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Romper para abrir: regenerando la naturaleza interior

por Juan D. Lopez-Arquillo — Jueves, 3 de octubre de 2013

Desde el arranque oficial de la crisis ahora acontecida, y desde cada uno de los arranques subjetivos de la misma en los ciudadanos, se ha oído miles de veces aquella conjugación del ideograma japonés que expresa crisis como conjunción de los vocablos “peligro” y “oportunidad”. Ambos, en un devenir conjunto en la ciudad, expresan la verdadera problemática que puede implicar esta crisis: Esperar a que pase sin llevar a cabo un cambio radical que evite otras venideras, que si bien será imposible, al menos el cambio de las estructuras de elección y decisión hará más difícil.

Esperar que una solución a una crisis evite otras es un contrasentido sobre el que no podemos construir la realidad presente, particularmente porque el status quo de las categorías de las disciplinas que estudian las crisis (que no sólo hay una) no para de cambiar. En la ciudad, la superación de la moderna técnica de muchas estructuras y superestructuras de la ciudad gracias a la contemporánea tecnología ha alterado de tal forma nuestra percepción y uso del espacio público  que podemos sostener que las ciudades ya no serán iguales desde la aparición de la red y la irrupción de la ciudadanía 2.0.

Y no lo será únicamente por las posibilidades de activar una participación activa y continua, sino porque las tecnologías contemporáneas fuerzan la reconsideración de las modernas tecnologías que estructuraban en parte la concepción y desarrollo de la ciudad desde la revolución industrial.  El ferrocarril, sucio y contaminante, ha dejado paso a las líneas de alta velocidad de trenes que pueden entrar al miso centro de las ciudades. Los grandes acuartelamientos interiores, concebidos para la vigilancia y control del enemigo interior, han dejado paso a las grandes bases militares alejadas de las urbes.  Y, de igual forma al vaciado de contenido de grandes bolsas de espacio ligadas al ferrocarril y a la defensa, la participación y conocimiento de redes sociales anulan, o intentan anular, la más que rancia direccionabilidad de las ciudades en manos exclusivas de la clase política local.

Llegamos localmente, pues, a una situación generalizada de grandes espacios interiores sin uso específico, como las bolsas interiores de Kohn de los vacíos de Río de Janeiro de 1997,  y una profusa presencia de estamentos oficiales en nuestras ciudades. Es un peligro evidente que el mismo sistema neoliberal, insolidario y cruel que ha provocado la situación actual se haga de estas redes de vacío para seguir generando plusvalías que no revierten en la ciudad. Pero es un peligro aún mayor, por común, el desperdiciar una oportunidad de reformar parcialmente las estructura y superestructuras de la ciudad para ganar una mayor capacidad de adaptación al medio y de calidad de vida ciudadana.

Es obvio que estas oportunidades son muy puntuales en las grandes metrópolis, pero en el grueso de ciudades de tamaño medio y menor (< 1.000.000 hab) es fácil observar la oportunidad de comenzar a obtener una nueva nube de espacios disponibles de gran tamaño, bolsas industriales, comerciales o militares que quedan en numerosos  centros neurálgicos y que, con una breve reforma en la circulación de pocas calles, pueden quedar conectados; como intuía Sohei Nishino en sus dioramas de Londres. Estas conexiones posibles, junto con las demoliciones o asimilaciones de grandes equipamientos municipales generaría una red de espacios disponibles como ámbitos libres donde fijar el deporte de barrio, el comercio local y el esparcimiento personal no reglado. Y sin cierres ni horarios. Nada más sin sentido que un parque que no abre los domingos porque no tiene personal para ello.

Estos espacios y edificios sin uso o depauperados es un lastre insalvable para la evolución de la ciudad más allá de la crisis, pues gran parte de esta crisis a nivel local queda claro, ha sobrevenido por el intento de las corporaciones de regular hasta el último ámbito de la vida pública ciudadana, creando estadios, parques, centros y dotaciones que se encuentran en estado de semiabandono, sin uso real y que sólo sirven para ocupar lugares antes de la ciudad y llenar sus estancias de administrativos sobrantes, como la antigua cárcel de mujeres de Ventas, atrapada por el desarrollo de la zona y que dejaba un espacio disponible ocupado, posteriormente, exclusivamente por más trama similar a la que formaba sus bordes. Otra oportunidad perdida.

Y desde la observancia de estos espacios y ocasiones libres en el interior de la ciudad, es inevitable tener que referirse a una escala geográfica del conjunto, escala en la cual ya se percibe el entorno de la ciudad y la oportunidad de, mediante estos vaciados físicos o de sentido, conectar nuevamente con el exterior. La anulación de parte de las superestructuras políticas a las que hemos entregado nuestra capacidad de decidir es posible hoy gracias a las nuevas tecnologías de telepresencia multidireccional, que al igual que la alta velocidad ha hecho con el ferrocarril, ellas han superado la técnica de la mera comunicación bidireccional; y de igual forma la necesidad de recuperar la sostenibilidad en las ciudades pasa por abrir el tejido urbano y humano de las mismas (fundado en las categorías clásicas de la disciplina de la urbanística, parcelación-urbanización-edificación) a una periferia llena de oportunidades de replantear las categorías de ciudad y territorio como un paisaje común del tejido humano. La propuesta de Juan Herreros y Ras arquitectos para la estación del Ave de Santiago de Compostela es un bello ejemplo de regeneración del paisaje interior desde la reordenación programática de todo un área libre, considerando el Ave como un nexo causal de comunicación más allá de su ligazón física posible; y desde esta solución territorial, adoptar una liberación en los bordes de contacto de la infraestructura para con la ciudad que forma sus límites, liberando espacio y abriendo el programa de la estación al barrio.

Uno de los ejemplos mas bochornosos de cómo la vox populi ciudadana, y de un buen sector ciudadano, ha sido desautorizada por una gestión municipal de nudo interés ha sido el caso de Granada y su estación de ferrocarril. Desde su establecimiento a finales del XIX en el extramuros de la ciudad histórica, la estación se ha ido acrisolando como un elenco de vacíos aislados de los barrios que la sostienen en sus bordes. Ahora es una maravillosa oportunidad de integrar este vacío en la ciudad, abriendo esta ingencia disponible a la muy cercana vega. Y, pese a los proyectos volcados sobre la misma -éste es el Proyecto Final de un dicente- los servicios municipales se han empecinado en extraer la nueva estación del Ave de su ubicación central actual, para así poder abandonar esta plétora de espacio de ciudad a las manos de la especulación, pública y privada.  Parece que se mantendrá donde está, pues las administraciones de mayor rango -e inteligencia funcional- así lo han decidido, conectada con el nuevo metro y a pocos minutos del centro histórico.

El crecimiento desordenado e infuncional, canceroso, que han sufrido las ciudades al haber entregado el poder político la vida ciudadana al capital y la burocracia tiene ahora un impass, un oportunidad para la ciudadanía de recuperar el sentido cierto del soporte físico, cultural y paisajístico que la ciudad y el territorio son de la vida humana, y evitar que los otros vuelvan a provocar otra crisis así o acaben por destrozar el planeta. Sólo con ideas genéricas y propuestas concretas se logrará, ideas con sentidos ciertos fundados por la ciudadanía y formalizadas por técnicos al servicio de la buena lógica, y no de otras lógicas menos buenas.

 

 

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