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LA INFRAESTRUCTURA ES LA ESTRUCTURA. Una visión sobre el crecimiento de tipo difuso de las metrópolis en Latinoamérica.

por Abierto_ Ciudad Viva — Jueves, 15 de enero de 2015

Existen diversas definiciones de infraestructura; la más habitual hace alusión a aquellos elementos que “dotan de funcionalidad a un sistema”. Más esclarecedora resulta quizá la interpretación, con origen en Marx, de la dualidad infraestructura/superestructura, según la cuál no existiría una sin la otra. Desde este punto de vista, la infraestructura está supeditada a una superestructura (social, en la visión de Marx), y la constituyen aquellos elementos puramente funcionales o servidores que constituyen el apoyo logístico, fundamental pero supeditado, para la existencia de una superestructura. De aquí se deriva más nítidamente la concepción de las infraestructuras modernas, como los sistemas de redes, abastecimiento o evacuación, que admiten el desarrollo de la vida y las actividades humanas en los espacios en que se desarrolla.

1. Nudo de autopistas urbanas en Los Ángeles (Google maps) y esquema que representa un modelo urbano basado en infraestructura de tráfico.

Respecto al concepto de estructura, no resulta menos polisémico que el anterior. Consideremos la acepción, asociada a la teoría de sistemas, de estructura, como “el conjunto de elementos que conforman un sistema, así como las relaciones que se establecen entre ellos”. La clave de una estructura radica pues, en la relación: es la relación, la organización entre los elementos, la que permite que un conjunto de estos se constituya en algo más que en un “agregado”. Que pase a ser un sistema con una determinada función conjunta. Pensemos en la estructura portante de un edificio. Los elementos formantes de la misma serían un conjunto de vigas, pilares, cimentaciones. Podríamos tenerlos amontonados, y no habría estructura: es la relación, disposición específica que establecemos entre estos, la que permite que se constituyan en la estructura que soporta el peso y la forma de un edificio.

2. Plano de Roma de Nolli, y vista del pueblo Los Marines. La estructura urbana está aportada por los edificios y los espacios que los unen entre sí.

En la ciudad histórica, considerando como tal aquella anterior al desarrollo masivo de las infraestructuras, a la industrialización de las sociedades, a la constitución de estas sociedades como dependientes de un sistema económico global (no autónomas), la noción clásica de estructura urbana se identificaba con la traza: la disposición de los edificios entre sí y respecto al espacio sin edificar. En efecto, es el espacio libre, o espacio público, el que articula los elementos urbanos –edificios en esencia- constituyéndolos en conjunto en una realidad de otro orden respecto a lo que sería un simple agregado de los mismos. No en vano, es en el espacio libre donde se producen la mayoría de las relaciones e interacciones de tipo general o público, que sucedían en estas ciudades.

En Latinoamérica, donde las migraciones campo ciudad han sido ingentes, la tendencia a la concentración económica casi ilimitada y las políticas públicas de planificación para controlarla, débiles en general, el contraste entre los centros urbanos históricos, reducidos y compactos, y la extensión periurbana metropolitana, resulta explícito y revelador de la transición entre dos modos casi opuestos de hacer ciudad. Se trata sin embargo de un fenómeno global, más o menos matizado por la planificación pública en las diversas regiones.

La lógica que conecta actualmente los elementos urbanos, espacios donde se desarrolla mayoritariamente la vida humana y sus actividades, es una lógica infraestructural (infraestructuras de tránsito de personas, de mercancías, de energía, comunicación) antes que espacial, como lo era en las ciudades históricas. En este contexto el espacio (urbano) es una realidad residual, derivada de lo que resulte a los intereses de localización facilitados por las infraestructuras. Esto sería lo que explica, desde este punto de vista, por encima de cualquier otro factor, la tendencia global a la dispersión y extensión urbana. Y que las políticas para favorecer la compacidad, vayan a “contrapelo” de la tendencia tecnológica.

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Miguel Gómez Villarino, arquitecto

Profesional docente, Laboratorio de Planificación territorial, Universidad Católica de Temuco

Doctorando en Paisaje Urbano, Universidad Politécnica de Madrid

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