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De la imagen del lugar a la arquitectura de la imagen

por Out_arquias — Viernes, 31 de enero de 2014

Artículo previamente publicado en la revista nº 1 de 2a+ngola en Portugués e Inglés.

Mariano Pérez Humanes, actual responsable del grupo de investigación OUT_Arquias


En cuanto supe que tenía que escribir para esta revista lo primero que pensé fue que no es lo mismo escribir para un lugar que para otro, que cuando uno se dispone a escribir se piensa siempre en un destino, en un lugar. Pero, ¿tiene sentido esto en un mundo globalizado donde todos hemos aceptado que la aceleración y tiranía del tiempo ha triunfado sobre los espacios, donde lo que pensamos y experimentamos puede ser transmitido en todas direcciones, a través de los flujos de los medios electrónicos, con el simple golpe de un clic? ¿Se puede escribir, entonces, sin pensar en un lugar, sin imaginar ese lugar al que van dirigidas las palabras? Sin duda, me resulta difícil hacerlo y por mucho que lo intento, siempre acabo creando un lugar imaginario en mi cabeza. Por esta razón he empezado a dudar sobre la imagen del lugar. Porque, ¿cómo se concibe la imagen de un lugar, de Angola, por ejemplo? ¿Existe una imagen que sea la más auténtica, la fetén, de ese lugar? ¿Con qué imagen se identifica Angola?

La costumbre de buscar a través del ordenador me hizo escribir en el buscador de Internet la frase “imagen de Angola” y, cual sería mi sorpresa cuando descubrí que, de entre las respuestas encontradas, uno de los primeros lugares lo ocupaba la imagen del pabellón que representó al país en la Exposición de Shangai de 2010. Acababa de desplazarme hacia una ciudad de China para conocer la imagen de un país de África. Estaba buscando la imagen de un lugar como Angola y me acababa de encontrar con una arquitectura “novedosa” que, a miles de kilómetros de ese lugar, estaba intentando representarlo.

No vamos a descubrir a estas alturas del siglo XXI que las naciones, las regiones y las ciudades están en una desenfrenada carrera por darse a conocer y que no escatiman esfuerzos ni dinero para realizar esta promoción y venta de sus lugares. Como tampoco vamos a descubrir ahora que en estas operaciones de publicidad y de marketing de los lugares, las imágenes ocupan el papel protagonista y que sin ellas son impensables. Pensar los lugares hoy es visualizarlos, hacerlos visibles a través de imágenes. Pero, si ya no podemos seguir admitiendo que los lugares son territorios estáticos que encierran en sus fronteras unas identidades fijas, únicas y específicas, si ya hemos aceptado con Doreen Massey un sentido global del lugar, ¿por qué insistir en adjudicarle a cada lugar una imagen fija? ¿Qué tipo de autoengaño nos hace seguir construyendo la imagen del lugar a través de la arquitectura? Parece como si las advertencias de Baudrillard sobre la separación entre las imágenes y sus referentes, sobre la progresiva dificultad para distinguir entre verdad e ilusión se nos hubiesen olvidado y no quisiéramos reconocer que estamos cada vez más tiempo viviendo en un mundo “hiperreal” presos “de la seducción de unas imágenes que ya no son sino signos de sí mismas.” (Jay, 2007:409) Dispuestos frente a la pantalla estamos asistiendo cada día a un desfile ininterrumpido de copias sin original, de imágenes autorreferenciadas que, en un desenfrenado simulacro, reinventan los lugares. Ahora son los lugares los que son imágenes de sí mismos, parques temáticos de su propio imaginario. Y esto es así porque la imagen del lugar no es más que una construcción imaginaria y siempre lo ha sido. No obstante, dos cuestiones han cambiado en los últimos años: nuestra idea de lugar y el papel que juega la arquitectura en la sociedad del espectáculo.

Sobre nuestra idea de lugar está claro que la movilidad ha supuesto la apertura al mundo de espacios bastante desconocidos y tradicionalmente cerrados, que incluso podemos visitarlos virtualmente con enorme facilidad. Sin embargo, de los procesos socio-espaciales que se ponen en marcha con este ascenso exponencial de la movilidad hay dos cuestiones que nos preocupan. Por un lado, comprobar si la civilización científico-técnica, que la ha posibilitado, continúa erosionando el núcleo creador de las culturas nacionales, -como planteaba Paul Ricoeur en los años 60-, lo que supondría que esta apertura seguiría concibiéndose bajo las antiguas claves del colonialismo. Y por otro, aclarar que esta nueva movilidad nunca ha sido aséptica y, mucho menos, generalizada, porque nunca se produce en todas las direcciones. En este sentido, “debemos preguntarnos”, como dice Massey, “si nuestra relativa movilidad y nuestro poder sobre la movilidad y la comunicación endurecen la prisión espacial de otros grupos.” (Massey, 2012:126) En definitiva, si estamos potenciando situaciones de injusticia en los lugares, al tiempo que los estamos homogeneizando. Esta reflexión nos obliga a potenciar nuestras relaciones en las dos direcciones, tanto con el exterior como con el interior;  y “en vez de pensar en lugares como áreas contenidas dentro de unos límites, podemos imaginarlos como momentos articulados en redes de relaciones e interpretaciones.” (Massey, 2012:126) Ser capaces de pensar los lugares como procesos que surgen a partir de un conjunto de relaciones sociales que acaban encontrándose en un sitio particular.

Respecto al papel de la arquitectura en la sociedad del espectáculo hay que empezar por reconocer el ascenso de la insignificancia que ha protagonizado nuestra disciplina en los últimos años. Todos sabemos que la arquitectura desde el siglo XVIII fue la encargada no sólo de construir los lugares sino que, en ese proceso de modernización y ordenación del espacio habitable del hombre, era la gran responsable de la imagen de los mismos. Hoy día, no cabe duda de que en la elaboración y difusión de la imagen de los lugares los medios de comunicación han desplazado a la arquitectura o la han subsumido en una técnica mediática más. “Amputada de otros contenidos y limitada al mercadeo de las imágenes, la arquitectura aparece así simplificada y reducida a poco más que un anuncio publicitario de una ciudad (o de un país), en el que arquitectos-marca y edificios-logo aseguran el encaje de lo urbano en las reglas del branding” (Muñoz, 2008:57)

En este nuevo matrimonio entre arquitectura e imagen emergen los conflictos propios de la representación del lugar. “Como ahora esas imágenes preceden a sus referentes –Baudrillard denomina a este fenómeno <la precesión de los simulacros>, aquellas ya no pueden entenderse recurriendo al panóptico o al espectáculo, pues tales conceptos implican una intencionalidad previa que utiliza medios visuales para lograr fines de otro tipo, como el mantenimiento del poder o la perpetuación del capitalismo. Ni siquiera nos encontramos delante un espejo: ahora miramos de hito en hito, fascinados, una pantalla que no refleja nada externo a ella.” (Jay, 2007:410) Si hace tiempo que reconocimos que los problemas de la arquitectura no se pueden resolver sólo desde la arquitectura, en la nueva situación habría que añadir además que la arquitectura de la imagen sólo será viable desde la destrucción de esos simulacros que parecen coparlo todo. Y, paradójicamente, esto sólo será posible si somos capaces de dedicar más tiempo a trabajar con las imágenes, para así imaginar relaciones más fructíferas con los lugares.

 

Bibliografía:

Jay, Martin (2007) Ojos abatidos. La denigración de la visión en el pensamiento francés del siglo XX. Madrid: Akal

Muñoz, Francesc (2008) Urbanalización. Paisajes omunes, lugares globales. Barcelona: Gustavo Gili

Massey, Doreen (2012) “Un sentido global del lugar” en Benach, N. y Albet, A. (ed.) Doreen Massey. Un sentido global del lugar. Barcelona: Icaria, pp. 112-129.

 

2A+ngola : arquitectura, design, artes plásticas / propr. Caleidoscópio ; dir. José Manuel Rodrigues

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