La ciudad viva


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Desnudando las piedras. Decrecimiento interior y reactivación del soporte natural

por Juan D. Lopez-Arquillo — Martes, 5 de noviembre de 2013

En la evolución del crecimiento de las ciudades, la orografía natural que justificaba la ubicación de las ciudades por razones defensivas son accidentes que actualmente limitan la trasnochada urbanización que aún sufrimos. En estas interrupciones, la ciudad abre su realidad y trama urbana a un paisaje exterior y sus aledaños, permitiendo la mirada a la ciudad desde la propia ciudad. Son ocasiones para la formación de la figura reconocible de la ciudad, para el mantenimiento de una naturaleza interior intocable y para recuperar una alternativa al espacio público regulado por el planeamiento que sufrimos dentro de la misma.

Bíblicamente,  se ha asociado la destrucción de las ciudades a catástrofes naturales con un nivel de acción cuasiplanetario, o bien con acciones de guerra concretas sobre zonas de territorio limitadas. El actual exceso de consumo de recursos naturales y la contaminación a todo nivel en el planeta puede, a medio y largo plazo conducirnos inevitablemente a estos cataclismos que homogeneizarían territorio y ciudad al nivel de cenizas. Pero la destrucción de la ciudad es, más bien,  un proceso ligado históricamente a la pérdida de vigencia o de usos, que hace del olvido y el abandono las verdaderas armas de destrucción masiva. Es el abandono el que provoca la caída real de las ciudades, al igual que la desatención a la periferia la que provoca su progresivo borrado cuando la ciudad crece sobre ellas. La concepción positivista en el crecimiento de las ciudades es el auténtico enemigo interior tanto para el territorio local de la ciudad como para el global, pues las ideas heredadas de las transformaciones de la ciudad tras la revolución industrial son las que han colocado a las ciudades en la tensa y predominante posición de hoy frente al territorio que las contiene. Y, como en el resto de acepciones de este territorio previo, el soporte natural sobre el que se ubica la ciudad, a veces a caballo entre una naturaleza inaccesible y otra edificable, ha sido también negado, obviado y ocultado… excepto en casos en los que la potencia natural de estos accidentes ha evitado su eliminación o absorción.

Londres vs. Río. Músculos urbanos con similar crecimiento nominal pero opuesta implantación territorial.

Es esta concepción positivista del crecimiento de las ciudades, asociado al aumento del bienestar ciudadano en base a un incremento del consumo de bienes y energías, la que fuerza que el soporte natural sobre el que crecen las ciudades sea transformado paulatinamente por anulación y/o transformación total, al extenderse paulatinamente el tejido de la ciudad sobre el mismo, respetando casi exclusivamente las alturas orográficas –puesto que históricamente los movimientos de tierra estaban técnicamente muy limitados- y borrando conceptualmente todo lo asociado a este soporte natural.

Esta eliminación del soporte natural, caja de resonancia de las condiciones en las que habita su ciudadanía, se hace eco de la profunda sinrazón sobre la que hemos construido nuestros sistemas de abastecimiento de energía y material: Los campos en rededor de ciudades abandonados, y los centros de abastecimiento llenos de productos del otro extremo del globo. Hemos llegado a esta situación únicamente por razones no económicas, sino monetarias, y no de toda una sociedad, sino de unas pocas compañías y empresas a las que no se les ha impuesto la constitucional limitación de su libertad económica en aras del bien común. La lógica económica establecerá como directa lineal la generación de alimentos en la propia comarca de consumo, que favorecerá el trabajo y disminuirá los costes globales de transporte. Es la lógica monetaria la que hace nutrirse a algunas distribuidoras de alimentación de productos venidos de la otra parte del mundo, adquiridos por ellas a muy bajo precio por las pésimas condiciones laborales de aquellas geografías, y abandonar los cultivos comarcales y regionales, por los costes de producción. Solamente el planeta acaba asumiendo esa contralógica asumida por las compañías de alimentación, pues el transporte es actualmente tal deslimitadamente barato por el consumo de combustibles fósiles. Es ésta un profundo contrasentido económico, una profunda estupidez de una pequeña parte de la humanidad, que se tiene que ver forzada a finalizar cuanto antes. Las ciudades han de recuperar, y es muy urgente, la actividad de producción de energía en sus comarcas o regiones, pues es ésta una radical vía de reducir su impacto ecológico sobre nuestro ya exiguo planeta. El uso de materiales deleznables, traídos de la otra punta del planeta, las ubicaciones del crecimiento de las ciudades, la realización de edificios que sólo sirven a una función muy específica, son algunas de las cientos de una larga lista de incoherencias que los países desarrollados comienzan a llevar a cabo en el momento de cierta consolidación de las democracias de la postguerra, y que el momento presente, con los sueños megalómanos de una nefasta –por lo general- clase política y las improductivas autonomías (que van de la región a la “república independiente de tu casa”) no han hecho más que empeorar.

Siena y Cape City. Ciudades locales e históricamente implantadas y desarrolladas desde el autoabastecimiento, en una simbiosis con su entorno.

 

Es necesaria una mirada muy generalista para establecer la relación directa entre esta condición global y la realidad urbana de nuestras ciudades. La ampliación de la ciudad acontecida tras la revolución industrial fue posible, entre otras instancias, por la proliferación de transportes colectivos que permitían separar los centros de trabajo y producción de las zonas de vivienda. Pero una vez irrumpe el transporte privado popular en nuestra realidad cotidiana, el planeamiento acepta éste como medio estructural de movimiento, americanizando las ciudades mediterráneas y anulando su coherencia territorial, urbana, ciudadana y productiva. Los movimientos que bogan por el decrecimiento de la ciudad tienen en esta evidencia el campo base de sus justificaciones y propuestas.

Tras muchas décadas de una ampliación centrífuga de la ciudad, que ha eliminado el soporte periurbano previo en rededor, es completamente necesario y urgente un decrecimiento centrípeto que tome consciencia de su realidad local, comarcal y nacional, generando una reducción del sustento planetario de las ciudades y aumentando la densidad de lo concreto. Mediante esta nueva atención al interior formal y categórico de lo local, estaremos en la ya iniciada senda de participación en pro de una ciudad más económicamente limitada pero más rica, una camino de recuperación de la conciencia natural de la vida en la ciudad y en su periferia, una vereda de respeto y disfrute de la historia particular de los elementos y situaciones de la ciudad, discriminando aquellas decisiones mal heredadas de nuestro pasado y poniendo las bases de un futuro más lógico. Es la gran oportunidad que nos ha ofrecido la crisis financiera actual. No sacar rédito ciudadano de esta parada del crecimiento urbanístico será, de nuevo, una oportunidad perdida para nosotros y la ciudad.

Manarola, Italia, y Ronda, España. Pese a ser más amplias que sus elementos icónicos, su carácter e historia vienen delimitados por su ubicación accidentada.

 

Precisamente, ese decrecimiento tiene en los accidentes naturales que por su potencia han sido respetados, una base de partida. La orografía natural, que había sido el único límite a la hiperextensión de la ciudad, se ha convertido ahora en una oportunidad, presente en casi cada ciudad con condicionamiento orográfico, para recuperar, promover o recrear ocasiones naturales que vuelvan a introducir la naturaleza dentro de la ciudad.

Con esta necesidad de decrecimiento y renovación interior, podemos ir sospechando que no tiene sentido trabajar sobre los límites urbanos exteriores, máxime cuando están en vías de extinción. El territorio y las reflexiones sobre él  hacen en la actualidad mayoritariamente referencia a una nueva geometría de lugares deslocalizados  (fuera de toda jerarquía por presencia o uso);  no-lugares en los que no es posible el equilibrio sino desde la presencia simultánea de las percepciones y usos. Estas desmaterialización disgrega sus exteriores haciendo de un forzado equilibrio el único estado material posible. Si la ciudad hasta el XVI era un huevo escalfado, del XVII al XIX se convirtió en un huevo mal frito con exceso de aceite, con espuma en sus bordes, y ya durante el XX la ciudad multinodal vendría mejor representada por una tortilla francesa. La ciudad del XXI sería un servicio de “telehuevo” o quizá un preparado liofilizado de huevo. Las ciudades en los próximos años nos darán el modelo más exacto. Y es aquí donde las nuevas categorías del espacio urbano tienen mucho que decir.

Setenil de las bodegas, Cádiz. La conformación de casas cueva y la estabilidad térmica que ofrece, junto con el rico entorno productor, ha formalizado una población, incluso en su denominación, en torno a la producción vinatera. Territorio, producción, arquitectura y economía fundidos en un organismo complejo y complementario.

 

La mayoría de los espacios urbanos, al igual que desiertos sin bordes, se ofrecen hoy para ser apropiados no tanto por hipotéticas políticas municipales de gestión de la ciudad, sino por el habitante con destreza, puesto que la humanidad y su espacio urbano vital son mucho más complejos. El espacio humano es un relativo capaz, un lugar geométrico de las interacciones del cuerpo con el entorno, con otros humanos y con las energías necesarias para la vida y su desarrollo.

El pensamiento, surgido de la religión y plasmado en  la filosofía, la ciencia y el arte, tiene, como siempre, la solución, basada en una idea muy sencilla: el espacio del territorio no es algo objetivo y exterior a la persona, sino que va “pegado a ella”, a su experiencia y sus tiempos. Hay tantos espacios como personas, pues cada una tiene una experiencia diferenciada del medio físico y ambiental e interactúa con él de una determinada forma. Esta puesta en uso de esquematismos conceptuales asociados a la subjetividad matemática (con la relatividad) filosófica (con la irrupción de la fenomenología de Husserl) y con el espacio artístico de Bruce Naumann, inaugura un  “submundo” –“sub” de “asociado al sujeto” no tiene que ver con el posicionamiento estamental- que se construye pegado a la persona, de forma paralela al hecho corporal del ciudadano- persona.  Einstein,  en su teoría de la relatividad, redefinía los contornos de la existencia natural sobre el referente de un nuevo marco de relaciones espacio-temporales,  inaugurando un concepto de espacio que no es nada en sí mismo,  no existe el espacio en absoluto, sólo existe a través de los cuerpos y energías contenidas en él, y que lo ponen en carga en su accionario interno y múltiple. Einstein descubre la superación de un mundo fundado desde hacía siglos en las categorías newtonianas, el espacio sólo existe como consecuencia de los acontecimientos que tienen lugar en el mismo, y ello es la medida del tiempo: aquello en lo que se producen los acontecimientos. Espacio y tiempo se encuentran imbricados en una unidad deformable pero indivisible, ligando al sujeto y al  movimiento, interiorizados en sí mismo.

Actividad eventual que activa lugares con otras actividades generales asociadas, hasta modificar su contenido de significado: El botellódromo de Granada, para una Universidad de 60.000 alumnos, y el cierre del Puente 12º de Nueva York para la maratón de esa ciudad, de 1.000.000 de corredores.

 

Este espacio lo llevamos, por tanto, adherido a nuestros cuerpos, lo generamos en nuestras acciones. La historia la llevamos en nuestra memoria colectiva y nuestra actividad es el movimiento inestable siempre, de la ciudad. Esta posibilidad de conformar el espacio de la ciudad desde nuestra presencia personal está facilitando enormemente la inestabilidad de usos de los espacios urbanos, la apropiación temporal de nuevos espacios necesarios en el borde de las ciudades y el uso de nuevos modos de movilidad personal. Y, sin embargo, el planeamiento municipal sigue empecinado en mantener la producción de espacios inermes y permanentes, puesta su mirada en La producción de ciudades según principios artísticos de aquel lejano 1889 de Sitte. Pero el ciudadano ya sabe, aunque le nieguen la mayor, que el espacio público lo hace él por donde pasa e interacciona; sea éste una plaza, un mirador, el curso de un río o un barranco. Ciudadano no hay espacio público, se hace espacio público al accionar.

Tanto Ronda como Manarola se han convertido, por su situación y potencia orográfica, en centros deportivos regionales de contacto con la naturaleza.

 

La ciudad del XXI, y esta es la problemática que tenemos que afrontar -y contra la que los condicionantes naturales interiores nos ofrecen una gran oportunidad- ha roto toda noción estructural de la ciudad previa al XX, es decir, toda relación invariante de correlación u oposición entre los elementos que constituyen el ente de la ciudad, relaciones de la ciudad  que pretenden entender el objeto o sistema del que dichas estructuras formales y funcionales forman parte del sistema y, a su vez, el propio sistema. Esta nueva ciudad no es reconocible. Sus relaciones de jerarquía son conexiones virtuales. Pero estas son subjetivas en el modo en el que se crean y permanecen: Representan la interpretación emocional o cultural que el habitante tiene de ellas (y que son ampliadas por la cultura urbana de cine o televisión). Pero pueden tener una falsa apariencia.

La única verdad a establecer será una interpretación del simulacro, y comenzar así a plantear  la posibilidad de yuxtaponer la esencia cultural del lugar con la material. Si el orden de la interpretación viene estructurado por las redes de deformación del territorio –virtuales o físicas- el paisaje interior confluirá con el territorio real,  y renovar desde el autotelismo formal y funcional un territorio físico con sueños virtuales. Al igual que una ciudad es un paisaje mental en cuya entidad participan la percepción local y el reconocimiento del territorio regional, los soportes físicos de estas agrupaciones humanas son ahora otra oportunidad de recuperar un sentido cierto de la actuación local para hacer de la globalidad una entidad más lógica y justa, para con el ser humano y el planeta. Limpiar las rocas interiores, reforestar las montañas de los bordes, evitar la contaminación directa de ríos y mares próximos y aprender a disfrutar estos regalos de la ciudad y la orografía como otro paso más para hacer un mejor espacio público, y, con él, mejores opciones para la ciudadanía.

Acantilados Punta de la Mona, costa de Granada. Vista superficial y representación de perfiles submarinos. Durante el Invierno, hay muchos más visitantes bajo la superficie que sobre ella. ¿No es acaso, esta zona sumergida, también espacio público activado?


Las nuevas ciudades son las ciudades interiores percibidas durante los espacios de atención al medio, hoy reducidos al ocio en sus cada vez más diversas formas. Estas nuevas virtualidades ofrecen la posibilidad de ejercer una estructura interpretativa sobre el entorno hasta convertirlo en paisaje. Una estructura interpretativa que opera en el orden de la transformación cultural y personal que el pasaje ejerce en cada uno de los habitantes. La ciudad se ha abandonado, por esta virtualidad, a la posibilidad personal del simulacro; esto se ejerce sobre los lugares sin estructura para hacer de ellos no-lugares, y ampliar así las posibilidades de acepción de los mismos. Por todo ello, la recuperación de los accidentes naturales de la ciudad no ha de ser operativo únicamente a nivel físico, sino también virtual.

¿Y cómo puede la arquitectura –y el urbanismo, por generalización de ésta- ofrecer esta oportunidades de decrecimiento hacia el interior?

Entre otras posibilidades, planteándose los modos de superposición de redes físicas territoriales y  urbanas con los modos de uso del espacio.  Las potencialidades de uso de los espacios creados a muy diferentes escalas, lo que podemos hacer en ellos, se deben conectar para aprovechar esas oportunidades para hacer toda una red de posibilidades, que sumado a la equipotencialidad de la re-entrada o re-descubrimiento de la naturaleza dentro de la ciudad –de donde nunca debió salir- puede dar lugar a una malla urbana de naturaleza que se puede usar, entre otras cosas, para hacer deporte, abriendo los límites de la disciplina hasta las posibilidades de uso de la ciudad.

Anillo verde de Vitoria y cruces naturales interiores.2012. Una iniciativa común, global y local a la par, que abre la ciudad a su entorno y favorece un decrecimiento interior a la par que facilita la inclusión de nuevas actividades, deportivas y sociales. ejemplar.

Con esta renovación interior y reapertura de las condiciones naturales dentro de la ciudad, una sumatoria urbana de naturaleza, deporte y ciudad lo que podríamos obtener es un orden que es a la vez geométrico, ecológico y humano. Sin ser la piedra filosofal que transforma las ciudades –pues hay zonas que lo único que  se puede hacer con ellas para arreglarlas es derribarlas- es a la par material de trabajo y reflexión profunda de las condiciones de la ciudad, que a modo de continuo espacio-temporal funde pensamiento, modo de vida y patrimonio –natural y urbano- que dejaremos a las generaciones posteriores.

Comencemos disfrutando el que tengamos más cerca.

 

 

REFERENCIAS:

1.Miranda, A 1999, Ni robot ni bufón. Manual para la crítica de arquitectura. Ed. Frónesis, Valencia, España.

2.Sitte, C 1994, Construcción de ciudades según principios artísticos. Ed. GGili, Barcelona, España. Edición conjunta con [3]

3.Collins, G&C 1994, Camillo Sitte y el nacimiento del urbanismo moderno. Ed. GGili, Barcelona, España.

4.Pizza, A 2000, La construcción del pasado. Ed. Celeste, Madrid, España.

5.Jarauta F&otros 1989, Pensar el presente. Ed. CBA Madrid, España.

6.Careri, F 2002, Walkscapes: el andar como práctica estética. Ed. GGili, Barcelona, España.

7.Tzonis, A 1965, Hacia un entorno no opresivo. Ed.Blume, Madrid

8.Torres Villanueva, MT 2011, La continua transformación del paisaje de las energías. En Transferencias: pensamiento contemporáneo y proyecto arquitectónico/ p.87-101. Ed. Mairea, Madrid

9. Aicher, O 1991, Analógico y Digital. Ed. GGili, Barcelona, España.

10.Fariña, J 2013, Nuevas dinámicas urbanas. Artículo del blog, Septiembre 2013, http://elblogdefarina.blogspot.com.es/2013/09/nuevas-dinamicas-urbanas.html

 

 

 

Juan D. López-Arquillo

dr.arquitecto+ urbanista

Granada-Madrid, Noviembre 2013

 

 

 

 

 


 

 

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