La ciudad viva


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Le Corbusier, salvador de la ciudad. Las ETSAS, destructoras de la misma. La paradoja de la formación urbanística del arquitecto en España.

por Juan D. Lopez-Arquillo — Martes, 14 de enero de 2014

Puede parecer, cuando menos, sorprendente –si no directamente paradójico- afirmar que el Movimiento Moderno y sus aleccionantes principios fuera el responsable de salvar unas ciudades heredadas de las que, nominalmente, auspiciaba su destrucción. La evolución de la enseñanza de la Arquitectura en España –al igual que ocurriría en el resto de Europa con los planes de formación técnica heredados genéricamente del Deutsche Werkbund- hizo atender a la ciudad como algo más que un mero soporte de arquitecturas. Y de aquellos polvos, estos lodos.

Aunque la arquitectura como entidad cultural ha sido y es reconocida desde que un reconocimiento crítico posterior la afirma como tal,  la práctica profesional de la misma se ha regulado progresivamente desde una sencilla mano de obra cualificada hasta la actual profesionalización del arquitecto, con responsabilidad personal directa, civil y penal en los mas diferentes ámbitos. El antes oficio, hoy ejercicio, de la arquitectura ha evolucionado en directa relación a las diferentes organizaciones sociales, pero siendo común a todas ellas. La Historia de la filosofía occidental de Russel evidencia la directa relación entre las posibilidades de formación, supervivencia y calidad de vida de las que una sociedad nutre a sus filósofos, y el pensamiento epistemológico emanado de ella. Pues la historia se empecina en demostrar la evidencia de que, vivan como vivan los arquitectos, la arquitectura –al menos, la pensada- de cada sociedad poco o nada tiene que ver con la calidad de vida de los arquitectos. Gropius, teniente en la Gran Guerra, pensando en un modelo de vivienda obrera mientras pasaba atrapado varios días bajo una casa colapsada en un bombardeo; Adolf Loos escribiendo su Palabras en el vacío mientras malvivía en el límite de la pobreza, socorrido por Ludwig Wittgenstein, el filósofo que trabajó con la materia de la arquitectura durante un tiempo, que rechazó su parte de la fortuna familiar porque deseaba seguir viviendo de su pensamiento honestamente. Van Doesburg, Sant´Elia, o incluso nuestro Aizpurúa y su sueño de una vivienda popular.

La arquitectura es, por tanto, efecto y síntesis de una sociedad, pero viene mediada por profesionales que a veces poco o nada tienen que ver con los progresos de dicha sociedad. Pocos pueblos y culturas en la historia no han dejado huella construida alguna. Y, en la mayor parte de los 4.000 años de historia urbana humana,  el arquitecto ha sido un avezado ciudadano más, que no era autor, sino un conductor de una obra colectiva. Por otra parte, el producto de su trabajo se complejizó al ser lo monumental expresión áulica de poder, por lo que gobernantes, ilustrados y tiranos, necesitaban no una sencilla acumulación de piedras, maderas y barro, sino una expresión construida de sus condiciones de vida, deseos y cultura. Se necesitaba a alguien con capacidad de trabajo en el espacio capaz de la confluencia entre la necesaria consistencia técnica, material, y la expresión artística de una interpretación cultural, política o territorial. De uno y otro surge esa expresión superior de la técnica, etimológicamente del griego arqui-tektos que superpone técnica material y elevada interpretación que la justifica y ordena. Y, sin embargo, poca atención había a la ciudad sino como el lugar en el que se sumaban las obras arquitectónicas y en el que, además –y no siempre en arquitecturas, sino en meras edificaciones- vivía la ciudadanía.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Grabado funerario de G.B. Piranesi; herramientas de arquitectura; Francisco Serra en su estudio (1915).

 

Así sucedía en la España que codificaba los estudios de Arquitectura, tomando la responsabilidad y capacidades de la buena lógica de aquel al que no se le caían las cosas y procuraba su belleza, capacidades y regulación heredadas claramente del Derecho Romano y en total dependencia de las querencias de gobernantes y cortes. Como no podía ser de otra forma, la necesidad epistemológica y organizativa de ordenar, clasificar y organizar saberes, ciencias y artes llega con la Ilustración, heredera universal de la organización enciclopédica de Diderot. La ilustración borbónica de los últimos años del reinado de Fernando VI y de los inicios del de Carlos III crea la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1744, institución que marca la desaparición de viejas instituciones de arraigo secular, gremios profesionales principalmente. Tras casi un siglo de existencia y de formación de maestrías profesionales, se clasifica y separa la formación de la Academia, creando en 1841 una instrucción de arquitectura e ingeniería separada de la academia de bellas artes, generando en 1857 los títulos oficiales de arquitecto y maestro de obras, luego aparejador, desde sus inicios supeditado a aquel.

La titulación profesional, por tanto, nace ya de forma muy similar a como se ha concebido hasta el momento presente en cuanto a su ejercicio, no tanto en cuanto a su atención disciplinaria. En aquel primer plan de estudios de 1845, el campo de formación abarcaba todo el elenco de materias necesarias únicamente para la construcción mediada por la ciencia y la cultura: Composición de elementos, cálculo infinitesimal, mecánica, geometría descriptiva y construcción, arte y decoración, prácticas de construcción, dibujo y análisis de edificios, delineación, práctica del arte. Ello se fue completando con topografía y geodesia, instalaciones de ciudad, ordenamiento urbano y pintura. Era aquel un plan de estudios sobre el que se generan los cambios de futuros planes y hasta el actual, reconociendo, ya por aquel entonces, la amplia capacidad de campos de formación del arquitecto; siempre estructurado desde la generalidad de las materias intervinientes, y desarrollando en mayor o menor medida las mismas según la duración de dicho plan.

Entre 1845 y 1892 el plan de estudios era de 9 años, incluyendo la escuela preparatoria especial de dos años, al comienzo, y de formación científica y artística generalista. Comienza un nuevo plan de estudios en 1896, consistente en dos años de preparatoria en la facultad de ciencias (con matemáticas, física, mineralogía, botánica y zoología, copia de detalles y elementos de arquitectura, estudio de secciones y perfiles, flora y fauna aplicadas, perspectivas y sombras) y cinco de la formación ya definida en 1845, con un proyecto final de recopilación, en duración de un año.

Así continuó hasta 1914, en el que instauró un nuevo plan de 8 años, dos años en la facultad de ciencias y escuela especial, dos de enseñanza general preparatoria y cuatro de enseñanza especial superior, con proyecto final de síntesis o reválida; que con similar duración se actualizaría en 1933, regulando la posibilidad, ya abierta desde 1896, de poder realizar los cursos de ingreso y preparatoria en academias autorizadas, cuya dirección y docencia dependiera de uno o varios profesores de la fase de enseñanza superior. En aquel plan de 1933, que perduraría casi tres décadas, no había ni una sola atención a la ciudad, únicamente mediante la inclusión del cálculo de instalaciones de ciudad dentro de una asignatura de adecuación de la edificación para la inclusión de instalaciones y cálculo de las mismas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Estudios de Miguel Fisac (1961); Le Corbusier (1935); Antonio Lamela (1958); Louis Kahn (1972)

 

En 1962 se reforman las enseñanzas técnicas superiores y pasan a tener siete años de duración: curso selectivo de ciencias generales, curso de iniciación, cuatro años de carrera superior y curso final de especialización, junto con fin de carrera. Las asignaturas continúan la estructuración del plan de 1845, si bien se abandonan algunas de la preparatoria de 1896, como flora y fauna aplicadas. Ya en 1964 nace el plan que permanecería mas tiempo y sobre el que se organizarían las Escuelas de Arquitectura; constaba de dos cursos selectivos de ciencias aplicadas, un año común y dos años de especialización, junto con un proyecto final; en total, seis años. Aparece, por fin,  en este plan, de cuya conformación tantos maestros actuales de la arquitectura española han salido, las asignaturas de „Urbanismo“ „Análisis de la ciudad“ y „Urbanística“, fundando un itinerario lectivo que atendía ya a la conformación de un perfil formativo con una clara mirada, si no sobre la ciudad, sí sobre los elementos físicos y legales que la conforman.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Interior de un miet-kaserne; sección de un bloque parisino; plan voisin de Le Corbusier e ilustración de               “Vers une architeture” (1922)

 

La ciudad, hasta entonces, no había sido, en la gran mayoría de ciudades españolas, sino ampliaciones muy compartimentadas del tejido heredado de los ensanches ilustrados sobre el tejido medieval histórico. Y, tras la destrucción de muchas ciudades y pueblos debido a la Guerra Civil, la reconstrucción y las nuevas políticas de colonización habían centrado la atención de arquitectos. Pero es, a principios de la década de los 60, cuando el desarrollismo necesita de nuevas densidades de ciudad y nuevos centros urbanos deslocalizados, y en esa atención al evidente desequilibrio que se creaba, los planes de Arquitectura vuelven su mirada a una incipiente disciplina que renovaba a los arquitectos de ciudad del XVIII y XIX y requería todo un nuevo modo de hacer ciudad para un nuevo modo de vida.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ilustraciones de 1923 y 1935 del “plan Voisin” de le Corbusier y su pretendida evolución de la ciudad.

 

 

Desde este plan se generaba el plan de 1974, ya sometido a dictados de la estructura universitaria general, en el que se eliminaban los cursos selectivos y tenía cuatro años de formación general y dos de formación especializada, que ya incluía el proyecto final. Desde entonces se mantuvo hasta el plan de 1994, en el que se eliminaba los años de formación especializada, sustituyéndose por un acertado sistema de asignaturas ofertadas que el alumnado podía elegir. Desde allí, la estructura de la carrera se ha mantenido igual hasta los acontecimientos de la inserción de la Universidad española en el espacio europeo de educación superior, en cuya estructura no ha tenido adecuada cabida la formación del arquitecto español, históricamente más completa y amplia, y con las hasta ahora mayores competencias profesionales de Europa. La formación de las ETSA´s en España ha venido siempre demediada por su inserción en un sistema universitario de lenta adaptabilidad, lo que unido al necesario consenso universitario, profesional y colegial, ha provocado y provoca un intervalo entre la realidad de la ciudad y la respuesta formativa a las nuevas exigencias. Y en ese intervalo, millones de oportunidades de hacer más y mejor ciudad se pierden.

Y menos mal que todo el Movimiento Moderno hizo, de la renovación de la ciudad histórica y las condiciones habitacionales del ciudadano su bandera. Con esa nueva atención, los planes de estudios oficiales nacen en un mundo moderno,  cuya estructura organizativa e ideológica se alteró con la revolución industrial, que pedía nuevas arquitecturas e infraestructuras, y cambió para siempre con el estallido de la Gran Guerra y la II Guerra Mundial, que asoló Europa y dejó ciudades destrozadas como un campo de experimentación real, y a gran escala, para arquitectos y políticos. La Modernidad coincidió en España con unos planes de estudios (1914, 1933) en los que se dejaba poco margen para la enseñanza de las ya incipientes tecnologías de edificación, y de la conformación de una nueva ciudad antes preconizada y entonces ya presente y requirente.

Una ciudad y una arquitectura que necesitaban de formación de posgrado por su evolución, cambios tecnológicos continuos y dependencia del mercado. Ello respondía a una idea que se mantenía, y mantiene, en los planes de estudios del arquitecto: Formar en las bases generales científicas, técnicas y legales, y dejar la aprehensión de técnicas particulares, muy sencillas de aprender, para formación no reglada y de posgrado. Un gran acierto que funciona, pero ¿realmente esas técnicas particulares lo son tanto?

La realidad profesional cuando se regula la formación de los primeros títulos oficiales era bien diferente a la actual, tanto en relación a la arquitectura como a la ciudad. La formación de la academia se basaba en un conocimiento ampliamente teórico, que material y/o gráficamente ya desarrollarían profesiones medias en obra. Y sin atender a lo que pasaba en una ciudad que se concebía como un terrain vague que sólo los cuatro caciques municipales podían ordenar. Además, el número de arquitectos era ínfimo, así como las obras que se realizaban, y los puestos en la administración empleaban a parte de los mismos. Y sin embargo, la mayor parte de ciudades no poseían, apenas, ni un decente plan de alineaciones. Imaginemos un plan para ordenar el mayor crecimiento que han experimentado las ciudades españolas en su historia. Ni en su imaginación se generaba algo parecido.

Tras la modernidad –cuando los planes de formación del arquitecto se hacen eco de la atención moderna por la ciudad ya se habían clausurado los CIAM e incluso la internacional situacionista comenzaba a trabajar estructuradamente- comienza sin embargo, una correlación directa entre los planes de estudios y las necesidades de aquel mundo y sus ciudades, o las arquitecturas proyectadas y levantadas. Como siempre, tarde, aunque no del todo mal.

Ello ya dependía de profesionales y docentes, que intentaban reconducir un plan de estudios heredado de la academia a la actualidad de la obra viva de cada proyecto. Es, en cierta manera, un innecesario gasto docente en aprehender una formación que luego ha de superarse como paso previo para el acto de proyectar y construir. Ahora, al igual que en aquella modernidad, la complejización de instalaciones, tecnologías y concepción del mundo hacen de esta contemporaneidad algo muy parecido a la suya, con similares carencias que luego han de suplir los propios arquitectos fuera de la Escuela. ¿Cómo es posible que un joven Oíza llamara la atención a Gutiérrez Soto por la ausencia de aire acondicionado en el Ministerio del Aire, de 1942? ¿Cómo es posible que sigamos estudiando materiales durante un año, como en el plan de 1933, cuando los materiales disponibles no paran de aumentar casi exponencialmente?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vista del parque Este de Viena; estudio de Daniel Burnham (1910); workshop en el estudio UNE (UK); “espacio    bajo silla” Bruce Naumann (1966)

 

 

Además, la realidad de la profesión es muy diferente, y no sólo ahora en plena crisis económica; el incremento de arquitectos durante tantos años de parón constructivo hará que nunca, nunca, vuelva a ser la profesión lo que era. El cambio en la formación ha de ser inevitable, pero, sin embargo, no se puede eliminar la base generalista, ideal y cultural, que funda la arquitectura, pues es ello mismo. La arquitectura está en todas partes, afirmación panteísta que referimos en las ETSAs a la organización estructural interna de objetos, edificios, ciudades. Pero también la hay en empresas, eventos, turismo. La gran responsabilidad de ello es de la estructura que se impone en la docencia, que obliga a una especialización docente a profesionales, absurda en carreras técnicas con refrendo posterior en una realidad mucho más inestable que unos planes formativos rigidizados por su estructura administrativa y funcionarial.

Pero en vez de reconocer la evidencia de lo que vivimos, la estructura formativa oficial del arquitecto sigue empecinada en estructurar la enseñanza desde lo peor del ejercicio profesional: el culto a la personalidad, cuando lo responsable en la actualidad sería diluirse en la obra común, para ganar así calidad en lo común edificado. Es la ciudad la que actualmente ha de definir el objetivo de nuestras arquitecturas, porque ciudad es más que edificación, es un hecho cultural. Ahora podremos comenzar a ejercer los cambios formativos que la arquitectura y la profesión necesita para buscar, realmente, la calidad en la ciudad. Y la calidad en la ciudad queda lejos de lo que se entiende por calidad en el roñoso urbanismo de despacho municipal.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pabellón suizo de 1933, de Le Corbusier.  Estampa de la periferia de Bruselas y Periferia de Chicago tras el           “Cityrupt” de 2009.

 

 

 

Es esa caleidoscópica complejidad de la profesión, con una pantagruélica responsabilidad profesional a cualquier nivel, no hace sino plantearnos la necesidad de mantener viva la formación generalista del arquitecto, y aunque la inserción en el EEES ha virado los planes de estudio hacia cierta especialización, sólo con planes generalistas, basados en formación científica continua y experimentación arquitectónica desde cursos avanzados, podremos hacer frente a los retos, multifrontales, que se nos avecinan. Hablar un lenguaje común para luego tener una segunda lengua es necesidad imperante, aunque, lógicamente, para ello necesitamos más años. Y es que las ciudades de Le Corbusier quedaban muy bien en una sociedad calvinista de clima continental, pero para el resto de la humanidad, ya ha quedado más que claro, y aún hoy, son claramente insuficientes. Y se siguen estudiando como modelos, puesto que los primeros años de urbanismo se estudia historia del ídem, en vez de postergarlo para cuando los estudiantes tengan criterio propio, en cursos superiores.

Aunque de gran riqueza personal, comenzar con el ejercicio del proyecto arquitectónico desde el primer curso, cuando no se dominan los métodos gráficos más elementales, no hace sino facilitar una seguridad personal con cierta inconsistencia cultural, formal y científica, que debería dejarse, tal y como defendía en 1926 Rafael de la Hoz Saldaña, padre de Rafael de la Hoz Arderius y abuelo de Rafael de la Hoz Castanys “…si bien el dibujo puede resultar atrevido e infatigable, la realidad de la historia contenida en los ladrillos, que es patrimonio de todos, merece madurez, sobriedad y cultivo por parte de los estudiantes”.

 

 

 

 

 

 

 

 

Caricatura de Christian Paz en el Daily Canadian, acción de ocupación y activación a uso y disfrute de un           aparcamiento junto a la escuela de arquitectura de Strasburgo, y caricatura de la futura ciudad proyectada     por ingenieros al amparo de esta ingrata locura que es la Ley de Colegios y Servicios Profesionales.

 

 

En definitiva, los planes de estudio siempre han ido por detrás de lo que la sociedad y la ciudad  demandan de la arquitectura y del urbanismo. Parece lógico, por la inexorable estructura metapolítica en la que la enseñanza universitaria ha sido siempre pero ahora, con los nuevos medios –tanto de producción cultural, sociológica y de participación ciudadana- podemos implementar cambios en los planes de formación del arquitecto con mayor dinamicidad, para que la arquitectura y la ciudad sean no el resultado de una sociedad –que a todas luces, es profundamente injusta en forma y fondo- , sino motores del necesario cambio que la sociedad, y su síntesis física de la ciudad, la arquitectura y el territorio sean un condicionante de mejora, y no el resultado de su enfermedad. No esperemos a comprobar cómo funciona un urbanismo municipal absolutamente desastroso. No funciona. Haberlo dejado en manos de la política ha sido desastroso. Ha de volver a las manos, participativas y activas, de la ciudadanía. Si todos los arquitectos que trabajaban en la década de los 50 hubieran tenido una mirada y una formación en un profundo sentir urbano -y a ellos los responsables de la gestión municipal sí les hacían partícipes de las decisiones de planeamiento- cuantos desastres en nuestras ciudades se podrían haber evitado….

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desfile de la victoria, plaza roja de Moscú, 1921. Monumento neogótico, mausoleo de lenin, por Yakov                  Chernikhov, neogótico ruso. Monumento a la tercera internacional, Vladimir Tatlin, 1921.

 

 

 

 

 

Entre Granada y Madrid. Enero de 2014

Referencias

  1. Puig Claveria, A. y Perellada, F. “Adecuación de competencias académicas” ponencia en congreso nacional de la arquitectura, CSCAE, Valencia, 2009. Actas del congreso.
  2. Hernández de León, J.M. y otros “Libro blanco del grado en arquitectura” Ed. Aneca, Madrid, 2007.
  3. Llorente Díaz, M. “El saber de la arquitectura y las artes” Ed. UPC, Barcelona 2000.
  4. Prieto González, J.M. “Aprendiendo a ser arquitectos, creación y desarrollo de la ETSAM” Ed. UPM, 2009.
  5. Aguilar Alejandre, M. “La formación docente del arquitecto”. Actas de las IV jornadas de investigación en arquitectura y urbanismo. ETSA Sevilla, 2010.


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2 comentarios a “Le Corbusier, salvador de la ciudad. Las ETSAS, destructoras de la misma. La paradoja de la formación urbanística del arquitecto en España.”

  1. Tomás Marín dice:

    El contenido de la entrada me parece interesante y oportuno, tanto, que lo he leído hasta el final a pesar de que me esperaba otra cosa completamente diferente después de leer el título. Yo solo añadiría que la formación del arquitecto debería completarse con periodos de prácticas tuteladas antes de asumir responsabilidades profesionales completas. Ya se hace en otros países de Europa.
    En cuanto al urbanismo, que solo se trata tangencialmente en la entrada (a pesar del título), creo que es otra cosa. No estoy al día en planes de estudio, pero el urbanismo no es formación básica y debería considerarse como una formación de posgrado con acceso desde distintos itinerarios.

  2. Juan D. Lopez-Arquillo dice:

    Muy interesante tu argumentario.
    La obligatoriedad de un periodo de pasantía pudo haber tenido sentido en un periodo anterior a la proliferación de los múltiples cuerpos normativos actuales, pero hoy se muestra, en realidad, absolutamente necesario. Establecida la lógica de esa necesidad, habría que preguntarse si un PFC puede servir como tal, habida cuenta de la exigencia formal que se carga sobre el mismo, aunque la limitación de material entregable hace que su lógica se vea coartada por ese mismo límite, y ello abriría otra discusión más amplia: ¿Han de ser los PFC´s proyectos mastodónticos que, en la realidad profesional actual, no llegarían nunca a ser resueltos por un único arquitecto?.

    Por tanto, la necesidad de realizar unas prácticas reales durante un tiempo razonable se entiende en España que es solventada con un Proyecto Final de carrera bien desarrollado, pero la realidad es que, bien por el volumen del mismo (en caso de amplios programas urbanos) bien por alternativas muy ineficaces (tipo tesinas especializadas) no se aprovecha su potencial formativo como pasantía del ejercicio profesional, precisamente porque, de acuerdo con la esfera cada vez más alejada de la sociedad de las ETSAS, se queda en un estadio superficial de la realidad -siempre mutable, eso sí- del ejercicio profesional de la arquitectura.

    Respeto al referido urbanismo, depende del recorrido curricular de cada alumno, pero la realidad es que, quien desee formarse ampliamente en urbanismo, hoy por hoy tiene la posibilidad de hacerlo con bastante profundidad. Por supuesto, la doble faceta del urbanismo _técnica y legal_ requiere de una formación de posgrado pero, como ya es evidente, casi en cualquier campo.

    Gracias por tu comentarios. Un saludo

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