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REVISITANDO UN MURO EN KLIPPAN

por AC13. Concepcion Garcia y Carlos Pita. — Lunes, 26 de mayo de 2014

Al contemplar las fotos aéreas de la obra de Sigurd Lewerentz se vuelve muy patente aquello que todos sabemos: la obra del maestro sueco no se ve desde lejos. Necesitamos de su proximidad para captarla en toda su extensión.

No es ninguna paradoja. Cuando se practica este nuevo vicio de buscar con el satélite obras de arquitectura, y se sobrevuela la mirada sobre s:t Petri Kyrka en Klippan uno  siente que está haciendo algo cuanto menos impúdico. En la visión del satélite se hace manifiesta la falta de temporalidad, la necesidad del recorrido, del espacio tiempo, que permite enlazar todas las partes en un discurso coherente que completa y da forma a lo vivido. Este modo de mirar, tan caro a las representaciones de arquitecturas 3D que nos invaden, se muestra reductor ante una arquitectura tan hecha con la mano, tan hecha para tocar, ver, con la palma de la mano (doron en griego es palma, a la vez que regalo. Los términos para el ladrillo eran pentadoron y tetradoron ).

De todas formas observar Klippan desde el aire puede confirmarnos lo intuido previamente, el uso del sistema de proporciones y control geométrico como herramienta cierta de proyecto. O permite simplemente fijarnos en cómo se disponen la farolas, esos puntitos blancos, solos o agrupados por parejas, que se ubican allí donde es necesario iluminar, no donde obliga  la uniformidad reductora de nuestras calles y sus  ciegas normativas de lúmenes marcadas por algún técnico gallináceo.

Pero descendamos la mirada hasta donde John Ford gustaba colocar el objetivo de su cámara, hasta la altura del ojo humano, y caminemos siguiendo la vereda asfaltada que discurre entre dos filas de tilos. Nos dirige hacia la iglesia. A duras penas entre el follaje alcanzamos a ver fragmentos de algunas de las 10 + 4 medias bóvedas de sus cubiertas, algún retazo de lucernario… tan solo fragmentos, como aquellos que dejó fotografiados en sus viajes italianos.

La entrada se percibe por la presencia de un cuerpo bajo de cubierta a un agua,  vestíbulo a la vez que capilla nupcial, que se estrecha en el frente para ampliar la embocadura al atrio de acceso, y se adelanta a la presencia, apenas sugerida entre el ramaje, de la torre de las campanas ( cuatro: Petrus, Andreas, Paulus y Tomás). Dos farolas alineadas perpendicularmente al sentido de nuestro caminar remarcan la incisión entre los muros de ladrillo de Helsinborg del pequeño y angosto atrio.

De subir por la acera  del otro lado de la calle Vedbyvägen hubiésemos observado cómo los muros norte del campanario se  abren abocinados en dirección oeste, como quien pone la palma abierta junto a la boca para hacer llegar más clara su llamada, para dirigir el sonido de las campanas hacia el centro del pueblo. De ahí ,entre tilos, venimos caminando.

Al atrio se abren dos puertas de madera embreada y tres ventanas. Dos de estas ventanas son estrechas y largas, apenas unas grietas en las fábricas, apenas unos vidrios fijados con alcayatas. La tercera, amplia, es la de la sacristía, donde una vela sobre el alfeizar parece, como las farolas, iluminarnos el camino. Bajo ella un poyo sigue la pendiente pavimentada con piezas cuadradas de terracota, en dirección a la entrada. Se nos ofrece como lugar de descanso, de espera. El banco que mira hacia la entrada del templo y el pavimento, definen el atrio, lo significan.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De las dos puertas, una, con el marco fijado directamente por fuera del muro, da acceso a la sacristía, a su lado la única farola del interior del atrio; la otra puerta es la de entrada a la iglesia. Hacia ella nos lleva un pasamanos de acero. Esta es la única de las cuatro puertas de la iglesia, de todo el complejo eclesiástico parroquial, que tiene remarcado y trabajado el umbral. Evidentemente es la puerta por la que debemos entrar. A diario solo se suele encontrar abierta la situada al sur, donde dos peldaños salvan el desnivel que aquí, en el acceso, se resuelve en rampa dirigiendo las aguas hacia un sumidero a prudente distancia de la esquina.(La sabiduría con que el maestro recoge y conduce las aguas merece un  profundo estudio aparte, y nos habla de la importancia de la recogida de aguas de nuestras ciudades, la Piazza del Campo siempre en la memoria). Volvamos a la entrada.

Sobre la puerta una cruz en hierro forjado, pintado, de cuatro brazos horizontales. Cuatro, como las campanas, como  las puertas, como las cuatro únicas ventanas de la iglesia, dos al oeste y dos al sur.  En las primeras fases del proyecto la iglesia tenía un gran número de pequeñas ventanas, seis al oeste, ordenadas en dos hileras, mientras en la fachada sur se abrían trece en disposición a tresbolillo, como se puede ver en las maquetas que se conservan.

Será por esta puerta señalada con la cruz, único símbolo religioso explícito en el exterior del conjunto, por la que los fieles penetrarán al recinto sagrado.

Lewerentz consideró que a la iglesia se llega, ya sea solo o acompañado, siempre individualmente. Será por obra del oficio religioso, del misterio que en él se representa, que los creyentes se conviertan en comunidad y como tal saldrán, fortalecidos, del templo. En San Pedro la valoración litúrgica del espacio sagrado es la razón de su forma. Al igual que en la iglesia católica, en las iglesias protestantes se produjo un anhelo de refundación tras la Segunda Guerra Mundial. Un intento de vuelta a los orígenes cristianos impregna la obra de s:t Petri. El maestro, además de estudiar, de conocer el pensamiento y obra de Rudolf Schwarz, contó con el pastor Lars Riddesrstedt como asesor litúrgico.

Esta entrada “individual” a través del pórtico es un camino de preparación. Traspasado el umbral (la hoja de la puerta se abre hacia adentro), un pequeño vestíbulo, también capilla nupcial, nos recibe con una luz dorada que baña sus dos bóvedas. Una transición que trabaja en múltiples direcciones: nos acostumbra a la oscuridad, nos hace sensibles al silencio marcado por el gotear de la pila bautismal ,nos comprime en un bajo y pequeño espacio para intensificar las dimensiones de la iglesia de planta cuadrada, nos prepara para de nuevo descender en dirección al altar ( “ ayuda para que la persona dubitativa se acerque al Sacramento” razonaba Lewerentz este trabajo de la sección).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La fachada oeste, San Pedro se orienta canónicamente, es la de la salida de la iglesia. Dispone de dos puertas, una junto a la otra,  y entre ellas un machón ligeramente curvo para dirigirnos el movimiento hacia la que es de una sola hoja y se alinea con el pilar en cruz. La de uso más inmediato. La otra, más ceremonial, es de dos hojas. Una gran puerta enfrentada al altar, pero ligeramente descentrada de su eje y una hilada de ladrillo más alta que su vecina, que se abrirá, solo desde dentro, tras las ceremonias señaladas. Mientras las puertas norte y sur fijan sus marcos por la cara interior de los muros, retrasadas del plano de fachada, estas se anclan por fuera, para facilitar su apertura hacia el exterior.

Por ellas, terminado el oficio, saldrá la comunidad. Ante ella un amplio estanque, una poco profunda lámina de agua retenida entre playas de ladrillo que construyen un tendido cuenco. Tres  cortas bocas metálicas, tres cilindros de poco diámetro, escupen sus chorros que se cruzan en distintas direcciones rompiendo la planeidad del estanque, como los dos islotes de ladrillo que apenas sobresalen del plano de agua. ¿ El mismo agua que gotea sonora sobre la blanca pila bautismal y se pierde por la  oscura grieta abierta a sus pies?.

 

El estanque de forma trapezoidal está enmarcado al norte y al oeste por un prado. Al este por una ancha banda de tierra batida, el atrio de salida, donde casi rozando la orilla crece un único árbol, un arce que durante las mañanas se refleja sobre las aguas. Este se ubica ligeramente desplazado del eje de las puertas para no entorpecer la visión directa del estanque una vez abiertas. Tantas imágenes bíblicas resuenan desde estas aguas.

El lado norte del estanque lo delimita un muro verde, un seto, que se extiende hacia el oeste paralelo a la línea definida por los tilos, cerrándose al sur en su extremo. Este muro-seto, de unos 40 metros lineales, junto a la quebrada y densa masa de árboles que impiden la visión del aparcamiento son los límites que conforman el patio del estanque; generando un interior, un jardín.

El jardín está abierto laberínticamente en su cara oeste, en el vértice del parque, aunque siempre delimitado por las masas vegetales que impiden visiones directas de la iglesia y viceversa. El estanque imposibilita una fácil llegada a la iglesia desde el propio jardín. El patio y el estanque se nos muestran como visión a contemplar más que jardín a recorrer, semeja ser un evocador telón de fondo, el paisaje del atrio de salida de la iglesia.

Tan solo conocemos un plano de estudio de la implantación de San Pedro, el fechado en julio de 1962. Las diferencias con lo construido son manifiestas, pero todos y cada uno de los elementos descritos están ahí: las hileras de tilos, el seto, el estanque, el aparcamiento (una sección muestra como se modela el terreno para impedir su vista. Un poco de vegetación cubre la loma), el seto construido al sur, dibujado constantemente en las sucesivas plantas de proyecto, que delimita el parque, ya no jardín, que se extiende delante de la Ventana de la Reflexión ubicada en la fachada este del centro parroquial. Los elementos son los mismos, pero la táctica desplegada es otra. El estanque, alargado y estrecho, parece tener mayor protagonismo, soportando el peso de la ordenación, mientras que el muro-seto apenas se remarca. La idea de jardín interior, la evocación de los jardines originarios y aquellos de la cultura agrícola, no se encuentra todavía en este estudio previo.

 

 

 

 

 

 

 

La densidad contenida entre las dos edificaciones, la iglesia y el centro parroquial, ha desviado la atención de como se formaliza y ordena el “exterior”, el “landscape” construido por Lewerentz en Klippan( “landscape” en antiguo germánico significaba el área en el  exterior de la ciudad). No debemos olvidarnos de sus trabajos anteriores en los cementerios de Malmö y Estocolmo, donde podemos hallar estos mismos elementos: el seto y el camino enmarcado por las dos hileras de árboles. A lo largo de su dilatada carrera constantemente trabaja con el muro, ya sea vegetal o construido, utilizándolo como delimitador de áreas y visiones directas, como director de recorridos. En Lewerentz se condensa ese anhelo de sur que atesora el norte, el clasicismo, una potente conciencia nórdica enraizada en la Naturaleza y el afán de llegar a lo esencial, que lo alejó de todo tradicionalismo. Despliega entre la luz difusa de sus latitudes una cierta mirada griega, como la aproximación que se realiza al Partenón desde los Propileos, fragmentada, táctil, sucesiva, de gran carnalidad, y  lo que es tan importante, siempre desde la técnica, nunca romántica. En Kipplan esta mirada alcanza su mejor expresión, tanta que apenas se muestra, como la iglesia.

El largo camino de despojamiento, de ausencia de necesidad de demostrar nada diciéndolo todo, que  recorrió el maestro sueco hasta llegar a sus últimas obras ( s:t Petri, el kiosco en Malmö, el proyecto de  la iglesia en Vaxjö)  se hace patente en la construcción del paisaje de Klippan. San Pedro no es ni un edificio paisajístico , ni un edificio objetual, es una arquitectura plenamente consciente de las potencialidades y herramientas de la disciplina, donde “landscape” y objeto arquitectónico son un mismo cuerpo.

Un único hecho de arquitectura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

fotografias de c.pita

bibliografía:

Sigurd Lewerentz,architect 1885-1975. J.Ahlin. The MIT Press

Architect Sigurd Lewerentz Vol.I y II. C. Dymling. Byggförlaget

The O’Neil Ford Monograph Series, Volume” St.Petri Church. W.Wang. The University of Texas at Austin

TAllum Gunnar Asplund’s & Sigurd Lewerentz’s Woodlanda Cemetery in Stockholm. B:O:H: Johansson.Byggförlaget

Sigurd Lewerentz. Two Churches. Arkitektur Förlag AB

Sigurd Lewerentz.1885-1975. Catálogo exposición MOPU Madrid 1987

Sigurd Lewerentz.1885-1975. N. Flora,P.Giardiello,G.Postiglione. Electa

Sigurd Lewerentz.1885-1975. The dilemma of Classicism. A+P Smitson. Cattálogo de la Exposición. AA

Un muro en Klippan. C.Pita. Obradoiro 34. COAG

Espacios Nórdicos: C. Harlang. Elisava Edicions

Apuntes de viaje al interior del tiempo. L. Moreno Mansilla. Arquia/tesis 1o. Fundación Arquia

 

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