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Fronteras actuales de la arquitectura

por Santiago de Molina — Miércoles, 22 de enero de 2014

“¿Qué es, en otras palabras, lo que los arquitectos hacen en exclusiva?. La respuesta, ¡ay! es que hacen arquitectura”.(1)

La arquitectura se encuentra, nuevamente, explorando sus límites como disciplina. Aunque dadas las circunstancias, lo sorprendente es la intensidad y energías con que esto se está produciendo. Los arquitectos de medio mundo dedican hoy mucho de su tiempo a practicar su profesión más allá de lo que cabía esperar, no en un pasado remoto sino hace tan solo veinte años. Paradójicamente, esto no se produce exclusivamente por una cuestión de mera supervivencia.

La fortísima redefinición de los límites en los que la arquitectura busca nuevos campos de acción desborda el tradicional hecho edificatorio. Esta ampliación de la arquitectura como disciplina no llega de la mano de la pura necesidad o de los atropellos intrusistas a los que tratan de someterla, sino desde unas fronteras disciplinares que parecen abonadas y fértiles para sus especiales cualidades como acto intelectual.

Con un movimiento pendular brusco buena parte de los arquitectos y de los teóricos de la arquitectura, por diferentes motivos, han vuelto a reivindicar el papel de su oficio como disciplina, no ya autónoma, sino incluso independiente de otros campos con los que antes establecía llamativas conexiones. Como si, a la vista de los hechos, el balance de ese intercambio hubiese resultado contraproducente. O demasiado caro.

Si en los años noventa el debate en torno al modo en que la arquitectura se podía enriquecer desde la biología dio pie a un poderoso movimiento especulativo sobre las posibilidades de la forma, en la actualidad muchas de esas investigaciones parecen haberse reducido, por costosas, al mundo parametricista. Aunque hoy el ordenador y sus algoritmos han cobrado tal protagonismo instrumental que han dejado huérfanas las originales referencias biomórficas.

Parece que ha sucedido lo mismo con los juegos intelectuales desarrollados a la sombra de la filosofía o de la lingüística de las dos últimas décadas del siglo pasado. El trabajo de Peter Eisenmann, quien podría considerarse un ejemplo claro de estas experiencias liminares entre filosofía y arquitectura, quedan hoy muy lejos de encontrar un desarrollo de mayor alcance y profundidad siquiera que lo logrado en las primeras casas de su trayectoria profesional. Con todo, su figura es sintomática de por donde marcharon los intereses de toda una generación: desde la semiótica y la lingüística de Chomsky como fuente de inspiración, a Foucault, Lacan, Deleuze, Derrida, etc…

Sin embargo hoy “la arquitectura hace lo que puede con lo que puede”, como aconsejaba, a medio camino entre la resignación y el desencanto de la vida, Alvar Aalto hace más de setenta años. La necesidad de adaptar la actividad de la arquitectura a la realidad hace que aquel consejo de Aalto sea hoy más que nada, un imperativo.

Curiosamente en esta traslación de los limites disciplinares, la arquitectura ha comenzado a acercarse a un pariente del que había huido arrepentida hacia tiempo: el arte. Fueron los años sesenta y setenta cuando los escarceos entre arte y arquitectura fueron más frecuentes. Aunque de forma esporádica llegaran principalmente del otro lado de la frontera disciplinar. Desde entonces el arte se ha asomado a la arquitectura, digamos simplificando, de manera ornamental. Lejos quedaba aquella ambiciosa e ilusoria “obra de arte total” de principios del siglo XX, o siquiera la arquitectura como “madre de las artes” de la modernidad. A pesar de eso calificar la obra de arquitectura como obra de arte ha encontrado en el panorama de la actualidad curiosas sinergias y ha posibilitado, más que un verdadero intercambio, intersticios desde los que actuar.

El caso del trabajo del arquitecto y activista Marco Casagrande, sirve para ejemplificar la apertura de la tarea del arquitecto hacia estos nuevos territorios. Casagrande ha intervenido en el barrio de Treasure Hill en Taiwán, aprovechando estas ambiguas condiciones de borde entre de la intervención artística y la arquitectónica. Sobre una ladera, cientos de viviendas ilegales y de bajísima calidad habían comenzado a ser demolidas. Entre los planes del gobierno estaba destinar el espacio resultante de esos derribos a la construcción de un parque. No obstante el arquitecto encontró allí algunos de los valores por los que los gobernantes de Taipei le habían llamado: los habitantes eran en si un gran colectivo de campesinos y agricultores urbanos que estaban limpiando las aguas residuales, haciendo de sus casas mecanismos energéticamente sostenibles. De echo usaban los restos orgánicos que generaban para el abono de sus propios huertos y apenas empleaban electricidad. Por no tener, no tenían ni coches ni televisiones particulares, aunque si un pequeño cine colectivo. Producían sus propios alimentos y abastecían de verduras y frutas a la ciudad que les rodeaba.

La estrategia de Casagrande pasó por detener la demolición, reconstruir los huertos que se habían destruido y buscar el resquicio legal por el que convertir un lugar que la normativa ordinaria entendía como chavolismo, en un “laboratorio de sostenibilidad urbana” y legalizarlo como un “trabajo artístico ambiental”.

Lo inmediato sería ver el problema resuelto como una destreza con la nomenclatura. Pero lo más interesante es que tal vez se trata de un campo donde la arquitectura antes no había pisado, ni con garantía de éxito, ni con energías. Este cambio de enfoque, donde parece que solo el arquitecto es capaz de mostrar y exponer los valores de los espacios antes de intervenir resulta trascendente, al menos, como cambio de actitud. Y apoyarse en el arte es algo más que una astucia.

“Por qué no admitimos de una vez que lo que distingue la arquitectura no es lo QUÉ hace -dado que, un buen día, cualquiera sin excepción podrá hacerlo mejor-, sino CÓMO lo hace?”(2)

Entender la redefinición de los bordes disciplinares como una mera cuestión de deslizamientos de esos QUÉ supone errar con la posición del centro de la arquitectura. Esos deslizamientos de los bordes afectan principalmente al CÓMO y por eso resultan trascendentes.

Cabe extender esta reflexión al modo en que la arquitectura se está convirtiendo en una compleja forma de trabajo compartido. Desde enfoques ligados a la sociología y la política, aunque ignorando los antecedentes de estos acercamientos en los años setenta, muchos grupos de arquitectos se atreven hoy a intervenir en la ciudad con la colaboración de los propios ciudadanos. Lo importante de esta cuestión es que la arquitectura se emplea como instrumento intermediario de acción. Decir del arquitecto que es un constructor de “espacios de expectativa” queda en una declaración poética si lo comparamos con la fuerza con que la arquitectura es capaz de hacerlo como técnica para resolver conflictos.

Muchas de las más importantes intervenciones en Madrid, Barcelona o Burgos están siendo motivadas gracias a la discusión sobre la arquitectura de la ciudad. Una ciudad no deseada por sus habitantes hace que estos sean capaces de salir a la calle. También pertenece a la arquitectura mucho del diálogo que la ciudad sea capaz de suscitar. Desde esta perspectiva, lo sucedido con el “campo de la Cebada”, o más recientemente en las calles de Burgos, no deja de ser más que uno de tantos ejemplos de esta reformulación de la arquitectura de “borde ampliado”.

Por otro lado la propia forma de trabajo de la arquitectura, donde la primacía de las acciones individuales ha entrado en crisis, parece que reordenará las exigencias de su labor en la sociedad. Se trata de una forma de trabajo que la arquitectura reclama como espacio propio y con independencia de la sociología. Porque a la vista de los hechos parece que existe un sistema de procesos desde donde la arquitectura es capaz de supeditar y orientar intenciones contrapuestas hacia una dirección compartida. Se construye con personas y con entusiasmos del mismo modo que antes se hacía con acero y cemento, ya que, efectivamente, parece importar el “CÓMO” más que el “QUÉ”.

En buena medida a causa de lo anterior, otro de los limites que se están viendo desbordados es el de la autoría de la obra de arquitectura. La responsabilidad profesional del arquitecto, como marco legal, se está viendo sobrepasada por una especial actividad colectiva. Una forma de trabajo para la que las instituciones no están preparadas. Ni los Colegios de arquitectos, ni los Ayuntamientos, ni siquiera los seguros profesionales saben que hacer ante una arquitectura, no ya sin arquitectos sino con tantos arquitectos que resulta difícil “cargar la responsabilidad” sobre alguien en los términos en los que lo dictamina cualquier ley de la edificación. Y sin embargo la asunción de responsabilidad no es negada por ningún arquitecto que se precie de serlo, ya que en ese punto se encuentran muchos de los motivos de su razón de ser como profesional. “Es esta voluntad de asumir responsabilidades lo único que hace de los arquitectos una profesión noble” (3).

Todos estos nuevos bordes de la arquitectura no son solo intentos posibilistas, y a ultranza, por llevar adelante un proyecto de arquitectura. Tampoco pretenden garantizar la mera supervivencia del arquitecto, sino que creo que se manifiestan como signos de un horizonte disciplinar donde el arte, la ciudad y el trabajo en equipo puedan estar conectados por la arquitectura de un modo hasta hace poco insospechado.

Santiago de Molina

arquitecto y docente hace convivir la divulgación y enseñanza de la arquitectura, el trabajo en su oficina y el blog Múltiples estrategias de arquitectura

 

(1)   BANHAM, Reyner, “The Black Box, The secret profession of Architecture”, New Statesman and Society, 12 de Octubre de 1990, ahora en Arquitectura, Revista del colegio de Arquitectos de Madrid, 2014, pp, 33-39. (Traducción de Enrique Encabo Seguí).

(2)   Las mayúsculas en el QUÉ y el CÓMO no aparecen en el texto original,  Ibídem, BANHAM

(3)   Ibídem, BANHAM

 

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3 comentarios a “Fronteras actuales de la arquitectura”

  1. Fco. Javier Alonso Campos dice:

    BLA, BLA, BLA….. Esto es solo un oficio que tiene una preparación que lo hace apto para hacer otra inmensa cantidad de cosas. Hagámoslas, de modo que impregnemos ese hacer con nuestra visión de la luz, el espacio, los volúmenes y las relaciones entre ellos.

  2. Santiago de Molina dice:

    Tal vez, Francisco Javier.
    Pero aquí es cierto también lo de “a odres nuevos, vino nuevo”, un saludo

  3. arquitectura entrelíneas dice:

    Para que la legitimidad del arquitecto pueda ser recuperada a ojos de la sociedad hegemónica, habría que reinventar el pacto social: nuestra civilización ha decidido cimentarse sobre la legislatura de los mercados, subsumiendo todo proceso a su potencial rentabilidad. Para que proliferase una “arquitectura de calidad” como criterio preponderante sobre los valores mercantiles, se necesitaría una estatalización de la producción de territorio que convirtiese nuestra profesión en una especie de protectorado cultural. Ese escenario es inviable. Por tanto, mientras sea el mercado quien dicte sentencia sobre cómo, cuándo, dónde y a qué precio se construye, la única esperanza es la educación del ciudadano, convencerle de que ciertas inversiones no han de medirse por sus resultados crematísticos sino por su impacto sobre la vida cotidiana.
    Sobre la supuesta meta-disciplinariedad del arquitecto, hay que reconocer que no somos dioses: diseñadores gráficos mediocres, sociólogos de chichinabo, opinadores de perfil bajo, pésimos empresarios. Ni sabemos de todo, ni el mercado laboral está dispuesto (con razón o sin ella) a darnos la oportunidad de demostrar nuestras capacidades en disciplinas que no sean la del ladrillo, el cemento y la tasación.
    Un saludo!

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