La ciudad viva


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Técnica, tecnología y forma urbana

por Juan D. Lopez-Arquillo — Miércoles, 28 de mayo de 2014

De la cueva a la gran ciudad, la morfología y vida de los asentamientos humanos refleja las codificaciones legales y culturales de su tiempo. Y la técnica condiciona el desarrollo y cambios en los mismos. Hoy tenemos una nueva conciencia de la técnica, tecnológica y digital, que puede ampliar la forma ampliando la realidad física. En nuestra mano está aprovecharla.

Desde que el Abad de la Compañía de Jesús, Marc-Antoine Laughier en su “Essai sur L´architecture” de 1753 estableciera un primigenio esfuerzo en la generación de  la idea de una cabaña primitiva, la historia -y, ante todo, la falta de elementos donde estudiar la misma- establecería aquel refugio inicial de un ser humano inicial como un sistema de protección de corta duración, ensamblado, que no construido, que reconoce en la naturaleza próxima la posibilidad cierta de accionar con voluntad una vez no hay necesidad de vivir en las cuevas, refugio estereotómico, sin embargo, que acogió la mayor parte de la necesaria evolución orgánica humana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El mito de la cabaña primitiva. Abad Marc-Antoine Laughier, 1753

 

 

La cueva, forzado refugio provisto de la naturaleza y dotado mediante una ocupación temporal de espacios acaecidos varios cientos de milenios atrás, sería el primer modo de establecimiento de la humanidad, su primera estancia una vez se tiene conciencia de su ser y su personalidad propia y grupal. Más que una arquitectura de conformación o levantamiento, es una arquitectura de vaciados y ocupaciones de aquello que la naturaleza ha provisto. Las expresiones rupestres no dejan de ser un testigo mudo de una estancia perdida en el tiempo, en la que el superviviente-habitante no puede estar un tiempo excesivo, sin embargo, porque su trashumancia vital no permite el establecimiento permanente.

 

 

 

 

 

 

pintura rupestre (animal pastando) en pared, yacimiento neolítico de Huéscar, Granada.

La forma de sus asentamientos es por tanto casual y eventual, frágil y pictórica, lo que, subsidiariamente, ha permitido su persistencia hasta hoy. Cuevas, abrigos, lanares, caleras. Todo valía para obtener refugio y un lugar para pasar una corta temporada. Las técnicas utilizadas y la organización social del humano primigenio se diferencian, con poco, de las capacidades manuales de otros animales, auténticos señores de la naturaleza. Sin embargo, la dotación anímica que el paleontólogo Teilhard de Chardin (a la sazón, también de la Compañía de Jesús) enunciara en 1923  había iniciado en aquellos primeros grupos humanos el imparable ascenso en la cadena de la supervivencia planetaria hasta llegar al desequilibrado estado en el que hoy nos encontramos. Gordon Childe definirá en su “What happened in history” de 1942 que sería en torno al 140.000 a. JC. cuando “…al aproximarse la última gran glaciación los hombres se encontraban lo suficientemente pertrechados para desalojar a animales de sus cuevas y encontrar en aquellas cobijo para sí mismos. Por primera vez nos encontramos con viviendas, si bien el tiempo de permanencia en ellas estaba determinado por la continuidad en la disponibilidad de alimentos en torno a ella”.

No será hasta el Neolítico cuando llega el momento del establecimiento humano en fundaciones permanentes, construidas por el propio humano. La generación de técnicas de agricultura y manufacturas básicas, junto con la domesticación de ciertas especies animales (y la necesaria continuidad de la caza y la pesca) será la verdadera revolución del nacimiento de las ciudades. Nacida en el creciente fértil en torno al 8.500 a. JC. como resultado incierto de ciertos cambios climáticos (la última glaciación, la de Würm, había acabado en torno al 75.000 a. JC.) y desestabilización de la distribución de especies de captura, conlleva una necesidad hasta entonces inédita para las breves poblaciones ahora recolectoras: La necesidad de asentarse con estabilidad. Y, dado que los abrigos naturales eran insuficientes, se comienza a construir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Reconstrucción poblado neolítico de los Millares, Almería. Aprox. 3.200-3.100 A. JC.

 

Es la época de fundación de las protociudades, que se reconocen en el creciente fértil en torno al 5.500 a. JC; pues habría de ser entonces una zona templada propicia a las nuevas técnicas de un nuevo humano agrícola y ganadero. Aunque cada nuevo descubrimiento replantea los cimientos de la base temporal sobre la que se generan estas primeras ciudades, hay quórum científico sobre las condiciones que generan, en una agrupación humana asentada, el nacimiento de una ciudad: En primer lugar, existe un importante excedente almacenable de alimentos. En segundo lugar, algún tipo de escritura, que refleje un registro de acontecimientos, y, en tercer lugar, una organización social que garantice la estructura del trabajo destinada a la continuidad de abastecimiento de alimentos, y a la defensa del establecimiento frente a otros grupos que desean tomar la posesión de dicho asentamiento organizado.

Por tanto, se hace necesario distinguir  entre asentamiento humano regular y ciudad en sí, puesto que asentamientos neolíticos los hay a lo largo y ancho del planeta (en torno al 3.500 a. JC. ya hay poblaciones estables por toda la franja septentrional central) pero no será hasta el 2.750 a. JC. cuando un ya establecido estado sumerio, unido inicialmente bajo el mandato de Sargón, fundaría las ciudades de Agade, Ur, Erech, Kish y Nippur, generando una red estable de protociudades en las que se concentraba el estado como ente organizativo puntual, puesto que el exterior a las ciudades, aunque dominado, no era un medio sino permanentemente hostil.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ur de los Caldeos, planta fundacional.

 

Sólo la muy antigua ciudad de Jericó supone un desafío a las excavaciones de estas ciudades mesopotámicas y las tesis derivadas, pues en torno al 8.000 a. JC. ya tenía una densa urbanización con administración estructurada, murallas defensivas y carácter plenamente urbano. Sin embargo, y precisamente por su unicidad y relación con Tierra Santa, no se ha definido como germen civilizatorio específico, aunque diversas tesis siguen trabajando en la relación con Jerusalén, de antigüedad similar a la red de ciudades-estado sumerias, pues ya estaba establecida como tal y con las condiciones requeridas para ser considerada como ciudad en torno al 2.500 a. JC.

Esas posteriores ciudades, dominadas por la ciudad de Ur ya en el 2.015 a. JC. se conforman como arquetipos de ciudades originarias. Son ciudades establecidas sobre colinas o tells, que iban creciendo en altura sobre las ruinas de los componentes anteriores. Son ciudades que se generan desde la geometría cuadrangular de sus edificaciones componentes, pues la escritura trae la medida y, con ella, la proporción. Quizás el rasgo más significativo que distingue la ciudad originaria de un mero asentamiento neolítico es esta geometría cuadrangular que, construida con materiales cerámicos y cubierta con luces de 3 ó 4 metros, genera unas ciudades sumerias tremendamente continuas, indiscernibles las viviendas del espacio público, con aperturas o calles principales que regulan diferentes partes de la ciudad y, sobre todo, radicalmente separada –defendida- del espacio abierto que la rodea. Son ciudades orgánicas, en las que el ciudadano no es tal, sino habitante agrupado por necesidad de supervivencia.

 

 

 

 

 

 

 

Catal Hüyuk, planta fundacional. parcialmente excavada en la actualidad, en 1962 se descubrieron niveles anteriores a la fundación estimada de 1.850 a.JC.

 

Jerusalén, Ur, Uruk, Tel-el-amarna, Catal Hüyuk, Mohenjo-Daro, Lotahl… Las ciudades originarias se conforman como una organización perfectamente cuadrangular de células perfectamente cuadrangulares que ocupan contornos irregulares establecidos sobre líneas de defensa construidas sobre la orografía natural previa. Su tejido urbano, continuo y organizado mediante particiones de calles o espacios mayores a la separación entre las diferentes y mínimas viviendas, es heterónomo en la presencia de equipamientos de templo y palacio, prácticamente los únicos. No hay redes de movilidad fuera de las peatonales, dado que su tamaño permiten su recorrido a pie en corto espacio de tiempo, y se estructuran en una ciudadela intraurbana en la que se encuentra templo y palacio, y el grueso de tejido urbano protegido por murallas de orden menor. Se encuentran en directa relación con su entorno próximo, que siempre serán fértiles vales y llanuras que permiten la generación suficiente de alimentos y excedentes. Y, aunque comunicadas y conscientes del resto de la red de urbes, son ciudades absolutamente autónomas, con apenas relación económica o cultural con otras ciudades que, siglo sí siglo también, se convierten en enemigas.

Estas protociudades o ciudades originarias únicamente contienen parte de las funciones de las ciudades antiguas, pues su forma proviene de una estricta supervivencia ambiental y militar, con morfología orgánica y materiales de construcción de su entorno más cercano; no existen redes de instalaciones urbanas y la única organización y estructuración social es la destinada a recaudar un mínimo de impuestos.

Siglos más tarde, en torno al 900 a. JC. surge una potencia en el Egeo, como heredera de las civilizaciones micénica y minoica (que conformaron las primeras ciudades estado griegas en torno al 1.800 a. JC.) que posibilitarán el nacimiento de las primeras ciudades antiguas. Forman una red de urbes relacionadas entre sí, las ciudades-estado griegas. En torno al 1.300 a. JC. el poder micénico decayó, y la expansión de los dorios hizo decaer las ciudades griegas generando, mediante esta expansión y tras tres siglos de caos y supervivencia social, el nacimiento de la cultura Helena, la Grecia clásica, las primeras ciudades. Así, y hasta la expansión del Imperio Romano, las ciudades–estado griegas serían la cuna de la civilización moderna, una cultura-la propia- surgida como resultado de las relaciones urbanas y comerciales.

 

 

 

 

 

 

 

 

Reconstrucción gráfica de Priene, según A. Zippelius. 450 a. JC.

La filosofía de corte platónica y la organización filodemocrática con monarquías parlamentarias, junto con las relaciones sociales y personales complejas por la especialización relativa del trabajo, conforma unas nuevas necesidades para la ciudad, pues el ciudadano, el habitante de la ciudad, necesita ahora de un nuevo espacio urbano más elevado que la mera supervivencia que ofrecían las protociudades sumerias. Coronada por un protegido recinto religioso y cultural, las acrópolis, en torno a él se genera una ciudad heterogénea con diferentes barrios residenciales, áreas destinadas a fines recreativos, el ágora, un puerto/ zona artesanal y una línea defensiva amurallada de lienzo continuo. Las ciudades-estado griegas son tejidos heterónomos con partes de alta densidad separadas por zonas de relación pública y representatividad. No hay arrabales, por lo que la relación es absoluta con sus entornos. La capacidad defensiva sigue consistiendo en amplios lienzos de muralla, sobreelevados por la maquinaria de guerra griega, y, ante todo, en una amplia capacidad de almacenamiento para sobrevivir a asedios que podían durar meses, si no años. Su definición geométrica de cada una de sus partes es perfectamente cuadrangular, incluso se fuerza a esta geometría la adaptación a las orografías naturales previas; se trazan cuadrículas regulares para cada una de las partes diferenciadas del resto según su uso. Sin embargo, no se necesita un transporte más allá del desplazamiento a pie. Esta homogeneidad en el trazo y heterogeneidad en la función implican una entidad urbana inorgánica, completamente artificial en su geometría y morfología; sin embargo, las breves luces consecuencia del desuso del arco, determinan una homogeneidad en las medidas del macizo frente al vacío en planta.  La ciudad griega es inorgánicamente artificial, y, sin embargo, se encuentra en perfecta simbiosis con su medio natural, su orografía de base y su entorno económico. Sus materiales de construcción son locales o del entorno más directo, puesto que el comercio se reservaba a bienes de consumo. Por tanto, las ciudades estado griegas formalizan una nueva ciudad sobre la evolución de las relaciones sociales y la estructuración de las funciones productivas, sociales y de representación y dirección, y comienzan las transferencias transversales, culturales y económicas, fundadas en las relaciones comerciales con el resto del Mediterráneo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dura Europos, planta de la excavación, 1975. 300 a. JC.

 

Será este Mediterráneo –etimológicamente, el que se encuentra en medio de la tierra- el que pase a ser el Mare Nostrum bajo la expansión comercial, cultural y militar de Roma. Nacida en el 753 a. JC; hasta el siglo III a. JC. Roma consolidaría su poder en la península itálica para, tras el comienzo de las guerras púnicas, tomar autoconciencia de que iba a convertirse en una potencia mundial.  Las fronteras del Imperio tomaron su máxima extensión territorial con Trajano (hasta el 138 de nuestra Era)  aunque Adriano, su sucesor, abandonó territorios para consolidar zonas inestables, y ya desde Marco Aurelio (161-180 d. JC.) Roma hubo de estar siempre a la defensiva, aunque la efectividad en la expansión fue tal que Roma logró introducir la civilización urbana en la mayor parte del mundo conocido.

Precisamente por la vastedad de su Imperio, Roma desarrolló profundamente la administración y la regulación de las relaciones sociales, a lo que la complejidad y extensión urbana también forzó en su necesidad. Igualmente, la capacidad militar y la ocupación efectiva y puesta en carga agrícola y ganadera de gigantescos territorios desarrolló enormemente la ingeniería civil, lo que posibilitó la entidad física alcanzada por sus ciudades principales, con Roma siempre a la cabeza.

 

 

 

Roma clásica, el Campo de Marte. Maqueta de reconstrucción y estado original según Giovanni Battista Piranesi.


La equivalencia entre romanización y urbanización llegó a ser tal debido a la asimilación de leyes de conformación urbana con independencia del tamaño de los asentamientos. La organización romana, clave de su triunfo y expansión, era un principio casi espiritual que impregnaba todos los ámbitos de la vida urbana y, por tanto, romana. Desde el menor de los Castrum hasta la propia ciudad de Roma, (que alcanzó los 1.200.000 habitantes a finales del siglo II d. JC.) toda entidad urbana se formalizaba y organizaba desde un trazado absolutamente geométrico rectilíneo y curvilíneo, y la ingeniería civil se encargaba de que dicho trazo no hubiera de doblegarse a orografías, cursos de ríos o, siquiera, ubicación de la ciudad.  Por tanto, la artificialidad del trazo inorgánico sería la clave de la morfología de una ciudad tremendamente heterogénea pero sin necesidad de serlo; la diferencia se incorporaba como un principio artístico de estructuración del espacio de lo social.

La gran novedad de la ciudad de Roma y sus exportaciones urbanas sería la generación y tratamiento del espacio urbano como centro disperso de la ciudad, en clara oposición al modelo de ciudad griega, en la que el espacio de relación social era unitario y no ejercía una relación subsidiaria para con las zonas residenciales y/o artesanales.  En Roma, el espacio de la relación social era la base de construcción de la urbanidad y, por ello, estaba disperso con múltiples equipamientos y centros por toda la ciudad, evidenciando las jerarquías entre las diversas clases, pero generalizando la vida urbana como la base fundamental que habían heredado del Derecho Quiritario. Los grandes avances de la ingeniería –basada en la construcción con geometría de arcos de medio punto, el uso de hormigones de alta resistencia y un desarrollo importante de la ingeniería hidráulica- posibilitaron la homogeneización de la heterogeneidad, esto es, distribuir homogéneamente programas urbanos complejos y que se repetían a diversos nivel para las diferentes partes de la ciudad. Sobre un sistema viario perfectamente estructurado y separado en tipos de circulación (el tamaño de algunas ciudades ya hizo necesitar de transporte de tiro para circular por toda la ciudad)  las diferentes líneas de fortificación cerraban zonas de vivienda con edificios de hasta 20 metros, mercados, puertos y muelles fluviales y costeros, centros de negocios, foros, circos, teatros, anfiteatros… En definitiva, una ciudad completamente artificial, sin relación aparente con su entorno inmediato, y con una biunivocidad en la dirección de complementariedad de ciudad y organización social: Las ciudades eran reflejo de las codificaciones legislativas, y a su vez el entorno urbano, el civilizado, generaba relaciones sociales que ulteriormente eran codificadas. La retroalimentación de espacio urbano y relación social era ya explícita en la antigua Roma y su sistema global de ciudades (que además, legalmente eran equiparadas desde la llegada del Imperio).

 

 

 

 

 

 

Giovanni Battista Piranesi, Cloaca Máxima de Roma, 1763

 

Será en Roma la primera vez que aparezca una innovación de Adriano, el doble cinturón vacío defensivo, heredero de los vacíos de las ciudades estado griegas, para evitar que las máquinas de guerra, fundamentalmente catapultas, ballestas y torres de asedio, llegaran lo suficientemente cerca de las murallas como para causar daños en ellas o en el interior de la ciudad. Este espacio de respeto, formado por un vacío en llano, foso y empalizada o muralla ha sido la base defensiva para todas las ciudades medievales hasta la llegada de la artillería.

Con el progresivo ocaso del Imperio, la propia cabeza de la organización se trasladaba desde Roma hasta Constantinopla en 330 d. JC, tras haber sufrido invasiones por parte de los bárbaros godos, jutos y alamanes desde el 280 d. JC. Comienza entonces un desastroso periodo para la civilización europea, en el que en 1.000 años poco o nada es capaz la humanidad de avanzar excepto porque, en plena difusión de la cultura cristiana por Europa, las ocupaciones e invasiones impulsadas por el islam desde el norte de África consiguen poner en común esfuerzos para derrotar y expulsar de vuelta al invasor, lo que impulsa un frente común en los divididos países europeos.

Es precisamente en la Reconquista de la antigua Iberia, en el sitio de Algeciras de 1312, cuando se utiliza, por parte de las huestes del rey castellano Alfonso XI, la nueva técnica del proyectil impulsado por la fuerza de combustión de la pólvora, la artillería. Se utilizaría en diversas batallas y sería en la Guerra de Granada, última fase de la Reconquista, donde y cuando se utilizaría por parte del ejército de los Reyes Católicos. Esta nueva técnica, junto con las otras ofensivas de toda guerra, convirtieron los asedios contra las ciudades en una lucha por ganar espacio junto a la ciudad, una distancia suficiente para alcanzar las defensas amuralladas. Si se lograba alcanzar las murallas medievales con los nuevos artefactos, ninguna muralla medieval sería capaz de soportar el empuje y penetración de la nueva maquinaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

Torre de los Infantes, Castillo de la Mota (Valladolid) revestimiento exterior de ladrillo cerámico para disipar la energía de los nuevos proyectiles pedreros de finales del s. XV, que causarían estragos en la Toma de Málaga.

 

Durante el Renacimiento, la artillería pesada, ligera y las tácticas militares sufrirían una profunda transformación y modernización. Las guerras europeas hasta la revolución industrial ya no serían nunca más un desgaste de infantes contra infantes, sino una suma de tácticas de diversas unidades en las que la nueva técnica de la artillería (que a partir del siglo XVI y hasta el XIX evolucionaría muy rápidamente) había de ser frenada exclusivamente por medio de evitar el acercamiento y, por otra parte, con una nueva configuración de murallas sin paños normales a la línea de fuego.

 

 

 

 

 

Trayectorias de lombarda de fundición de cuerpo corto para asedios.  Tratado ” de res militaria” de Gumiel, s. XVII.

 

Numerosísimas ciudades medievales sufren una doble transformación: Por una parte, se amplían respecto a sus límites históricos, mayoritariamente romanos, mediante trazados renacentistas, en los que la escena e iconografía urbana estructuran nuevos ensanches de ciudades medievales orgánicas; y, por otra parte, se fortifican para soportar los embates de esta nueva técnica: Viena, Milán, Colonia, Naarden, Nancy, Amsterdam, etc…

 

 

 

 

Ciudades romanas de Vilna (Viena) y Mediolanum (Milán) en el siglo XVII. Nótese el origen orgánico de sus trazados medievales y el establecimiento añadido de sus líneas de defensa.

 

De igual forma, se crean algunas nuevas ciudades exnovo, como Göteborg, Lille, CharlesVille, Sforzinda, Neuf Brisach, Toulon, Palma Nova, etc…basadas sobre relaciones geométricas que pretenden hacer de la planta de la ciudad un área igualitaria y basada exclusivamente en la definición cartesiana, evitando referencias a tiempos pasados a los que no se deseaba referencia alguna.

Tanto las existentes -ampliadas- como las nuevas adquieren o se levantan sobre un trazado geométrico, cuadrangular y diagonal, con repetidas perspectivas escenográficas, trazadas desde una imposible vista de pájaro, y sin prestar atención a los sistemas urbanos necesarios para un normal funcionamiento y crecimiento; además, las zonas residenciales eran sistemáticamente obviadas y crecían desde el caos de la falta de ordenación, control y mantenimiento material y social.

 

Ciudadelas y ciudades de Lille (Fr.) Göteborg (Su.) y Palma Nova (It.) de trazado ex-profeso como entidades de defensa y vida plenamente renacentistas.

El ancient regime amplía, transforma y crea ciudades anteriores, en torno a la primera revolución industrial, según modelos renacentistas y barrocos que poco  o nada tenían que ver con la realidad socio-económica que se estaba gestando en esas ciudades grandiosamente trazadas, pero en total conflicto con la habitación, las instalaciones urbanas y el incipiente transporte regular entre unas ciudades para las cuales el abastecimiento exterior de mercancías comenzaba a ser vital, puesto que el crecimiento demográfico que sufrían no les permitía autoabastecerse del entorno más próximo.

Estas desatenciones y el descontento social provocan la caída del antiguo régimen, dando paso a una época de profundísimas transformaciones sociales, el siglo XIX, cuya Revolución Industrial pondrá la base para las tensiones culturales, militares y sociales del intensísimo siglo XX, que obviamente quedan fuera del alcance del presente ensayo.

habitación comunal en Miet-Kaserne Vienes_Juan D López Arquillo_La Ciudad Viva

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Habitación única con cocina, dormitorio y estar. Miet-Kaserne Vienés, 1869

 

Las ciudades, bien medievales, bien modernas, se enfrentan a mediados del XIX con un hecho inaudito hasta entonces desde los albores de la historia: No es posible defender una ciudad sin sufrir importantes daños. La artillería moderna ha llegado a tal grado de desarrollo que los cinturones defensivos quedan sin sentido ante un asedio, por otra parte, episodio no eventual, sino ya inscrito en guerras nacionales mucho más complejas que las locales guerras antiguas y medievales. Las ingentes bolsas de espacio disponible en torno o ya dentro de la ciudad han de ser convertidos en espacio urbano. Por ello, numerosas ciudades se enfrentan al desafío de ocupar espacios vacíos de extensión prácticamente similar al de la propia ciudad. Algunas ciudades, como Viena y Amsterdam, habían crecido más allá de dicho cinturón de vacío defensivo (conocido como cinturón de fuego) y ello resultó ser un problema de crecimiento hacia el interior; aunque la mayoría estaban contenidas en su crecimiento por el mismo y la desaparición no es más que la posibilidad de continuar un crecimiento hacia el exterior de la misma, como es el caso de Milán, Lisboa o Moscú.

La desaparición de los cinturones de fuego llegó en un momento de tensión en el que el tamaño de las ciudades y la concentración de los medios de producción industrial hacía terriblemente necesario una nueva refundación de las ciudades, para solucionar la necesaria calidad de vida de las masas emigradas desde el agro, con graves problemas de desplazamiento y alojamiento. Con todo, estos espacios no sirvieron en su mayoría para aliviar la situación y repensar la organización de la ciudad, seguramente la última gran oportunidad para las ciudades que tuvieron esa oportunidad, que colmataron parcialmente estos vacíos mediante una continuidad de los viarios de sus bordes con operaciones escenográficas construidas para la dotación de nuevos equipamientos representativos de un estado moderno, como el Ring de Viena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Trazado parcial del Ringstrasse, ocupación del cinturón de fuego interior de la ciudad de Viena, 1868.

Por tanto, y muy limitados por la extensión del presente ensayo, la forma de las ciudades refleja muy concretamente algunos cambios técnicos del mundo moderno, ofreciendo límites y oportunidades para la vida de las ciudades. Pero la técnica moderna e industrial, sin embargo, es ampliada en la tecnología cuando dicho control de procesos no termina en el propio dominio y finalización de lo ejercido, como es el caso de la técnica moderna. La tecnología, antes analógica y ahora digital, se refiere a la exterioridad del proceso, del que es óbice, mientras que la técnica objetualiza el proceso como un ciclo cerrado.

 

Las ciudades físicas tienen ahora un reflejo en red, así, el objeto último que buscamos cuando fotografiamos París, o  cuando recorremos Venecia por sus callejuelas, es la evidencia de una ciudad que ya hemos visitado, pues ya la hemos visitado antes virtualmente. La actual facilidad de viajar, la seguridad ciudadana desarrollada en el mundo civilizado, la disponibilidad de tiempo libre y las posibilidades técnicas actuales de presencia y de aumento de la realidad mediante lo virtual hacen que podamos estar allí antes de ir. Una vez llegamos a una ciudad sólo conocida por la red ya no buscamos la torre Eiffel, o San Marcos. Buscamos contrastar esa imagen con la imagen preconcebida que la presencia virtual, o las novelas, los libros de historia o el cine nos ha dejado de ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

millones y una veces repetida, la visualización de la toma obtenida comparada con la realidad fotografiada…

Y éste es el momento presente, un momento de nueva oportunidad para el crecimiento supra-físico de las ciudades, un momento en el que la tecnología de lo virtual está ofreciendo una oportunidad de ampliar el espacio de las ciudades, no ya el espacio físico –cosa poco necesaria y muy regulado desde la legislación ambiental para con las ciudades, directa influencia de las exigencias del urbanismo de la modernidad- sino un espacio de relación y participación, un espacio en el que la ciudad crezca transversalmente a su presencia física y aproveche las oportunidades teleológicas que las nuevas tecnologías nos están ofreciendo en los más variados campos: Tenemos la oportunidad medioambiental de evitar desplazamientos innecesarios, de utilizar menos material para el desarrollo de actividades laborales y personales, de conocer los recursos naturales y comunitarios de nuestra ciudad, de optimizar los transportes y horarios, etc…; pero, ante todo, tenemos la oportunidad de aprovechar ese nuevo espacio no físico de las ciudades para lograr una participación directa en todos los campos, una verdadera democracia participativa; para ejercicio de la cual, no obstante, hay que llegar a un compromiso y un nivel educativo general del que, muchos tememos, estamos popularizadamente lejos.  En todo caso, la participación de la ciudadanía a un nivel real provocará importantes cambios en forma y fondo de nuestras ciudades, y será el proceso urbano más significativo del siglo XXI.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Nuestras sociedades se han encontrado, con su devenir tecnológico,  con nuevos rings en torno, bajo y sobre las ciudades. En nuestra mano está aprovecharlos.

 

 

 

 

FUENTES BIBLIOGRÁFICAS:

CHUECA GOITIA, F. Breve historia del urbanismo. Madrid: Alianza Editorial, 1968.

MORRIS, A. E. J. Historia de la forma urbana. Desde sus orígenes hasta la Revolución industrial. Barcelona: Gustavo Gili, 4ª ed. 1992.

OLSEN, Donald J. The City as a Work of Art. Yale University Press, 1986.

SICA, Paolo. Historia del urbanismo. Madrid: Instituto de Estudios de Administración Local, 1981.

BENEVOLO, Leonardo: La captura del infinito, Madrid, Celeste, 1994.

PIRENNE, Henri. Las ciudades de la Edad Media. Madrid: Alianza Editorial. 1972. 5ª ed. 1981.

MUMFORD, Lewis. The city in History, 1961. Trad. cast. La ciudad en la Historia. Sus orígenes y transformaciones, Buenos Aires, Ediciones Infinito, 1968, 2 vols.

 

 

 

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2 comentarios a “Técnica, tecnología y forma urbana”

  1. ANTONIO ORTIZ dice:

    excelente¡¡¡¡¡¡

  2. Juan D. Lopez-Arquillo dice:

    !gracias! Como ocurre con muchos ensayos de este tipo, me ha abierto una vía a una investigación mucho más extensa, pero entonces dejaría de ser tan ameno…

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