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Colectivos, Caducidad, Crisis

por Santiago de Molina — Martes, 13 de noviembre de 2012

Un par de palabras, algunas de ellas impronunciables, otras ligadas a la propia iniciativa, una docena de siglas innombrables con aspecto de último modelo de electrodoméstico o secreto algoritmo, esconden interesantes grupos de personas e iniciativas amparadas bajo el incierto paraguas del término “colectivo”.

Pocos fenómenos como éste parecen hoy capaces de escapar a la extenuación en que se encuentra inmersa la arquitectura española. El descreimiento general, la desilusión de los profesionales y estudiantes de arquitectura y la falta de perspectivas, han transitado en menos tiempo del imaginable, desde un injusto y general acto de contrición, a una ávida búsqueda de nuevos modelos que permitan entrever un futuro que parece que tardará tiempo en llegar.

Tal vez por ello el fenómeno de “los colectivos” pertenece a lo más interesante del debate arquitectónico actual. Y eso a pesar de que su virulenta proliferación no puede ligarse exclusivamente a una situación de crisis, ni a un cambio de modelo profesional de modo directo.

En su esencia y en la mayor parte de los casos, se trata de planteamientos alejados de una base “política” en su sentido convencional. Cercanos a un sentido de la eficacia que había sido desplazado del centro del debate arquitectónico hacía tiempo, su protagonismo es hoy innegable. Tal vez por eso, por su declarada practicidad, donde el discurso especulativo se apoya principalmente en el propio modo de trabajo, constituye una imagen sintomática y alternativa de las relaciones entre arquitectura y sociedad, y quien sabe si del futuro de la profesión.

Por un lado hay que señalar que el trabajo de la arquitectura dentro de los colectivos no parece ya el de producir arquitectura en su sentido convencional, sino otro tipo de actuaciones fronterizas. Mucha de su labor es fruto directo del autoencargo y de la creatividad. Y eso es reclamar un territorio de trabajo impensable hace unos años.

¿Es de ahí de dónde procede su actualidad y su aura de respetabilidad?. ¿Cuáles son las causas de que lo colectivo se haya convertido en un fenómeno digno de semejante atención mediática?.

Iván López Munuera, arquitextonica, Juan Freire y Doménico de Siena han dedicado recientes escritos a esta anormalidad de lo colectivo. El último de ellos establecía lo que a su modo de ver eran sus características principales: estructuras horizontales, interacción y difusión de su trabajo por medio de la red y apoyo en plataformas de trabajo alternativas. Cabría añadir a las anteriores dos cuestiones que considero de importancia: su caducidad y su carácter local.

La negación en los colectivos de toda estructura piramidal, aparejada a una forma de dirección jerárquica, constituye la médula de su forma de trabajo y parece suficiente como cualidad definitoria. Donde una cabeza visible era capaz de proveer de nombre-marca a la propia obra, los colectivos ofrecen una toma de decisiones “horizontal”. Simplemente eso, ya de por si, parece un argumento suficiente para representar el fin de la exaltación del arquitecto como protagonista de la arquitectura. Sin embargo, apenas se da el caso de colectivos constituidos a priori por oposición a una figura profesional como declaración de principios, sino más bien por una pura eficacia organizativa, por la reducción de costes que se genera al compartir espacio, o las sinergias que se producen entre sus miembros.

Con todo demuestran que bajo una anómala máscara de anonimato es más que posible hacer arquitectura. La mayor parte de sus esfuerzos sociales, la ocupación de los límites de la arquitectura, -de Siena lo denomina “hibridación”-, el tránsito del papel del arquitecto hacia una figura profesional donde su capacidad de diálogo sea expuesta como un valor palpable para el ciudadano de a pie, son valores añadidos al espíritu positivo que de todos ellos parece emanar.

El reciente y llamativo número dedicado a los colectivos por parte de AV, una de las revistas impresas más sensibles a los signos de los tiempos, y que en el pasado exhibió a cuatricromía la pléyade completa de las obras del “star system” de mano de Luis Fernández-Galiano, da que pensar. Otro tanto cabe hacer sobre la mirada de la periodista A. Zabalbeascoa sobre dicho fenómeno.

Y da que pensar porque parece difícil escapar al intento de espectacularización que se produce cada vez que el foco mediático se ha centrado en un fenómeno, más allá de la simple tentación de demonizar las publicaciones impresas. Casos como el de “Elemental” de Alejandro Aravena, como bien ha señalado por otro lado Fredy Massad, muestran a las claras como una sociedad de las marcas y del consumo es capaz de devorar las buenas intenciones hasta hacer de ellas negocio.

Ergosfera, participantes en el número de AV, han manifestado de propia voz la falta en dicho diccionario de grupos representativos o el sentimiento de desactivación que se desprende al ver transformado su mensaje en función del medio en que se expone.

El mero hecho de estar en el punto de mira quizás suponga una presión inesperada y convierta todo en algo más volátil de lo previsto. Claro que acaso su caducidad no sea ya un peligro.

La especial “obsolescencia programada” del trabajo de estos colectivos se muestra como algo sorprendentemente necesario y libre de su connotación negativa. En los más auténticos de ellos, la noción de caducidad es intrínseca y permite diferenciarla de otro tipo de asociaciones. En realidad una cooperativa (sea olivarera o económica) o una asociación (de empresas o de padres de alumnos) poseen una vocación de permanencia más allá de la que tienen los actuales colectivos de la arquitectura española.

La concatenación en el tiempo, las ramificaciones y las reagraupaciones que vemos hoy en ellos los convierten en un escaparate de las posibilidades reales de la arquitectura incluso en esta época de crisis. También en uno de los pocos reductos de esperanza compartida. Y, ¿acaso importa su fecha de caducidad cuando el fin es la consecución de un proyecto y no existe ningún miedo a la reconfiguración en un nuevo horizonte tras finalizar cada trabajo?.

Si en el pasado consistían en plataformas de difusión, trampolines desde los que lanzar una carrera y nacían amenazados por su propio éxito, en una situación laboral como la presente carece de sentido esa orientación. En realidad hoy el trampolín planea más bien sobre una piscina vacía.

La segunda de las características definitorias que entiendo como esencial es la de tratarse de un fenómeno puramente local. Basta estudiar la diferencia entre los colectivos españoles y los franceses o americanos, por hablar de los más enérgicos, para ver que se trata de algo radicalmente distinto. Tanto por su especial sentido de la caducidad, por su número, como por los modos de libertad, anonimato y creatividad que se manejan en nuestro territorio. Cabe preguntarse incluso si es lo colectivo un fenómeno exportable fuera de nuestro país tal como aquí se da.

Existe otras cuestiones de calado: cuando el trabajo tradicional del arquitecto ha estado sujeto a la responsabilidad individual, ¿serán los colectivos capaces de asumir “responsabilidades colectivas” en un contexto donde su tiempo útil y su trabajo está programado?, ¿es posible algo semejante a una responsabilidad colectiva, en los mismos términos en los que se especula con una incierta y borrosa “inteligencia colectiva”?. ¿Acaso tiene sentido incluso hablar de responsabilidad en términos legales cuando la mayor parte de los colectivos tal vez ni siquiera piensen en pertenecer a un Colegio de Arquitectos como colegiados?.

Y frente a eso, ¿acaso no sería responsabilidad suficiente producir arquitectura de calidad?.

Creo que es sobre este punto precisamente, la calidad de lo producido, donde uno puede mostrar a día de hoy más escepticismo. Aun no se han producido “construciones”  de riqueza, profundidad o especificidad, proporcionales a su capacidad de difusión. O al menos de diferente valor al que se ha logrado de otros modos. Es decir, vemos como la estructura de trabajo de los colectivos no se ha trasferido a los resultados sino tan solo al tipo de “encargos”.  Y basta mirar la historia de la arquitectura para identificar momentos donde el trabajo colectivo de la arquitectura fue capaz de lograr esta especial trascendencia.

Otra de las cuestiones de fondo se encentra en la supervivencia económica de sus miembros. En un sistema de colectivos, ¿permitirá el reparto de sus beneficios vivir como arquitectos  a los involucrados en ellos ?, dados los márgenes en que se mueven sus propuestas, ¿es un modelo de supervivencia de suficiente provecho para no convertir la arquitectura en un hobby?.

Preocupados en sacar adelante el día a día su trabajo, tal vez las respuestas a todas estas preguntas no puedan darlas ni siquiera los colectivos mismos.  Habrá que esperar a verlas encarnadas en el futuro. En un tiempo en que se cumplan los vaticinios que hoy parecen sembrarse desde esta esperanzadora forma de trabajo.

De hecho, hoy uno está por constituirse en un colectivo, aunque sea de un solo miembro.

Santiago de Molina

arquitecto y docente hace convivir la divulgación y enseñanza de la arquitectura, el trabajo en su oficina y el blog Múltiples estrategias de arquitectura

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3 comentarios a “Colectivos, Caducidad, Crisis”

  1. ¿Matar al movimiento? :: TODO POR LA PRAXIS dice:

    [...] http://www.laciudadviva.org/blogs/?p=15305 [...]

  2. » ENCUENTRO ARQUITECTURAS COLECTIVAS / Sevilla / 5-8 diciembre 2012 dice:

    [...] Colectivos, Caducidad, Crisis laciudadviva.org / 13-11-2012 / Santiago de Molina [...]

  3. Israel dice:

    Articulo de Josep Maria Montaner sobre el tema.
    Un saludo Santiago!

    http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/02/06/catalunya/1360177819_587334.html

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