La ciudad viva


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Urbanofílicos y urbanofóbicos: La necesaria esquizofrenia del arquitecto

por Juan D. Lopez-Arquillo — Miércoles, 23 de julio de 2014

La relación de amor-odio que arte y pensamiento han establecido con la ciudad ha generado un movimiento oscilante de consideraciones de estima y rechazo durante los diferentes momentos históricos que marcan la vida genérica de ciudad y naturaleza. Estos necesarios pero radicales contrastes entre “campo” y “ciudad” han llegado hasta nuestros días como las dos caras de la misma moneda del territorio antropizado parte del cual, no obstante, es necesario preservar en un momento en el que más se necesita a nivel personal la expansión y la huida personal desde lo colectivo.

1. La necesidad del agrupamiento. Refugios, cabañas y poblados.

El debate clásico entre la bondad natural del hombre o su egoísmo innato y superviviente –el “homo homini lupus” del empirismo de Hobbes (1649), a su vez inspirado en aquel Lupus est homo homini, non homo, quom qualis sit non novit” de Plauto (179 a. de JC.) contra el “homo bonum per natura” explicitado por lo ilustrado del “Emilio” de Rousseau en 1762 parece haber recogido las dos únicas posibilidades de supervivencia del ser humano frente a la naturaleza y otros hombres: Bien la vida natural y solitaria, bien la vida artificiosa y comunitaria, elección coercitiva que elige exclusivamente una de ambas posibilidades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ilustración de_Ensayo sobre la Arquitectura_1753 Abad Marc Antoine Laughier_Castro de Baroña

 

El contraste entre el realismo empírico del pensamiento del último barroco y el idealismo ilustrado del romanticismo no hace sino evidenciar una realidad antropológica cuya dualidad se hunde en las raíces mismas de la concepción humana, que para su estancia en el planeta toma desde el neolítico y según los continentes de su implantación dos caminos opuestos; el principal y a la sazón más fructífero en cuanto a progreso social y evolución histórica, asociarse en asentamientos y poblados estables que acabarán siendo ciudades permanentes. Por otra parte, otras sociedades paralizan su evolución social al vagar permantemente en el acompañamiento del ciclo natural de los recursos, evitando su asentamiento estable.

El mito de la cabaña primitiva del Abad Marc-Antoine Laughier de 1763, en la que el hombre natural forma su refugio, temporal, desde los propios elementos y geometrías que le ofrece directamente la naturaleza, es una idealización de aquel “buen salvaje” que no hace sino contrastar con la realidad eneolítica de asentamientos en castros y poblados, en los que el hombre organiza elementos cedidos u obtenidos por la naturaleza pero en un orden artificial y propio, buscando una protección de una naturaleza que no es el medio ideal, amable y romántico de Rousseau, sino un medio hostil, peligroso y lleno de amenazas contra el que, desde el Eneolítico y hasta el estallido de la revolución industrial, sólo cabía la asociación urbana como único medio de supervivencia. Únicamente tribus muy puntuales en medios muy señalados pudieron permanecer inestables y nómadas. El resto de la humanidad hubo de asentarse para sobrevivir, y de esa elección ha venido, directamente, el progreso social que ha permitido el desarrollo y la evolución técnica, económica y humana hasta nuestros días. En estas agrupaciones físicas, el medio de la ciudad, está sin embargo ligado a la propia destrucción de la misma, bien desde el cataclismo por colapso de la propia ciudad (bien literal, bien interpretativo de unas condiciones de vida inhumanas dentro de ese aparataje humano) bien desde el abandono de la misma por su falta de vigencia. La ciudad, invención humana donde las haya, es germen y fin de la sociedad, siendo, una vez más, el reflejo físico de su condición social y tecnológica; no sólo para nacer de ella, sino para morir con ella.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El curso de los imperios_Thomas Cole_1833-1836_episodio 5_destrucción

 

 

 

 

 

 

 

 

fotograma del film “el día de mañana” Roland Emmercih, 2004.

 

2. Problemas del agrupamiento. Ciudades necesarias pero contingentes.

Si entre los cibdadanos es la vida justa y la conbersación mansa, será el pueblo digno dellamarse cibdad, porque principalmente, no de lagrandeza del pueblo, más de la virtud de loscibdadanos se cría el hombre de la cibdad.

Alonso de Castrillo, 1520.

¡Qué descansada vida La del que huye el mundanal ruido Y sigue la escondida Senda por donde han ido Los pocos sabios que en el mundo han sido!(…) Un no rompido sueño, Un día puro, alegre, libre quiero; No quiero ver el ceño Vanamente severo De á quien la sangre ensalza ó el dinero.

Fray Luis de León, 1527-1591

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Bruegel_combate entre don carnaval y Doña Cuaresma_1557

 

 

 

 

 

 

Toledo_grabado de braun_hogenberg_1572

 

Desde el Renacimiento y hasta nuestros días, la ciudad ha sido una evidente necesidad para la vida de gran parte de la población mundial, progresivamente más urbana; pero conforme aumenta la densidad y la extensión de la ciudad, también empeoran sus cualidades para ser soporte de una vida saludable, digna y cómoda para el grueso de sus ocupantes.

Siempre vista como un pandemonio de caos humano artificial, en el que el individuo no es sino el eslabón más débil de una cadena injusta e inhumana, la ciudad ha llegado hasta nuestros días recogiendo las diversas fases por las que ha transcurrido su tiempo y marcado su ser, fundamentalmente cuatro: La fundación en la antigüedad romana o bárbara; en la que las ciudades estaban en común unión con el territorio que las nutría, la peligrosa edad media en las que las ciudades se cierran sobre sí en un continuo milenio de destrucciones y reconstrucciones, la revolución industrial en la que las ciudades se desbordan en sus límites por la inmigración desde el campo y las nuevas técnicas de producción y transporte, y última fase, que llega hasta nuestros días; la ciudad moderna.

La ciudad medieval y clásica son dos fases del mismo entorno, un medio ambiente urbano en el que la colectividad n era sino la suma de individualidades, reflejándose esto mismo en la conformación física de las propias ciudades, cuya morfología queda conformada por una homogeneidad de tejido residencial con función laboral asociada (casas y taller) ordenados por nodos representativos de implementación religiosa o civil. Evolucionando lentamente y reflejándose casi únicamente en el número y estilo de los edificios representativos, la ciudad medieval y clásica no sufre hasta la convulsa llegada de la revolución industrial, apenas cambios algunos más allá de una lenta y progresiva renovación interior.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ciudad católica de 1440 vs ciudad industrial de 1840_August Welby Northmore, 1852

 

3. Ciudad moderna. Amor y odio.

Las arquitecturas al final del XIX e inicios del  XX se proyectaban asumiendo un claro desfase entre las posibilidades técnicas disponibles y las formalizaciones heredadas del ancient regime europeo, que negaban la realidad social sobre la que operaban. Las arquitecturas fundaban cada acto sobre dos causas, opuestas pero complementarias, que no acertaban a sintetizarse coherentemente.

Por una parte la causa necesaria, la urgencia de alojamiento en unas ciudades sobre las que sucesivas revoluciones industriales habían provocado unos flujos humanos procedentes del agro inauditos hasta entonces. Se necesitaba un nuevo concepto de alojamiento, que versara sobre otros parámetros de habitabilidad, en relación con los recientes medios de transporte para posibilitar el desplazamiento  de masas y, con ello, la relación entre las partes heterogéneas de la ciudad, entonces con un crecimiento convulso. Por otra parte la causa formal, unos modos de proyectar arquitectura que habían sido una mera actualización de geometrías y órdenes heredados de demasiado tiempo atrás, obligados a resolver constructivamente cada programa de necesidades enmascarándolo tras una referencia a interpretaciones localistas o históricas con las que conveniadamente se conformaban las ciudades desde el neoclasicismo.

 

 

 

 

 

Edificio con división vertical_mietkaserne exterior (1898) e interior (1879) Viena

En sucesivos esfuerzos de coherencia entre estos extremos causales, con mayor o menor trascendencia temporal o geográfica, fueron iniciados por las vanguardias europeas y americanas diferentes modelos urbanos de respuesta social entre 1890 y 1930. Finalmente, la constelación de proyectos y circunstancias sintetizadas a posteriori como Movimiento Moderno encontraba una expresión formal síntesis de su necesidad social, con novedades constructivas y con un nuevo tratamiento espacial, con novedosas soluciones al problema de la vivienda y al crecimiento de las ciudades, cuya universalidad permitía elevar sus enunciados formales hasta autoproclamarse como auténtica ruptura histórica con los modos y modelos anteriores del proyecto de arquitectura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Weissenhof-Stuttgart-1927

 

Los procesos obligan a que unos modelos de ciudad permanezcan vigentes frente a otros. Mirar la ciudad es ya una manera de producirla, y la ciudad de principios del XX queda reflejada en la pintura y la literatura como una ciudad estática, mas de pensamiento que de acción.  La vieja ciudad medieval dentro de sus murallas, ya desbordada desde mediados del XIX, no resultaba obsoleta en sí, sino que se iba vaciando por las nuevas actividades y la nueva burguesía empresarial;  que no encuentran en ella un soporte adecuado, ni de habitación ni de intercambio comercial ni cultural, la abandona en pro de otras zonas de nueva implantación.

La ciudad sufre, en el último cuarto de siglo del XIX y primer cuarto del XX una transformación asombrosa, aunque terrible para con las condiciones de vida del grueso de la población. La escala del crecimiento, casi exponencial, salta los límites medievales expandiendo la ciudad por un entorno que queda comunicado entre sí y con la ciudad anterior con redes de transporte para las masas obreras que, uniendo unas partes con otras, establecen una especificidad de usos de las diferentes zonas que provocarán un zonificación masiva de usos y actividades, condenando así al habitante a continuos trasiegos diarios entre sus zonas de habitación y sus zonas de trabajo. La morfología de ciudad medieval, con taller artesanal abajo y vivienda arriba, se ha desplazado a bloques de denigrantes viviendas y fábricas muy alejadas. Y todo ha ocurrido tan rápido, que apenas ha habido tiempo de pensarlo, de oponerse a ello. Todo se ha dejado en manos de un liberalismo tan excesivo que es ya muy difícil, si no imposible, cambiarlo.

Las actividades clásicas, muy limitadas dentro del tejido medieval, dejan de alimentar a tejidos urbanos que, por inadecuados, dejan de darle soporte. La nueva ciudad de extramuros está realizada por piezas y zonas separadas, el orden del espacio público no es continuo sino fragmentado, y el reconocimiento de las antes artísticas escenas urbanas ahora pasa por el caos, frente al cual sólo la figura del flanêur baudeleriano tan bien actualizado por Benjamin en la ciudad del primer cuarto del s. XX, insta a hilar una interpretación de una ciudad demasiado nueva, surgida en sólo una o dos generaciones.

Sólo un mínimo horario de expansión es posible para el ciudadano general y genérico de estas ciudades. Y para ampliar dicha franja horaria, la ciudad asalta no sólo el espacio, sino el tiempo. Se coloniza también la noche. La gran ciudad queda por tanto ocupada permanentemente por la actividad, por el movimiento, la producción, el ocio, el trasiego, la relación y la lucha.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Metrópolis, George Grosz,1916

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Escena del film “metrópolis” de Fritz Lang, 1927.

 

Ante esta nueva realidad urbana, tan excesiva, pensadores y artistas destacados sufren una imperiosa necesidad de apartarse de lo que ahora implica la ciudad; ruido y amenaza colectiva a la libertad individual. Antes se agrupaban en ciudades por necesidad de supervivencia física, entonces, por inercia social o necesidad económica. Y este clima es insoportable para momentos álgidos de pensadores creativos como Heidegger, Wittgenstein, Mahler, Shaw…que ven en la cabaña lejana y aislada un refugio para su personalismo creativo, amenazado continuamente por el soporte físico de unas sociedades con las que no siempre tenían fáciles relaciones. Incluso algunos arquitectos como Le Corbusier, ante la imposibilidad de extender mundialmente sus imperativos categóricos urbanos, necesitan también apartarse a lejanas cabañas durante un tiempo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cabanon_Le Corbusier_1951_Heidegger_Selva Negra_1922_Wittgenstein_Skjolden_1923_Mahler_Dobiacco

 

4. Proyectar la colectividad individualista. Dualidad inversa de sentimientos.

Una de las más interesantes (y extensas) lecturas para conocer la evolución de nuestra cultura y sus causas es “Historia de la filosofía occidental” de Bertrand Russell. Pese a ser tachado de “filósofo de salón de señoras” por uno de sus grandes pupilos, Ludwig Wittgenstein, Russell relaciona directamente los cambios en la filosofía de la época con las posibilidades sociales y de calidad de vida de sus filósofos. De igual forma, sería interesantísimo estudiar la relación entre las condiciones de vida de los arquitectos y los cambios en las ciudades y la arquitectura en sí.

En esta relación, tan similar, los arquitectos de la modernidad sufren, por su sensibilidad para con los procesos generales y la conformación de elementos particulares de esas unidades que componen las ciudades, una profunda necesidad de fundar su accionamiento arquitectónico sobre la ciudad proyectando sus deseos personales más primigenios. Un accionamiento proyectivo arquitectónico especialmente fundado en principios relativos a la ciudad, en la dualidad entre el amor por la misma o la necesidad de alejamiento. No se establece esta opción dual (y exclusiva, pues no se puede fundar un proyecto sobre uno y lo otro a la par) como un fin del proyecto en sí mismo, sino como una base relacional para la generación del cuerpo global, geométrico y constructivo, del mismo.

Así, radicalmente podemos distinguir casi desde el nacimiento de la modernidad y hasta el actual estado del ejercicio dos instancias de actuación: bien la del arquitecto de modos americanos, que pretende crear en la referencia de sus proyectos una arcadia feliz de corte rural, al modo de Wright y su vuelta a la naturaleza; o bien la del arquitecto de modos europeos, profundamente urbano, cuyas leyes son las de la ciudad y que, incluso cuando opera en entornos naturales, lo hace desde reglas cartesianas de traza humana.

Ambos modos, unos y otros adeptos, proyectan desde el cultivo a la personalidad del autor. Son propuestas señaladas, activadoras de ciudad a diverso nivel y que jalonan una morfología cada vez más, progresivamente, conformada desde lo múltiple sumado por yuxtaposición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Wright y la vuelta al natural_Broadacre city_1932_Guggenheim_1956


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mies y el pragmatismo_Farnsworth_1946_Seagram_1954

 

…y sin embargo, es en la riqueza del que todo lo quiere y en todos los ámbitos desea operar cuando destacan figuras como Charlotte Perriand, una de esas figuras cuya libertad personal, ecléctica y adaptable, supera la dualidad exclusivista de los que se acogen en exclusiva a un modo de actuar y desear o a otro, figuras que recogen los rasgos más radicales de las tradiciones culturales europeas, profundamente urbanitas, y la vuelta a la naturaleza del sueño americano, pero no a aquella naturaleza rural y colonizada, sino una naturaleza radical y extrema, imposible de antropizar, en la que buscar la ansiada soledad, refugio del personalismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Charlotte Perriand_acuarela_trabajo y deporte_1927_estantería_1923_refugio de montaña_1946

 

5. Permanencia y mutabilidad. Refugios y cabañas.

La excesiva homogenización de nuestras ciudades y sus elementos arquitectónicos no conlleva sino facilidad de control por parte de sistemas burocráticos de limitación de la libertad individual e imposición del pensamiento único. La variabilidad, la heterogeneidad y la diferencia es una aventura peligrosa para sistemas democráticos que imponen su funcionamiento burocrático como el único posible, sin ofrecer la participación directa en la toma de decisiones. Dentro de la línea histórica que nos ha traído hasta aquí, sólo resta combatir poco a poco la voluntad del populismo más agresivo porque, según la historia, el resto de posibilidades es aún peor.

Y es en este periodo de la ciudad, el que nos toca vivir y habitar, el que más facilidad está ofreciéndonos para poder ejercitar una doble relación de la exterioridad del individuo contrapuesta en sus caras alternas: Por una parte, se deja llevar por el ambiente cultural más colectivo, más activo, y por otra, se libera en la soledad de lo alejado, la montaña o el mar. La necesidad de ejercicio del personalismo es mayor cuando la colectividad marca la individualidad, y hoy, el influjo del pensamiento oriental está provocando una inversión de los modos de reproducibilidad de los tipos arquitectónicos: Mientras que el hombre occidental, profundamente individualista, vive en homogéneas arquitecturas, el hombre oriental, profundamente trágico en su colectividad, vive en arquitecturas personalizadas y heterogéneas. Entre unos y otros se ha ido construyendo la realidad urbana de un planeta en el que el crecimiento bruto de la población es exponencial y más que excesivo, y en ciertas zonas el progresivo envejecimiento de la población y la ideología de género harían descender drásticamente la población de ciertos países en pocas décadas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Urbanización seaside_Florida_EEUU_ciudad del “Show de Truman”

 

El problema es aún más grave porque la asimilación de este crecimiento se produce mayoritariamente en las ciudades. El planeta humano es ya, un planeta urbano. Se calcula que para el 2050 el 70% de la población mundial viva en ciudades mayores de 50.000 habitantes. Y, dado que ese crecimiento de la población se realiza en el ambiente más coercitivo, la necesidad de la huída, de la salida, del alejamiento de esas ciudades, es cada vez mayor.

Hemos de enfrentarnos a un hecho ya evidente: los trasiegos de población con carácter vacacional en las grandes ciudades, que implica un proceso de fragmentación ocupacional, un sprawl city temporal que contamina todos los entornos posibles, y que hay que limitar o encauzar adecuadamente para que la necesidad de expansión del individuo provocada por la ciudad no acabe siendo una amenaza para entornos frágiles que suponen la única alternativa a la antropización masiva que esperamos en el planeta.

La temporalidad de nuestro paso individual por el planeta se puede ver refrendada físicamente por el replanteamiento de nuestros modos de habitar. El edificio permanente y representativo puede (y, en algunas zonas debe) ser sustituido por un habitar inconsistente y mutable, refugios temporales que no superen ciclos generacionales. Es allí donde la necesidad de establecer un habitar semiestable, el de la cabaña o el refugio, puede resultar ejemplarizante para el habitante de la ciudad. Y las experiencias de los refugios de montaña son exportables, industrializables, transportables, adaptables, a un nuevo habitante de la ciudad que, además de ser nómada del territorio, es también un nómada del tiempo y a ello ha de adaptarse.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Refugio móvil y modular Gervasutti_refugio de Goûter, Moint Blanc_refugio Verónica, picos de Europa_hotel Whitepod_alpes suizos

 

Necesitamos escapar de ella y la necesitamos para vivir, para relacionarnos y progresar. La humanidad debe inequívocamente a la ciudad su progreso técnico, social y tecnológico. Pero es esa dicotomía, ese amor encontrado a su odio, la que funda nuestra relación con la ciudad. Y de ella surge la oportunidad de seguir haciendo ciudad; maximizando oportunidades de relación y minimizando la amenaza a la propia personalidad, dicotomía entre lo personal y lo colectivo que no hace sino exteriorizar nuestra batalla interior. Y todo ello puede condensarse en un establecimiento temporal de un refugio o una cabaña como ciudad desplazable en el tiempo y en el espacio que permanece lo mismo que nosotros y que resulta menos agresiva y colonizadora.

Es lo que nos puede enseñar la naturaleza y nuestra esquizofrenia de arquitectos: A alternar permanencia y eventualidad, solidez y ligereza, campo y ciudad, en definitiva, liebre por gato, que el maestro Sota nos instara a hacer con nuestro trabajo. Tal vez ahora llegue el tiempo de rehabilitar y trabajar sobre lo ya existente, pero sigue siendo el tiempo de la búsqueda de nuevas formas, nuevos modos y nuevos habitares. En el inconformismo está la respuesta. Huyamos, pero huyamos con responsabilidad…y algo de estilo.

 

 

 

 

 

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