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Conversaciones de ascensor en una ciudad sin intermedios

por Ecosistema Urbano — Jueves, 15 de diciembre de 2011

Soy arquitecto —lo confieso—, pero como a tantas otras personas me ha tocado vivir en sitios creados, no según principios arquitectónicos, sino por requerimientos inmobiliarios, que por desgracia son muy diferentes. En cualquier caso, lo que hoy me gustaría contar es algo que he vivido como habitante, como usuario, como vecino, como visitante, en el día a día de mi ciudad, y con lo que cualquiera podría sentirse identificado.

¿Os habéis encontrado alguna vez con alguien en el ascensor? Seguro que sí. Aunque a veces me da la sensación de que los ascensores modernos están diseñados para evitarlo, muchas veces ocurre. Y seguro que os sonará esta conversación, palabra arriba, palabra abajo:

Conversación de ascensor

¿Os habéis preguntado alguna vez por qué somos tan escuetos en esos encuentros? Yo le he dado algunas vueltas —especialmente entre las plantas segunda y quinta—, y entre muchas posibles razones como podría ser sentir antipatía hacia ese vecino, ser tímido, no estar de humor, etc. he acabado descubriendo una muy sencilla: porque en un ascensor es prácticamente imposible mantener una conversación.

Lo he intentado varias veces, y siempre acabamos igual: uno de los dos interlocutores ya de pie en su pasillo, cargado con las bolsas de la compra, y el otro dentro del ascensor, con el dedo puesto en el botón que impide que las puertas se cierren y corten alguna frase en dos como una guillotina; ambos intentando alargar un momento fugaz de encuentro. Se me ocurren muchas situaciones en las que me apetecería conversar, pero casi todas tienen una luz más bonita, un espacio más acogedor, una postura más cómoda y algo más de tiempo por delante.

Como consecuencia inevitable de esta dificultad, llegamos a evitar encontrarnos con otra gente en el ascensor, condenados a una presencia y un silencio forzados. La mayoría de las veces sólo los niños, directos a lo que les interesa sin convenciones y cortesías de por medio, son capaces de comenzar y acabar una micro-conversación de ascensor, con una observación o una pregunta directa, y aún así tampoco es un lugar en el que quieran estar.

¡Que alguien diga algo!

Basta un breve paseo por redes sociales como Facebook para ver el sintomático —e hilarante— imaginario colectivo que hay alrededor de todo esto:

Mirar los botones del ascensor cuando subo con alguien desconocido
Rogarle al ascensor que cierre sus puertas antes de que llegue la vecina
No sé qué hacer cuando subo o bajo en ascensor con un desconocido

Yo también cuando estoy en un ascensor y sube gente me quedo mirando el piso
Por esos momentos de silencio en el ascensor con los vecinos

Y es que un ascensor es uno de los no-lugares más conseguidos que existen. Es casi imposible lugarizarlo, hasta el punto de llegar a convertirse por ello en un reto, objeto de las fantasías más íntimas. El tiempo compartido en ese reducido espacio es mínimo, apenas da para cruzar tres o cuatro frases. La presencia física es forzosamente cercana, nada natural. Incluso la orientación espacial se anula, dificultando la percepción de la velocidad, la dirección, la ubicación y la orientación. Recuerdo lo incomprensible que le parecía a mi abuelo que la casa de mis tíos diera a la misma calle por la que él había entrado. El ascensor le convertía el edificio en un auténtico Escher.

Pues bien, gran parte de lo dicho sobre los ascensores también se podría decir del resto de espacios comunes en la mayoría de los vecindarios urbanos que conozco. Entre la vastedad impersonal de la ciudad y la intimidad de la vivienda faltan espacios de relación intermedios que pudieran ser casi tan variados como la primera y casi tan cómodos como la segunda. Todo lo que hay es un sistema de espacios dedicados al transporte y la clasificación alfanumérica de personas y objetos, sin ninguna otra función posible. En ese aspecto, el recorrido de acceso desde la calle a un apartamento no se diferencia en nada de, digamos, los túneles de la M-30, y las políticas de desarrollo urbano actuales nos están llevando cada vez más a la ciudad de paso, la ciudad archivador, la ciudad ascensor: una ciudad sin resquicios donde la vida social pueda ocurrir.

Esquema típico de acceso a un edificio de viviendas

Cuando alguien a mi lado saca a colación el clásico debate sobre si la arquitectura puede o no mejorar la sociedad y la vida de las personas, suele venirme a la cabeza todo esto: parece que, por lo menos, puede empeorarla. Eliminando espacios de actividad, limitando las oportunidades de encuentro, clasificando actividades en compartimentos estancos y excluyendo el lado social de las personas.

A veces, al hablar de estos temas, algunos me han planteado ciertas dudas dignas de atención: ¿Y si la arquitectura y el urbanismo “inmobiliarizados”, hechos por pura ley de mercado, responden realmente a una demanda? Si se hacen de esa manera, ¿será por alguna otra razón más allá de optimizar el espacio para aumentar el rendimiento económico? ¿Y si resulta que la gente quiere vivir así? Llegar a su casa por un pasadizo secreto, reducir al máximo el camino desde el coche hasta el recibidor, no ver ni oír jamás al vecino, ocultar todas sus actividades al resto…

Hay al menos dos cosas que me hacen pensar que no es así, al menos no como para justificar la forma tan masiva en que se han extendido los edificios-archivador:

Por un lado —y esto daría para un artículo aparte— hay que tener en cuenta que la calidad de la arquitectura y el urbanismo no se puede relacionar tan directamente con la respuesta del mercado. La arquitectura no es un bien de consumo opcional —si no te gusta o no te lo puedes permitir, no lo compras— sino que responde a varias motivaciones que podríamos situar a distintos niveles de profundidad en modelos como la pirámide de Maslow. La necesidad, incondicional y previa a muchas otras, de tener una vivienda influye mucho más que otros factores como el precio o la calidad, así que el hecho de que la gente las acepte tal y como se diseñan y construyen hoy día no es un indicador nada fiable de su calidad.

Por otro lado, tampoco me creo que la gente quiera vivir así, al menos no exclusivamente y por “imperativo arquitectónico”. En nuestra vida diaria podemos observar que vivimos en un pulso perpetuo entre las necesidades de intimidad y reconocimiento, de retiro y convivencia, de autonomía y relación, y otras muchas. Un pulso que si se desequilibra, puede provocar anomalías de comportamiento. Por ejemplo, la curiosidad hacia la vida de los demás es algo que está en la naturaleza humana, nos permite identificarnos con otros, establecer lazos, aprender conductas y transmitir conocimientos, en definitiva formar una sociedad y una cultura con los demás. Todos somos un poco voyeurs —de ahí el éxito de la prensa rosa—, y si se nos permite serlo de forma natural, rara vez llegaremos a rozar lo enfermizo. De la misma manera, todos somos también un poco exhibicionistas, un poco juerguistas, un poco entrometidos… en suma y por así decirlo, bastante gregarios.

No podemos evitarlo. Conquistamos nuestros pasillos con alfombrillas de diseños varios, colgamos elementos decorativos en las puertas, colocamos plantas que luego cuidamos con esmero, e incluso sacamos pequeños muebles auxiliares, fragmentos domésticos que pugnan por salir al espacio común y acaban casi siempre convirtiéndose en la única señal de vida humana entre el número del portal y la letra de la puerta.

 

Welcome

 

Otro pequeño ejemplo: En el edificio donde vivo, como en muchos otros, las plazas de garaje tienen trasteros detrás. Todos sabemos cómo es un garaje subterráneo comunitario: es un espacio oscuro, crudo, frío, absolutamente inhóspito. Otro no-lugar de manual, en el que parece que nada bueno podría suceder. Pero sucede. Una tarde, estando en mi trastero —acondicionado como taller casero de bicicletas, chapuzas caseras y maquetas—, oigo el sonido de una radio, y al asomarme al garaje me encuentro que hay dos trasteros más abiertos, arrojando franjas de luz cálida sobre los coches. En cada uno se adivina un pequeño paraíso personal de bricoleur, o de coleccionista, o de aficionado al modelismo. De uno de ellos sale el sonido de la radio, del otro, el de una sierra de calar. Un vecino sale y entra llevando piezas de madera que va cortando. Al rato, el otro aparece en la puerta preguntando por ciertos tornillos que le faltan. Y cuando nos damos cuenta, nos encontramos sumidos en la magia social que nace de las actividades, los intereses y los espacios compartidos.

¿Por qué no hay un lugar para todo eso en nuestras ciudades y edificios? ¿Y qué lugar sería ese?

Esa pregunta tendríamos que respondérnosla todos, arquitectos o no. Para mí, sería un lugar intermedio, un resquicio habitable entre lo privado de la vivienda y lo público de la calle. Un lugar donde pudiéramos sacar aquello que quisiéramos exhibir, o realizar las actividades en las que no nos importara ser observados y encontrarnos voluntariamente con otros… o no. Si lográramos salvar los primeros miedos y prejuicios que tenemos tras largos años de vecindad constreñida, parca y enrarecida, si pudiéramos salir del círculo vicioso de desconocimiento y recelo, si nos reeducáramos poco a poco en nuevas maneras de respetar y aprovechar lo colectivo…

… ¿qué podría pasar si parte del espacio de cada propietario estuviera en el espacio común, y tuviera derecho a personalizarlo y ocuparlo? ¿Si en cada acceso o planta hubiera espacio, ventilación, buena temperatura y luz? ¿Qué podría suceder si los ascensores fueran transparentes, y permitieran ver esos espacios comunes previos a cada vivienda? ¿Y si fueran mucho más lentos y tuvieran pantallass, tablones de anuncios, o pequeñas bibliotecas? ¿O si tuvieran un control manual de velocidad, pudiendo pararse a cualquier altura y volver atrás? ¿Qué podría ocurrir si los trasteros-talleres dieran a esos espacios, o al patio común, o a la piscina?

A la vez, añadiendo una dimensión más contemporánea, podríamos hablar de la creación de otro lugar intermedio entre lo privado de nuestro ordenador o nuestro móvil, y lo público de Internet. Otra nueva clase de espacio compartido que funcionaría en paralelo —pero siempre en relación cercana— con el espacio físico y en el que, salvando incluso las actuales barreras arquitectónicas en las que nos hemos encerrado, el concepto de vecindad pudiera comenzar  a revivir y florecer… Pero eso mejor lo dejamos para nuestro próximo artículo, en el que Domenico di Siena nos contará, también desde la experiencia cotidiana, qué y cómo pueden mejorar esos otros espacios intermedios digitales la experiencia colectiva a escala de planta, escalera, edificio, calle o barrio.

Texto e ilustraciones por Jorge Toledo (@eldelacajita) para Ecosistema Urbano (@ecosistema).

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16 comentarios a “Conversaciones de ascensor en una ciudad sin intermedios”

  1. Carlos Cámara dice:

    Felicidades Jorge por este texto tan personal y tan reflexivo: un tema (o mejor dicho, varios) muy cotidianos, casi profanos, pero que esconden grandes reflexiones y por supuesto grandes retos.

    ¡Me dejas con muchas ganas de leer el próximo artículo de Domenico!

    Saludos,

    Carlos

  2. Viditocho dice:

    Buena reflexión, pero me pregunto si la gente, la sociedad o el mercado. Esta preparado para esos cambios.
    Típicas frases como “yo no vivo en experimentos de esos” “Yo quiero una casa de verdad” “Acuérdate del bloque de mi sobrina, eran todo pasillos”
    Es triste pero la gente creo que prefiere esos no-lugares a los “experimentos” no se si por inseguridad, precio o estrechez de miras.

    Echale un ojo a estos vídeos, creo que lo reflejan bastante bien:
    http://taikonautas.tumblr.com/post/251362972/casas-de-arquitecto

    ¿Sabe la gente usar sus propias viviendas?
    http://taikonautas.tumblr.com/post/4519752503/esta-muy-bien-hacer-viviendas-sociales

  3. JT dice:

    Gracias por el comentario, Carlos, yo también estoy esperando a ver qué aporta Domenico al asunto ;)

    Viditocho, comparto totalmente tus dudas, de ahí el tono condicional de la última parte del artículo. Pero creo que el problema es sencillamente que llevamos décadas (como poco) viviendo en un tipo de arquitectura y eso no es fácil cambiar.

    Recuerdo una reflexión bastante interesante que hizo Jakob van Rijs (MVRDV) cuando le preguntaron por qué la gente rechazaba edificios de vivienda “diferentes” como el Edificio Mirador. Él (obviando problemas funcionales o de calidad) comentó que le había parecido increíble que el sistema de vivienda social español no permitiera que la gente ELIGIERA una casa voluntariamente. Aquí te dan una casa, la que sea, por sorteo, y te conformas. La capacidad de elección es muy reducida.

    Partiendo de ahí, no me extraña que en muchos casos el sentimiento de identificación con ese otro tipo de arquitectura sea nulo, con lo que eso conlleva. “Ni lo comprendo ni lo quiero/tengo que comprender”.

    También está el hecho de que en nuestra cultura la vivienda está asociada con lo más fijo, permanente e inmutable en la vida de cualquier persona. Cambios en ese ámbito no suelen ser bienvenidos.

    Yo creo que nuevos diseños (y formas de vivir) comenzarán a funcionar en la medida en que puedan ser bien comunicados en términos de estilo de vida y además ser elegidos por usuarios que los quieran experimentar.
    Y por supuesto, habrá que recoger mucho feedback de esos primeros usuarios para que lo que ellos descubran pueda llegar al resto de la sociedad y los propios arquitectos.

  4. Carabiru dice:

    Interesantes reflexiones, lo cierto es que no hay más que mirar a los pueblos, e incluso barrios antiguos de muchas ciudades para ver que estos no-lugares no siempre han estado ahí.

    En ellos la gente saca banquetas a la calle en días de sol primaveral para echar la partida, para calcetar un poco, o simplemente para disfrutar de la vida.

    Cuando esas calles son escaleras, los peldaños se convierten en apoyo para macetas…

    Esta no-ciudad no es lo que queremos, es lo que nos han “dicho” que queremos.

    Lo triste es que incluso se está exportando al rural, tremendos muros opacos que niegan la relación con el viario y convierten las nuevas casas unifamiliares en búnkers.

  5. Jaime (@eiza) dice:

    Me encantan estas aproximaciones a la arquitectura y el urbanismo desde lo cotidiano y la experiencia personal (que todos compartimos).
    Me ha hecho recordar cuando jugaba de pequeño con mis vecinos en el trastero montando una nave espacial con cajas de cartón.
    Enhorabuena por el post.

  6. Daniel González López dice:

    Una muy buena reflexión personal.Saludos¡

  7. Stepienybarno dice:

    Lo primero de todo felicitar a Jorge por este pedazo de artículo. Estupenda reflexión sobre la cotidianidad en entornos arquitectónicos. La verdad es que el tema de los ascensores y sus conversaciones de ascensor generan situaciones bastante feotas. EL ascensor, como bien comentas, es uno de esos “no lugares” que por fuerza a mucha gente toca usar a menudo y, tal como está concebido, no propicia la interacción.

    Sobre lo de si la gente quiere vivir así; creemos que la gente, en muchos casos, tiende a querer vivir como su vecino (pero con la parcela más grande). La sociedad, básicamente, se ha limitado a pedir lo que le ofrecía un sector inmobiliario que no ha mirado más que por su propio beneficio, bajo el amparo de demasiados políticos que pensaban que el plan general era repartir edificabilidad y poco más.

    A su vez, quedamos expectantes con el artículo de Domenico y su traslación de los espacios intermedios a la red; seguro que también se toca el tema de los “no lugares” en la red.
    Lo dicho y enhorabuena por el post.

  8. Maria dice:

    Me dejas sin palabras!
    Quizás somos animales de costumbres, no tenemos tiempo para nada mas que para nosotros mismos y nos importa un carajo el vecino.
    En una gran ciudad y un bloque de muchas viviendas puede que exista gente que nunca coincida por cuestiones de tiempo y trabajo.
    Para que va a entretenerse en el ascensor si ni tan siquiera saludan por la mañana con un simple ” buenos días”
    Eso también va en los genes y en la educación de cada uno de nosotros, creo.
    Mira los taxis.
    Ya incluso hay algunos que tienen revistas, DVD y falta una nespresso para servirse un café y no molestar al conductor.
    Que texto tan interesante!
    Pues imaginate en new York…. Que harán allí?
    O en dubai?
    Se lo diré a mi amigo de sindler

  9. Pablo Pascale dice:

    Interesantisimo enfoque sociologico para interpretar nuestro habitat, y poder mirar un poco mas alla del encasillamiento inmobiliario. Porque estoy convencido de que si los arquitectos sabemos ofrecer a las empresas constructoras espacios mas habitables, estos espacios mas habitables se venden y cotizan mas y mejor, que no son dos palabras a las que los arquitectos debemos uirles. Se agradece este lindo texto reflexivo

  10. Israel dice:

    Siempre me he preguntado por el caso de las galerías en los edificios de vivienda colectiva en España . La realidad es que rara vez funcionan como espacio de verdadera relación entre los vecinos . Puede que incluso estén bien diseñadas, proyectadas con toda la intención y sentido, y sin embargo quedan reducidas en la mayor parte de los casos a un mero lugar de acceso a las viviendas. Lo mas curioso es ver como esos mismos diseños en otras latitudes, si que funcionan.

    Evidentemente, el que estos espacios comunitarios no funcionen como lugar de encuentro e interacción creo que no pueda atribuirse únicamente a cuestiones de diseño. Creo que tiene que ver con como esos espacios se han generado. Si el proceso de producción de la vivienda es un proceso jerárquico (de arriba abajo), en el que el usuario aparece a posteriori, para el consumo de ese producto, es difícil que exista ningún tipo de identificación con ese espacio y con el resto de vecinos que lo habitan. Todo esto hace que se tienda al individualismo, yo en mi casa con lo mío, la cultura del misterio y la privacidad que por desgracia nos domina.Creo que la participación y el fomentar procesos de producción de la vivienda y la arquitectura alternativos, es fundamental para que estos lugares sean vividos de otra forma.

    La arquitectura tiene unas limitaciones brutales para cambiar o mejorar por sí sola la sociedad. Es solo cuando comienza a establecer vínculos con otros campos y disciplinas, contando desde el principio con los futuros usuarios para su gestación, cuando puede conseguir los verdaderos avances y resultado a nivel social, pudiendo llegar a cambiar la forma en que los habitantes la viven y la entienden.

    Esto que parece algo obvio-todos los que escribimos aquí estaremos más o menos de acuerdo-, creo que no está tan claro para las Escuelas de arquitectura y la profesión en general.

    Estupendas reflexiones, mis felicitaciones.

  11. JT dice:

    Carabiru y María, parece que la plaga de los no lugares se extiende más allá de las ciudades, donde uno casi espera encontrarlos, e incluso a zonas que en principio estaban lejos de serlo. Quizás tenga que ver con la expansión de una no-cultura de la no-relación, dentro de la cual se nos invita a tragarnos las cosas (y los estilos de vida) sin cuestionarlas.

    Stepienybarno, muy interesante la idea de los no lugares digitales, ¿cuáles serían? Le pasamos una buena pregunta a Domenico ;)

    Israel, no podría estar más de acuerdo contigo. Creo que has mencionado una de las claves para entender el éxito o fracaso de este tipo de espacios. No se trata únicamente de diseño, sino de identificación, y la identificación surge de una implicación en la creación. A veces no tiene por qué ser el diseño, basta haber elegido el lugar porque nos gusta, y haber participado de ciertas modificaciones en él. Llegamos, intervenimos, y luego nos sentimos a gusto, no por el cambio de diseño, sino por haber hecho nuestro el lugar.

    Pero seguro que hay algunas otras claves que no estamos controlando los arquitectos. Claves de diseño, de educación, de cultura… que bien combinadas ayudarían a que esos lugares intermedios “vivos” existieran con más frecuencia.

  12. Karen Seaman dice:

    Que buen artículo… generador de mil y una preguntas y de nuevas ideas para instalar en medio de lo urbano…

    Me ha hecho mucho sentido esta lectura, justamente ayer he intentado, en un acto arriesgado y aventurero, iniciar un diálogo para superar la incomodidad de un ascensor. El resultado a sido casi exitoso, ya que fue una grata conversación, pero tan fugaz e inconclusa que me dejó con la inquietud acerca de qué se trata la “medicina tropical” (ocupación de la persona que me acompañaba). Ahora sólo me queda esperar volver a coincidir en este no-lugar con la misma persona para poder aclarar mi curiosidad.

    Además, pensando en las otras reflexiones que plantea el artículo, me ha quedado rondando en la cabeza el caso de aquellos no-lugares totalmente públicos, más alejados de nuestros límites privados, como son por ejemplo los recintos que contienen a los cajeros automáticos. Me sorprende tanto que estos no-lugares se transformen según el horario del día. ¿Por las noches pueden llegar a ser un lugar para el “homeless” que lo ocupa? La fragilidad del tema social que protagoniza estos “espacios” hace difícil la reflexión, pero sin duda está plasmado por la doble crítica entre la cual se mueve lo arquitectónico y lo social.

    Gracias por compratir este tipo de reflexiones que generan nuevas preguntas e ideas. Son una motivación para entre otras cosas comenzar a indagar sobre las transformaciones en el sentido del espacio y la felicidad de las ciudades.

  13. Los vecinos | El Trago Amargo dice:

    [...] silencios incómodos y los comentarios sobre el clima, la típica conversación cuando coincides con un vecino en el ascensor comienza con una queja y se extiende con muchas más. Cuidado con cómo respondes ante una [...]

  14. Conversaciones de ascensor en una ciudad sin intermedios | La Cajita - Jorge Toledo dice:

    [...] e ilustraciones realizados para Ecosistema Urbano (@ecosistema). Publicado originalmente en La Ciudad Viva. [...]

  15. Conversaciones de ascensor en una ciudad sin intermedios | ecosistema urbano dice:

    [...] recomendamos pasaros por el post original para seguir el interesante debate desarrollado en los comentarios. .nrelate_related .nr_sponsored{ [...]

  16. La urbana dice:

    Interesantísimo artículo sobre los límites entre lo privado y lo público y la manera como se relacionan los miembros de una misma comunidad. Desde hace unos años vivo en un Casco Histórico donde la gente saca sus sillas a la calle y plantan tomates en los resquicios entre las casas, y desde luego creo que el modelo de convivencia entre vecinos es válido para la sociedad actual, tal vez no en todos los ámbitos, pero sí para una gran “minoría” que cada vez es mayor.

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