La ciudad viva


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Ciudad y verdad. Metarregulación y vida de la ciudadanía.

por Juan D. Lopez-Arquillo — Viernes, 12 de diciembre de 2014

“No hay nada que tanto repugne al orden de todo, a la forma del Universo, como el que una cosa no esté en su sitio”

Nicolás Copérnico “De revolutionibus orbium coelestium”  p.1543

 

 

 

 

 

 

 

 

Plaza del Cardenal Belluga, Murcia

 


Recuerdo la referencia a esta cita una mañana en la plaza del Cardenal Belluga de la capital murciana, al escuchar por accidente a un grupo de mujeres de edad avanzada opinar muy orgánicamente -aquella crítica de la que tanto gusta el país, basada en un simplista “me gusta-no me gusta” que sale de las vísceras, no de la cabeza- sobre la inconveniencia del alzado principal del edificio de Moneo a la citada plaza.  De haber tenido fuerzas y ganas de “conversodiscutir” les hubiera explicado, o intentado explicar, que el cierre del Ayuntamiento a la plaza, auténtica portada, es exactamente la que tenía que hacerse en ese momento y que Don Rafael, cuando no está ocupado siendo otra cosa, es un magnífico arquitecto, a la par que sus obras son fácilmente legibles e interpretables, por cuanto están cargadas de evidencia en su profundidad.

Todas las generaciones a lo largo de la historia han tenido la mala fortuna de creerse el último estértor del tiempo histórico. Si no, sabe Dios porqué se habrían montado tantas guerras inútiles y tantas otras. Pero las generaciones que hemos coincidido en el planeta a principios del XXI,  aunque afortunadamente preocupadas por la deriva consumista que agota el planeta, han sido, somos, las culturas de la evidencia y la inmediatez, las generaciones que lo deseamos todo en el acto y en el lugar, y en ello, también la ciudad -marco común de nuestras relaciones y resultado de nuestros medios productivos- se convierte en un dislate en el que cualquier ciudadano olvida que la ciudad es únicamente un momento de una secuencia espacio-temporal mucho mayor y que, por tanto, el territorio, los edificios, el espacio público, aunque contienen el germen de espacios romanos en la gran mayoría de casos, son una deriva física que, con el tiempo, van dando paso a otras ciudades que las renuevan y, así, se mantienen.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

StadtPlan de Viena. La Vilna romana, amurallada progresivamente hasta finales del XVI, se encontraba después con el espacio del amplio cinturón de fuego en rededor que absorbería en el XIX como su más importante y representativo espacio público-social.

 

Precisamente por eso, en la plaza del Cardenal Belluga se encuentran un edificio barroco junto a una futesa sin carácter ni alma de los años 70, y el nuevo retablo de Moneo. Y, mientras el barroco atendía a la formalización de un lenguaje expresivo que creaba un telón sobre plantas y tipos históricos que poco o nada habían evolucionado en milenios, el pésimo edificio de los 70 respondía a un necio y falso funcionalismo que desgraciadamente se expresaba sin un adecuado cierre de expresión al espacio público. Pero es que el retablo con el que Moneo cierra el edificio del nuevo Ayuntamiento a la plaza es la expresión de unos nuevos modos de hacer en arquitectura, más culta, eficaz y mediada para con el espacio público y, por tanto, es absolutamente coherente con lo que la plaza del Cardenal Belluga es para la ciudad: un códice de los tiempos que han dejado impronta principal en la ciudad.

Ya el materialismo histórico, de corte hegeliana, nos invita a descubrir en cada pieza, en cada objeto construido o formalizado, todas las relaciones sociales, productivas, industriales y económicas que lo hicieron posible, una codificación sintética en cada objeto final y heredado de unas generaciones a otras, idea esta sobre la que se llevan organizando la museografía de numerosos museos arqueológicos. Aplicado literalmente a la historiografía de la arquitectura y el urbanismo, es interesantísimo asignar a cada edificio, cada espacio de la ciudad, la responsabilidad cierta de ser testimonio de su época. Y si simula ser algo que no es, o algo que ni siquiera fue, implica una incoherencia que supondrá la construcción de una gran falsedad para con nuestro espacio de lo social.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Concurso Internacional para la nueva sede del Chicago Tribune, 1922.

Propuesta, entre el historicismo y la absoluta mofa, de Adolf Loos.

 

 

Pero, y ésto sería lo más tenso en la amplia explicación-debate que hubiera tenido con aquellas señoras tan poco amigables, la realidad de los edificios es que permanecen en la ciudad durante mucho más que el tiempo de su construcción, y, por tanto, la permanencia de su ser se establece con una estabilidad inmanente en una ciudad que es, siempre, un cruce múltiple de tiempos y destinos, superposición de épocas históricas y que, como la Plaza del Cardenal Belluga, lleva en su ser tiempos y sociedades múltiples. El espacio público, formado por la arquitectura, es el tablero de juego común de las generaciones que, en una misma ciudad, viven sus vidas lineales en el tiempo pero simultáneas en el espacio. Y, como obra común, falsearlo desde la estética historicista no tiene sentido.

 

 

 

 

fotogramas de “The Fountainhed” (King Vidor, 1949, desde la novela homónoma de Ayn Rand, 1943). Falseamiento del proyecto de Howard Roark desde una mascarada historicista.

 

…Esta lógica interpretativa de la presencia sin representación que es el espacio de lo social en nuestras ciudades, de repente, en unas pocas décadas, se encuentra con que, en nombre de un progreso urbano consistente en tener límpida y ordenada la ciudad, se ha dejado de expresar el espacio urbano como síntesis del tiempo que nos toca aportar a la ciudad. Ahora mentimos, descaradamente, o mienten las administraciones que se muestran, una vez más, muy  a la zaga de la vida de los ciudadanos.  Ahora que en muchos centros históricos es urgentísima la renovación social y la actualización de funciones para revitalizarlos y que vuelvan a ser habitados, el mobiliario urbano y la pavimentación consume un tiempo excesivo, de nuevo, a quien debiera estar ofreciendo soluciones -o facilitándolas, porque ya nos ha quedado claro a todos que las administraciones no están para solucionar nada, máxime cuando se entrentan entre ellas- y no perdiendo tiempo y recursos públicos en mentir descaradamente.

 

 

 

Pavimentos históricos empedrados del barrio del albaicín, pavimentos de los años 70 a 2000 y nueva pavimentación historicista con “toqueros” de evidente mala factura y que son otro falseamiento histórico.

 

Mentir, con descaro, con impunidad, no sólo lo hacen los políticos corruptos, sino también el técnico municipal que, a sabiendas que no funciona, que es tremendamente costoso y que no va a durar ni siquiera a las siguientes elecciones -cuyo ciclo de 4 años es la verdadera fecha de caducidad de intereses sobre la ciudad que no resultan ser sinceros- y sin embargo, propone volver a pavimentos históricos que, sin embargo, nunca estuvieron allí. Y, creando una imagen falsa de una ciudad que nunca fue, sigue congelando partes de un centro histórico  con el objeto final de construir un marco idílico e irreal de lo que una vez fue imaginadamente aquel entorno. Esto es, un parque temático. Y los ciudadanos no queremos vivir en un parque temático.

 

 

 

 

 

 

 

Intervención espontánea de los vecinos en la placeta de Nevot, en el histórico Albaicín, tras ser eliminado el parterre central, talados los árboles y solada la plaza. Además, no puede ni siquiera acceder un helicóptero.

 


Un divertido corolario afirma que “no se puede atribuir a la maldad aquello que puede justificarse desde la estupidez” y nada más lejos de la realidad. Las teorías conspiracionistas no tienen demasiado sentido cierto en los centros históricos cuando nos referimos a la pésima competencia de los munícipes. En las bolsas urbanizables, sin embargo, hay demasiada maldad como para pensar en que las atrocidades cometidas se deban a la estupidez, no obstante.  En los arrabales las teorías conspiracionistas pueden surtir de efecto legal a nuestras sospechas, pero en los centros históricos y los barrios la maldad está mucho más localizada en operaciones muy concretas. En los entornos generales de vida en la ciudad, nuestros barrios, es la estupidez la que marca la prueba de cargo contra los responsables técnicos de turno. Y, si extrapolamos ello a la redacción de normativas, tenemos el mismo resultado: Se está intentando, desde las administraciones públicas, regular el resultado final del espacio público y social, para despojarlo de su sentido de ser histórico y ocultar así la vida económica, social, de relaciones productivas, que este espacio es, para, a cambio y en contra, mostrar el espacio de la ciudad como resultado de una legislación redactada por el grupo político de turno que opta, no ya por levantar sus penosas arquitecturas aúlicas, sino por utilizar la ciudad como expresión de su falso ser y de su mediocridad de ciclo tetranual.

 

 

 

 

 

 

 

 

Una periferia cualquiera. El desfase entre el planeamiento, la ejecución y la vida.

 

 

Claro que, se puede debatir contra este planteamiento afirmando que la alternativa a la regulación es un mercado libre en manos de un capital que no tiene más moralidad que el deglutir a la sociedad en busca de la obtención del beneficio neto. Por tanto, tan mala es la brasa como la sartén. Y entre una y otra, tomados del asa y colgando de la misma, se encuentra una población que sufre denostadamente entre ser mera mano de obra para unos, y administrados serviles para otros. Ambos por encima, metacapital internacionalista y administraciones de diferente rango pero siempre, siempre, con oídos sordos a la ciudadanía, que, sin embargo, le presta puntualmente su voto al entender -y de eso ya se ha encargado la historia- que es el mal menor y el coste de una vida sin violencia física.

 

 

 

 

 

palacio de los soviets (Moscú, 1928), afortunadamente inconcluso; y palacio de las artes (Valencia, 2005) desafortunadamente construido. Ambos, carocas de un sistema claramente mejorable.

 

Ya ha llegado el momento de admitirlo, hemos perdido la partida, y la globalización imposibilita tanto seguirla como comenzar de nuevo. Lo hemos dejado todo en manos del capital y las administraciones. Y se encargan día a día, de que sea imposible desprenderse de la mordaza o jugar con otras reglas. Y, en esta tesitura -con la que hay muchos de acuerdo porque, aunque podríamos estar mucho mejor, ¿que precio estamos dispuestos a pagar por ello?- las ciudades siguen saliendo perdiendo, porque las nuevas ciudades, las zonas que aún no han podido destruir, ya no son expresión de la cultura que las levanta. O mejor no pensar que este pseudourbanismo es el resultado de nuestras sociedades, porque entonces el clamor sería pavoroso. No, es mejor y más lógico no pensar que es responsabilidad nuestra por haberlo permitido y habitar (“habitar”, mejor) en ellas, por haber permitido que las ciudades de hoy sean una expresión de un cuerpo urbanístico legal que, buscando un supuesto buen urbanismo, se ha encargado de rigidizarse y convertir la ciudad en un pésimo experimento superado, en otros países, hace décadas.

No se puede regular artificialmente algo que va contra la lógica o el buen juicio sin un sistema coercitivo detrás que mantenga dicho statu quo por mucho tiempo. Pues  parece que muchas administraciones regionalistas españolas lo han conseguido.  En muchas regiones -que, además, coinciden en sus puestos a la cola en paro y desarrollo- se han dictado normas urbanas que imponen ratios de espacios libres por número de viviendas, o cantidad de aparcamientos necesarios, o número máximo de árboles por hectárea de parque. Pero no se han preocupado de carriles bici, de viviendas social realmente accesible y para todos, de protección urbana. Se han marcado los límites, pero no se han definido con realidad los objetivos reales de este urbanismo de despacho municipal, pseudourbanismo mediocre desde el que se celebra la estupidez, cuando no directamente la maldad, como motor de crecimiento de la ciudad. Y baste ejercer uno de los pocos derechos que nos quedan como ciudadanos urbanitas, el del paseo, para descubrir la triste realidad de nuestras ciudades y que, como en la plaza del Cardenal Belluga, va a permanecer formando nuestro espacio social como testigo fiel del que, seguramente, haya sido el peor tiempo posible para muchas ciudades.

 

 

 

 

 

Un ensanche cualquiera, suspendido en su desarrollo, y su resultado actual para con el espacio público.

[foto todoporlapraxis]


Por tanto, en vez de favorecer un marco de relaciones, se ha impuesto una normativa de límites. Y el resultado es la actual desaparición de la ciudad mediterránea. Es imposible enunciar “nuestras ciudades son mediterráneas” sin esbozar una sonrisa al final de la misma. Ni por sostenibilidad, ni por morfología, ni por espacio público, ni por proporciones y, muy especialmente, por sus relaciones productivas con el entorno, son mediterráneas. Y, desde la evidente buena fe de los legisladores -eso es indudable, así como su total falta de capacitación profesional- nos encontramos hoy con una legislación urbana, ambiental y constructiva que se supone formalizada y procesada para defender nuestra dignidad y que, sin embargo, nos ha despojado de las capacidades para construir nuestra dignidad nosotros mismos. Las ciudades dormitorio, los extraradios, son resultado de sus pingües normas urbanísticas. Luego no pueden estar acertadas. Y mientras, aplicando esas mismas normas, los centros históricos,  modélicos en cuanto a un modo de vida urbano no contrapuesto a la sostenibilidad ambiental, rigidizados, imposibles de vivir y colapsando, inexorablemente, y poco a poco.  No habrán sido ciudades perfectas, pero la lógica de una acertada economía de medios ha sido y es respetada por la ubicación, tamaño, morfología y tejido productivo dentro de las mismas. Al menos en ellas no hay parques junto al campo. La racionalidad de la historia no permite las estupideces proyectivas que sufrimos por culpa de nuestros munícipes.  La ciudad mediterránea es resultado de una optimización material basada en una economía de mercado local, y la normativa en ellas, tan frugal, no se concebía como herramienta de control de límites sino de dirección de movimiento, de crecimiento y de ordenación.

 

 

 

 

 

 

 

 

Torres “Osuna” en la periferia de todas las capitales de provincia de andalucía. numeradas, además con “OSUNA XX(número)” El desarrollismo de los primeros 80, una vez abierta la veda de la manipulación municipal, ha producido los peores sectores urbanos de nuestras ciudades, levantando modelos urbanísticos desclasificados por la vanguardia treinta años antes.

 

Es cierto que la demografía actual y el mercado mundial no delimitan un marco que haga eso posible de nuevo – cualquier campo libre es fagocitado por un tardocapitalismo feroz, del que todos nos guste o no, formamos parte- pero la posibilidad de la generación de microordenanzas sería una buena y plausible alternativa si a las administraciones no les resultare pavoroso perder presencia y facultades legisladoras -o recaudadoras- porque, seguramente, descubriríamos de lo prescindible que resultaría, y se exigiría su paulatina liberalización. Claro que eso requeriría un país culto, formado y responsable -al menos, uno, que dirían a buen seguro Les Luthiers- que, en urbanismo, evitara los planes generales, y consciente de su responsabilidad para con el espacio social, retomara el sentido el proyecto urbano.  Y desde él, comenzara en las calles, en los barrios y en las ciudades, a plasmar en el espacio público la expresión de una sociedad inteligente que es capaz de superar sus límites económicos desde su sentido social y humano.

Sería, tan sencillo, como el hecho de que un ayuntamiento se preocupara de realizar una gestión eficaz de los recursos y dejara de gastar un dinero que no tiene -y que endeuda a sus ciudadanos- en componer pavimentos que nunca existieron donde nunca los hubo. Así no habría que andar explicando a las señoras del imserso que ese edificio está muy bien donde está.

 

Juan D. López-Arquillo

Diciembre de 2014.

 

 

 

 

 

 

 

[sin referencias]

 

 

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