. Me lo creo y me gusta.
    Gracias por provocaciones como estas de Jorge y salud

  3. Políticas públicas para ayuntamientos sin dinero | bancaconfidencial.com dice:

    [...] “I guess you guys have to be creative here”. Jorge Galindo lo comentaba la semana pasada en La Ciudad Viva. Esa frase es un traje a medida también para la política [...]

  4. Entre tecnocracia y participación en el gobierno local « uniteva.bisagra dice:

    [...] Galindo en un post de La Ciudad Viva se pregunta: Tecnocracia vs. Participación en la política urbana, ¿un debate real? La gestión de conflictos en el gobierno local para la acción del político no se reduce a una [...]

  5. Cambio Consciente » Blog Archive La Civdad Viva – Por una Ciudad Viva: Del Crecimiento a la Resiliencia « dice:

    [...] entre tecnocracia y participación ciudadana a la que hace referencia J. Galindo en un post anterior pasaría de un modelo de obstrucción a uno de colaboración, que en definitiva es como se comporta [...]

  6. ANNA Notícies » Polítiques públiques per a ajuntaments sense diners, per Ramón Marrades dice:

    [...] “I guess you guys have to be creative here”. Jorge Galindo lo comentaba la semana pasada en La Ciudad Viva. Esa frase es un traje a medida también para la política [...]

  7. Políticas públicas para ayuntamientos sin dinero | PAH Valencia dice:

    [...] “I guess you guys have to be creative here”. Jorge Galindo lo comentaba la semana pasada en La Ciudad Viva. Esa frase es un traje a medida también para la política [...]

  8. Enlaces recomendados (2º). HDR SKIES | Amanece Metrópolis dice:

    [...] puede el mundo de la ciudad y el urbanismo aprender de la situación europea en general? Aunque no lo parezca, [...]

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