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Trabajadores Peregrinos

por Out_arquias — Jueves, 5 de junio de 2014

 

Espacio para la circulación de peatones en el paso fronterizo de Ceuta 6 de Marzo de 2014, D.S.P.

David Soria Pedraza, investigador OUT_Arquias

La frontera entre España y Marruecos acude sistemáticamente a los titulares de noticias en los medios de comunicación. Esta llamada de actualidad tiene que ver sustancialmente con la inmigración desde África hacia Europa, sin embargo, por esas mismas fronteras se producen otros movimientos que quedan, en cierto modo, opacados por el drama biopolítico y que me gustaría traer a la reflexión de este post.

Si la frontera de Ceuta se define por algo, es por ser punto de contacto entre flujos. Travesías de miles de kilómetros o viajes banales -de apenas cientos de metros- se tocan inevitablemente en este paso fronterizo que determina la separación entre lo que es España y lo que es Marruecos más allá de tierras europeas.

Determinarse como separación entre países es la clave, más allá de un agotamiento del sistema estado-nación, de una realidad compleja para sus actores y sus lugares de origen. Existen flujos que provienen de migraciones más allá del sur del desierto, ajenos al sistema de vecindades y sin pertenecer a territorio alguno. Estos inmigrantes desterritorializados son exploradores con un anhelo, fundado entre esperanza y necesidad, que los empuja miles de kilómetros hasta más allá del horizonte, a una tierra imaginada donde vivir más que sobrevivir. En contraste también existen travesías cotidianas entre pueblos vecinos que tienen la particularidad, no obstante, de pasar a través de una frontera internacional.

Hay una multiplicidad de caminos que coinciden en este espacio, que conviven y se solapan al punto. No obstante, resaltaremos un recorrido hendido a base de la cotidianidad, donde la desigualdad ofrece separación y distancia desde el principio, y estudiaremos la relación que a través de éstas se sustenta. Una segregación fundada desde lo social-cultural, económico y político, que sustenta también todo un entretejido de relaciones sutiles, poco mediáticas y controlables.

Mujeres del hogar, limpiadoras, transportistas, trabajadores de la construcción, jardineros y un largo etcétera. Todos ellos forman un tránsito que atraviesa la frontera desde antes del amanecer a espacios de trabajo más allá de de los límites de su país, viniendo desde Marruecos a España. Transportistas listos antes de las horas de comercio, limpiadoras que recorren varios hogares en una sola mañana, obras que desde el amanecer se llenan de marroquíes para estar todo el día en una o más obras. Aún dándose el caso de trabajadores con décadas de oficio, con sueldo suficiente y condiciones de obtener la residencia, llama la atención que sigan haciendo un largo peregrinaje diario (en ocasiones desde Tánger o Tetuán) hasta las puertas de Ceuta para trabajar. Estas rutas laborales significan una rutina diaria de amaneceres en la carretera y horas de trámites fronterizos, que se alargan aún más en tiempos de colapso administrativo.

Los enfrentamientos entre países han ido condicionando, sin eliminarlas, las relaciones laborales de este tipo. Los flujos de relación existían desde el inicio de la ciudad y se han mantenido en los períodos de conflicto bélico entre los dos países. Sin embargo la consolidación y la expansión de la ciudad -y sus expectativas de crecimiento futuro- fue un efecto llamada a nueva población, fundamentalmente militar, que fue llenando un territorio “vacio” y sirvió de aliciente para generar un intenso flujo laboral, que en ocasiones producía un crecimiento del asentamiento. Décadas atrás, una simple cuerda o alambrada de apenas un metro separaba los países en su día y el paso ilegal era consentido por una relación relajada entre los dos países. Hace tan sólo 40 años eran los trabajadores quienes buscaban trabajo para trasladar sus familias. Las condiciones para hacerlo se determinaban en reunión entre parientes del contratado y españoles contratadores: desde sueldo y horario, hasta las limitaciones de no hacer residente al trabajador o no tener cercanía con mujeres trabajadoras.

Aunque hoy día estas premisas (residencia y relaciones con españoles) sean mucho más aceptadas por marroquíes: condiciones como la posibilidad de doble nacionalidad (ya que un marroquí no pierde su nacionalidad al adquirir otra) o vivir en España con una cierta normalidad, sin ser marginado en ninguno de los lados enfrentados por su pertenencia a uno de ellos, estas facilidades no repercuten en un descenso en la peregrinación de trabajadores. Su número se mantiene en progresión creciente y que además se extiende en distancia, pues el transporte mecanizado les da la posibilidad de hacer recorridos mucho más largos a diario.

La evolución de la relación entre estas naciones, sociedades y culturas, que nos ocupa se produce con el trasfondo de una serie histórica de conflictos: guerras, asedios, protectorado y otros elementos de tensión bélica. Pero estos antecedentes de separación aparente, enmascaran las relaciones sociales en un escenario común: vínculos entre los lados de un elemento separador por flujos sustentados en el mismo. Doreen Massey (1) teoriza sobre la importancia de lugares no como espacios determinados con identidades asociadas y cargados de “historia internalizada” sino como “una constelación determinada de relaciones sociales, encontrándose y entretejiéndose en un sitio particular”; donde “sitio” no se define como espacio cerrado y delimitado -evitando la contraposición nosotros/ellos-, sino como punto de encuentro de éstos, aquéllos y los de más allá que vengan. Aquellos espacios donde tienen contacto las vidas e intereses de conocidos o extraños que hacen surgir las relaciones sociales que definía Jan Gehl (2) como principales creadores del espacio urbano. No obstante, tenemos presente también la definición del no lugar de Marc Augé (3). Este concepto no se puede perder de vista al ser el trasfondo de la generación de espacios de tránsito de la postmodernidad, que se sintetiza en este espacio frontera donde la no pertenencia al mismo define al que lo atraviesa. Sin posibilidad de permanencia en el espacio sino la obligación del tránsito continuo. La frontera es un territorio de extrañamiento donde las señales y los procedimientos de entrada y salida están regulados (legal o ilegalmente) y determinan la condición del hombre que lo atraviesa: admisión en el espacio y uso, ofreciéndote en compensación la anomia que define al hombre que los “habita”: sin pertenencia o relación con un contexto.

Este cruce de ideas, del lugar que se genera por el contacto y no es determinable -no fijo, ni limitado- y el no lugar generado por las prácticas modernas y postmodernas en el espacio, hacen que este punto del territorio tenga un cierto grado de contradicción. La base histórica sedimentada en el punto de estudio es densa y llena de elementos que vinculan a los sujetos de uno y otro lado, con un predominio de tensiones y revueltas. Desde el papel de frontera continental que es el que se resalta en los medios de comunicación, hasta la occidentalización de poblaciones próximas en Marruecos o las diversas prácticas marroquíes que se aprecian en los diferentes grupos sociales de Ceuta, parten de un fuerte contacto entre poblaciones. Una población importante es fija y otra, no menos importante, es variable pero permanece conectada a ambos lados de la frontera. No se trata pues del inmigrado que reafirma su identidad con rememoraciones de su cultura cuando ya no hay posibilidad de vuelta, o la adapta y la representa en otro país extraño al suyo. No es un inmigrante al uso, es un viajero de regreso constante a su origen y partida diaria hacia una cultura, país y costumbres diferentes. Son estos últimos los que se agrupan en gran medida en la figura de trabajadores peregrinos. La práctica del espacio que ellos producen puede ayudarnos a entender el hecho socioespacial fronterizo desde el cruce de ideas de Massey y Augé.

La frontera tiene una definición espacial aparentemente muy precisa, pero su repercusión socioespacial se extiende en el territorio en diferentes grados. El trabajador peregrino extiende, en su trayecto, la existencia del elemento más allá de los vallados de la frontera y el conjunto del paso fronterizo. En realidad la frontera comienza en las paradas de taxis que en Los Castillejos, Tánger y Tetúan se dan como inicio del proceso de paso de la frontera. De igual modo que los viajeros en la parada del bus al aeropuerto ya están en pleno viaje y se comienzan los procesos de anomia e impersonalización -maletas, tarjetas de embarque y documentos de viaje en mano-, los trabajadores ya despuntan el amanecer llenando las 6 plazas ocupables de los taxis que van y vienen alimentando al paso fronterizo de cientos de trabajadores diariamente. Un río de trabajadores que llegan a pie al núcleo urbano desde la frontera y se irán de igual modo al terminar su trabajo, extendiendo hasta este la presencia de la frontera.

Estas figuras, junto con otros actores, formarán la sociedad compleja y segregada que habita en la frontera. Si es que se puede establecer esto como habitar, aunque tampoco se pueda determinar de otra forma en un espacio como la frontera. Actores que hacen de su paso por la frontera un modo de vida circunstancial dentro de su conjunto vital, a la manera de los consumidores del centro comercial, de los turistas dentro del aeropuerto o los conductores en un sistema de autopistas; estructuran su comportamiento a las condiciones de admisión y pertenencia en espacios a los que no se puede pertenecer y donde cuya admisión no es más que el principio de una salida inminente. Como el individuo al acceder a la sala de espera, donde solo está mientras aguarda el paso a otro lugar. El trabajador peregrino accede a la frontera hasta que consigue atravesarla. Por todo ello habría de ser un espacio de formulas conductuales, de trámites burocráticos y controles de seguridad. No obstante el espacio se habita, se habita a la forma de encuentros, de choques entre individuos que en este conflicto tejen relaciones que definen al lugar. Relaciones con las personas, pero también con las cosas, ya que el trabajador que comienza su viaje hacia la frontera ya está junto a su destino, está en contacto con Ceuta, con su lugar de trabajo y con la frontera, que media su acceso.

Como recoge Heidegger en su “Construir, habitar, pensar” (4), el hombre es en tanto que habita. No sólo como el habitar que se refiere a casas, hogares que considerar propios y lugares donde ninguna acción entorpezca a un habitar como residir. El habitar se extiende a toda acción del hombre en el mundo que lo haga ser en el mismo, puesto que el hombre habita donde estudia, también lo hace en su lugar de trabajo -más incluso que en la casa que dice habitar- e incluso “Para el camionero la autopista es su casa” (5). Este ejemplo establece una tensión, que no una contradicción, con Augé. Las autopistas, como referente y ejemplo pseudo-prototípico de no lugar devenido de la sobremodernidad, se establecen aquí como espacios que habitar. El discurso de Heidegger está en sintonía con lugares como cosas construidas que permiten su acceso a los espacios. Considerando que estos espacios se definen por las fronteras en las que se incluyen, a través del significado antiguo de Raum, y que hacen de estas plazas algo tangible, accesible a través de sus fronteras. Pero son un algo devenido de los lugares, creando un sistema de doble dirección de afirmación. Los lugares, determinados como objetos construidos, otorgan (hacen sitio) a las plazas, como espacios y a su vez los espacios se comunican con el hombre a través de los lugares y las distancias a estos.

Ahora bien, Augé determinaba que al perder la capacidad de relacionarse en/con ellos, componerse de sus imaginarios sustitutores de realidad o no tener ligazón histórica-vital con la realidad concreta; pasan a ser homogeneizantes y extraños artefactos que se definen más por el tránsito de las personas que por su propia: historicidad (atemporal), identidad (anónima) o personalidad (indiferenciada). Son estos espacios, estos no lugares, un amasijo informe de flujos que se determinan por otras causas que la determinación de sus fronteras y se contornean por la densidad de los flujos que lo transitan. El escritor relaciona estos elementos -y sus características esenciales- a los usuarios, que son, en su tránsito, los que dan su mayor entidad a estos elementos. Por ello atemporalidad, anomia e indiferenciación son base en el entendimiento del hombre que “habita” estos espacios. Es un negar el habitar clásico referido al lugar, “Estos lugares tienen por lo menos tres rasgos comunes. Se consideran (o los consideran) identificatorios, relacionales e históricos” (6). Pero estos no lugares de tránsito, donde se hace difícil la permanencia, como es la frontera, no prevén en su formación espacio de relación -aunque la haya-, no tienen rasgos identificatorios más haya de generalidades -aunque exista identidad propia- y son atemporales -cuando su base está fundamentada en la historia acaecida-.


No existe una contradicción entre las comprensiones del elemento frontera, sino una tensión que hace que la falta de relación, identidad o historia de los no lugares de Agué, deban entenderse desde la perspectiva localista que si establece relación, reconoce identidad y basa en la historia. Acercándonos a la perspectiva del hombre local, de su tránsito, el cual es configurador de la entidad misma del espacio más allá de la fisicidad del elemento. Al igual que el puente de Heidegger es una cosa por si misma, pero a la vez es todo el sentido dado a él por el hombre y por el resto. Representaciones internas del mortal sobre la cosa (7): es el sentido de conexión de hombres y culturas a la vez que un espacio normalizado como paso fronterizo internacional que se atraviesa; su contorno, sentido y razón de ser provienen del encuentro entre naciones durante siglos sedimentados en el territorio además de estar definido en abstracto como separador geopolítico; y también es el espacio por el que se identifican aquellos de los que trata este artículo, aunque sea el espacio donde, desde el acceso a su salida, la anonimia sea la condición base de derecho para los que la transitan.

Aquí es donde podremos enlazar con la teoría de Massey sobre los lugares como nudos de actividad social. Puntos en los que el encuentro de los flujos es causa del efecto lugar, son generadores del lugar. Esto no hace que estos elementos pierdan su carácter de no lugar, es más un punto intermedio. Una adaptación del espacio sobremoderno definido por Augé para el “puente” que conecta las plazas de Ceuta y Marruecos. Este elemento frontera queda como un elemento glocal. Sustentado su concepto por una sociedad global y postmodernas a la par que se conforma morfológicamente según flujos transnacionales fundamentalmente económicos.

El elemento se determina, hasta donde puede, como resultado de los flujos: económico-mercantiles, sociales y políticos de naciones y entidades transnacionales. Pero el individuo que los habita, más allá de aquel viajero que, como en el aeropuerto, entra en la anomia protocolaria devenida del tránsito continuo que se regula; este individuo cotidiano de la figura del trabajador peregrino los disfruta, los considera, en un fondo común, parte de su hogar. El paso diario hace que los encuentros sean continuos, genera reuniones sociales espontáneas que pertenecen a un espacio que no debería permitir la relación. Reuniones a primera hora de trabajadoras saliendo aún de la frontera, conocidos de diario en los taxis, vecinos que pasan juntos el protocolo de acceso y charlan de lo ocurrido el día anterior, trabajadores que esperan horas el paso de la frontera y terminan almorzando, de compras, terminando trabajos pendientes o van a ver a algún conocido. Los trabajadores de la frontera y los que la atraviesan a diario se conocen, tienen amistad y van conociendo sus vidas mutuamente.

Jan Gehl (8) ya determinaba que de los contactos sociales espontáneos se irían desarrollando relaciones más profundas, al igual que en una vecindad nueva la coincidencia de horarios por las plazas y callejuelas permitía el ir conociendo al vecino desde el saludo al desconocido hasta integrarlo en los círculos para-familiares de cuidado común de hijos y eventos sociales íntimos. La condición de esta teoría era la coincidencia en espacios con características adecuadas para la generación de contactos espontáneos. Aspectos formales, climatológicos y de situación y permanencia eran para el urbanista los fundamentales. No obstante carece de un preámbulo reflexivo en este sentido el paso fronterizo, teniendo no obstante el mismo efecto conector para los usuarios. Massey no prioriza lo geométrico, la ocupación espacial, la forma y su determinación, en la que tanto incide Gehl, dando mayor importancia a los eventos sociales, al contacto entre individuos de paso, los flujos que vienen de algún otro sitio y ya están, desde su origen, configurando el lugar.

Puede que uno de los mayores desafíos de Massey a la dualidad de no lugar y la humanización del espacio urbano radique fundamentar que el punto de conexión de ambos se sitúa al hombre como punto en común. Esto sucede con los trabajadores peregrinos en su viajar diario: sus causas vienen de desequilibrios entre naciones que crean segregación, realizan trabajos por motivos económicos y atraviesan un espacio puramente definido por y para el tránsito, protocolario y anónimo. Se trata de un hombre que habita en lo globalizado y acelerado, en el neoliberalismo y la individuación de la postmodernidad. Están atados a esos atractores y atraviesan este no lugar, sin embargo, sin el deambular propio del movimiento por el movimiento. No han perdido su relacionarse y crear lazos con los otros por habitar un espacio pensado como un transito anónimo.

Por ello hay que pensar que el hombre no pierde el conjunto de sus lazos por el hecho de que se creen espacios que no los tienen en cuenta. Puede que así lo considere Augé, que habla de situaciones mixtas, ya que un no lugar puro es casi imposible de encontrar. Es a través de los testimonios de “las gentes”, como los trabajadores peregrinos o cualquier otro nombre que quiera darse a este colectivo, a través de los que podemos entender este tipo nuevo de lugares. Doreen Massey ha planteado ya testimonios sobre lo dinámico y cambiante que define realmente a los lugares. No pueden determinarse por tener una parte física limitada, sino ver que se extienden por flujos variables y no tenemos que asociar lugares a identidades, ya que los actores que conforman los lugares irán cambiando, y la anomia que buscan estos nuevos espacios parece prevalecer frente al crisol de identidades que los habitan a su manera. Puede que en un estudio de los trabajadores peregrinos esté parte de la respuesta para aprender a habitar los espacios de la postmodernidad. La habitabilidad en los no lugares.

 

 

 

 

 


Notas:

1 Massey, D. “Un sentido global del lugar”, 2012 Icaria: Espacios críticos, Barcelona, pág. 126.

2 Gehl, J. “La humanización del espacio urbano”, 2006 Reverte, Barcelona, pág. 22.

3 Augé, M. “Los ‘no lugares’ espacios del anonimato”, 2000 Gedisa, Barcelona, pág. 81.

4 Heidegger, M. “Construir, habitar, pensar”, 1975 revista Teoría Nos. 5-6, Santiago de Chile (Darmstadt 1951), pág. 2.

5 Heidegger, M. “Construir, habitar, pensar”, 1975 revista Teoría Nos. 5-6, Santiago de Chile (Darmstadt 1951), pág. 1.

6 Augé, M. “Los ‘no lugares’ espacios del anonimato”, 2000 Gedisa, Barcelona, pág. 58.

7 Heidegger, M. “Construir, habitar, pensar”, 1975 revista Teoría Nos. 5-6, Santiago de Chile (Darmstadt 1951), pág. 4-5.

8 Gehl, J. “La humanización del espacio urbano”, 2006 Reverte, Barcelona, pág. 25.

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