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La ciudad fuera de la ciudad (vol. 2)

por Raquel Martinez y Alberto Ruiz — Martes, 4 de marzo de 2014

y nosotros ¿dónde estamos?

En estos primeros posts nos propusimos indagar la causa del abandono arquitectónico sufrido por las periferias de las ciudades periféricas. Porque hay periferias que lo son más que otras. Y si aquellas del centro de las ciudades aún muy de vez en cuando consiguen captar la atención de gobernantes, ciudadanos (los que no residen en ellas, claro), arquitectos…; las que se sitúan en la órbita de esos raros planetas que fueron las ciudades dormitorio, pasan completamente desapercibidas.

Si en el anterior post volvimos la mirada hacia las aulas, al periodo de formación del arquitecto, tratando de encontrar allí algo que explicara esa falta de recursos – cuando no voluntad – para acometer la construcción de una periferia que pudiera algún día ser centro – social, educativo, vital; hoy queremos mirar hacia el mundo profesional, hacia nuestra posición como colectivo y a nuestras instituciones.

Ahora mismo en la profesión se habla de la importancia de la actividad periférica, de recuperar áreas de la trabajo que habían quedado eclipsadas por la construcción. Participación, colectivos, diseño para todos, gestión… son términos que resuenan en esta maleta con la que estamos equipándonos para los nuevos tiempos. Pero muchas veces son poco más que eso: conceptos, palabras, que no se traducen en acciones concretas y que cuando, con suerte, se materializan, es para volver a mirar al centro, a la ciudad madre, a lo que da mejor en cámara (sea esta TV o prensa, pero siempre en tirada nacional).

Como Madrid es el caso que mejor conocemos, permitidnos que lo utilicemos para ejemplificar lo que creemos que es un fenómeno común. Nos gustaría que aprovecharais los comentarios para contarnos qué ocurre en vuestras ciudades y provincias y saber si nuestra impresión es cierta.

imagen de la búsqueda "estudios de arquitectura" en google maps centrada en Madrid (cada punto rojo es un resultado; se ha desenfocado para preservar la privacidad de los estudios)

Para los arquitectos madrileños y sus instituciones, Madrid parece acabarse en la M-30[1]. De vez en cuando abarca hasta la M-40, pero no siempre y nunca más allá. Si uno observa las iniciativas del Colegio de Arquitectos de Madrid podría llegar a pensar que se trata del colegio de una ciudad, no de toda una comunidad[2].

Empezando por nuestro colectivo, los profesionales arquitectos nos aglutinamos en el centro[3]. Y si bien es cierto que una mayor densidad y efervescencia cultural y económica justifica en parte esta decisión, también lo es que hay una cierta pereza en mirar más allá[4]. Workshops, exposiciones, espacios de coworking, plataformas de participación ciudadana, debates, pecha-kuchas… todo sucede en la capital; porque si alguno tenemos la osadía de organizar algo a más de 10 km de la Puerta del Sol, corremos el riesgo de encontrarnos solos. Y al organizarlo en la capital, tenemos garantizado una cierta compañía, si bien seguramente no será la de aquellos a quienes decimos querer servir. El workshop y el debate se nos habrán llenado de otros arquitectos como nosotros, que compartirán nuestro interés por la “sociedad” como si fuera esta fuera algo externo, un objeto de estudio entomológico que podemos poner bajo el microscopio para extraer conclusiones. Afortunadamente, no nos será difícil entendernos, porque hablaremos todos el mismo lenguaje; y así podremos clamar juntos contra el urbanismo desenfrenado al calor del dinero y la falta de alma de nuestros PAUs, sin pensar que, quizá, solamente trasladar físicamente el debate a uno de sus espacios podría suponer ya un primer cambio para estas periferias.

En ocasiones, nuestra percepción es que los arquitectos seguimos anhelando construir algún día la villa Saboya antes que un bloque razonable de vivienda social que organice un descampado en una porción inacabada de ciudad.

quizá si esto fuera posible - sin entrar en que sea deseable - miraríamos la periferia con más interés (montaje propio sobre imagen de google street view)

Si miramos a nuestras instituciones – y sí, estamos pensando en los colegios profesionales ­-, éstas han vivido durante años de espaldas a sus socios, a los que no lo eran pero formaban parte del colectivo profesional y, por descontado, a esa sociedad a la que afirmaban dar servicio. Ensimismados en su propia burbuja, se convirtieron en una “oficina de visado” en la que el colegiado entraba con la chequera preparada y con el convencimiento de que recibiría un palo más en la rueda del ya de por sí complicado proceso de construcción de un edificio.

Pero el sueño se esfumó, los proyectos volaron y nuestras venerables instituciones tuvieron que “reinventarse” –maldita palabra- para poder sobrevivir. Parecía difícil recuperar algunos de los fines que aparecen en sus propios estatutos, particularmente aquel que dice: “Velar por la satisfacción de los intereses generales relacionados con la Arquitectura considerada como función social y, por extensión, de los medios (ciudad y territorio) en que se desenvuelve la actividad humana, tanto en lo relativo a los valores culturales como a los medioambientales.”

La huida hacia delante de los colegios, amenazados por el espíritu de competitividad a ultranza que alumbra cualquiera de las leyes promulgadas en los últimos años, ha pasado por volver la vista –ahora sí – hacia la “sociedad”. Se nos han llenado las páginas web de iniciativas ciudadanas y propuestas de participación; y las plazas, de urnas – convenientemente patrocinadas – que pretenden decirle a la gente: “estamos muy interesados en saber qué pensáis”. Pero nos tememos que a esa gente le interesa ya muy poco lo que pensamos los arquitectos. Sobre todo si tenemos en cuenta que, como decíamos antes, estas cosméticas operaciones de participación ciudadana solo alcanzan al radio de cobertura de los informativos nacionales. Ponga usted esa urna en una placita desabrida y mal acondicionada del casco histórico de Villamantilla y espere a que venga el reportero de Telemadrid.

Hace unos meses, una destacada figura del panorama político nacional afirmaba -en una de esas placitas de pueblo, vaya por dios- que a los arquitectos había que “eliminarlos”. Lo peor de aquello no fue la frase, poco afortunada como tantas otras del personaje en cuestión, sino la reacción general de la gente, que opinaba que algo de razón había en tan macabro deseo. El motivo: al personaje no le gustaba el edificio del ayuntamiento – objeto, dicho sea de paso, de un concurso convocado por la institución que presidía – que se había construido en aquella placita. A tenor de los comentarios, parece que dicho edificio, que está considerado por el común de la profesión como un magnífico ejemplo de arquitectura, no le gusta a nadie en el pueblo. Y nosotros, que humildemente hemos trabajado alguna vez en uno de estos pequeños municipios anónimos, no podemos dejar de pensar en si siempre tuvimos en cuenta a los vecinos a la hora de proponer alguna intervención. ¿Quién se equivoca? ¿Podemos zanjar la cuestión apelando, como hacemos a menudo, a la falta de “gusto” de la gente?

Necesitamos a la sociedad de nuestro lado. Por supuesto. Aunque nos hayamos empeñado durante años en ningunear a esa gente por cuya satisfacción decíamos velar, seguimos ejerciendo una profesión necesaria para la actividad humana. Pero, nos guste o no, a esa sociedad no la vamos a encontrar en la Puerta del Sol de Madrid, ni en la plaza de la Encarnación de Sevilla. No al menos proponiendo intervenciones publicitarias, descontextualizadas y carentes de reflexión urbana.

La propuesta ganadora del concurso de ideas para la reforma de la Puerta del Sol propone una panorámica digna de un invierno postnuclear. Curiosa manera de honrar la “participación ciudadana”.

Actualización de última hora: Los ganadores del concurso resumen su intervención con unas significativas declaraciones en prensa:”Una cosa es lo que la gente piense y otra las opiniones autorizadas que tienen derecho a intervenir”

No tenemos nada más que añadir…


[1] Para los que no conozcan Madrid, la M-30 es un cinturón de tráfico rodado que circunvala los barrios más antiguos y de mayor densidad de la ciudad. Son también, salvo excepciones puntuales, los barrios con un mayor nivel socio-económico. La M-40 es un segundo cinturón construido posteriormente.

[2] Queremos matizar aquí la afirmación reconociendo algunas iniciativas de la OCAM como la llevada a cabo en Torrelodones, aunque son por desgracia la excepción que confirma la regla.

[3] Probad en Google Maps la búsqueda “estudios de arquitectura” y comparad Madrid (3.207.247 hab en 2013) con Leganés (198.132 hab en 2012). Si fuera proporcional a la población,  en la capital tendríamos 178 estudios; nosotros dejamos de contar cuando íbamos por el doble.

[4] No han sido uno ni dos los compañeros que, enterados de alguna actividad que se proponía en la escuela donde damos clase, situada en la periferia de Fuenlabrada, han exclamado: “¡qué interesante! A ver cuándo hacéis algo más cerca (léase, en Madrid capital) y así nos apuntamos”

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Un comentario a “La ciudad fuera de la ciudad (vol. 2)”

  1. bRijUNi dice:

    Sí, la verdad es que lo que contáis es cierto pero poco se puede hacer para que no sea así. De hecho ocurre con todas las universidades, que no son pocas, que habitan la periferia de la capital. Es difícil atraer a un público que en su mayoría se concentra en la oferta de la almendra central, pero ello no debe atribuirse a falta de interés necesariamente sino a falta de tiempo sobre todo.
    En cuanto al concurso de Sol, no me resisto (estando totalmente de acuerdo con lo que decís y totalmente en contra de la pertinencia del mismo) en compartir algo que escuché hace poco y que decía una voz muy autorizada relacionada con este concurso. Lo que a todos nos asombró por su falta de realismo (una puerta del Sol semi vacía) fue apuntado por esta persona como una estrategia de los autores del proyecto para proponer un lugar donde fuera posible manifestarse, igual que antes o incluso mejor al liberar todo el espacio, vendiendo lo contrario a los políticos, es decir, una imagen tranquila de Sol sin gente, que es lo que ellos querían y para eso se convocó, sobre todo, el concurso, para que no volviera a ser posible un 15-M. Fue un gol? Nunca lo sabremos, espero, porque ojalá que el concurso quede en el olvido para siempre, ya que nunca debió celebrarse.

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