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Ecosofías y Posthumanismo, un entorno cultural ecológico para redefinir nuestras formas de vida

por Out_arquias — Sábado, 7 de febrero de 2015

01. Ideograma naturaleza-cultura e hibridación (Bruno Latour 1993)

01. Ideograma naturaleza-cultura e hibridación (Bruno Latour 1993)

Eduardo Mayoral González

Grupo de investigación Out_Arquías HUM-853, Universidad de Sevilla.

Desde mediados del siglo pasado, el hombre está cambiando su visión de sí mismo en relación al resto de cosas en el mundo, está adquiriendo una percepción diferente de su propia existencia y del modo en que crea su mundo para habitarlo junto con esas “cosas otras”. Este cambio afecta de manera radical y directa a nuestra forma de vida, tanto en su constitución fisiológica como cultural. El cambio al que nos referimos sucede porque el hombre deja de autosituarse en el centro del universo y porque empieza a ser consciente de que ya no puede usar al resto de sujetos y objetos como si fuesen de su propiedad, exclusivamente para su propio beneficio y sin importar el daño que sus acciones causan al conjunto de la vida en el planeta. Todo ello, implica una consideración ecológica glosada por una cosmogonía donde el hombre se ve como parte de un complejo engranaje en el que otros seres, tanto vivos como inertes, juegan un papel activo.

Además de este cambio fundamental en lo que se refiere al entendimiento del mundo, del rol que jugamos en él, y de nuestra relación con el resto de cosas que existen, en el último siglo ha ocurrido una revolución tecnológica de tal calibre que permite al hombre, no sólo amplificar sus acciones sobre el mundo, sino poder controlar su propio proceso evolutivo para llegar a ser algo distinto a lo que se conviene llamar ser humano. Tanto el descentramiento del papel del ser humano en el mundo como el control tecnológico sobre nuestro propio proceso evolutivo, constituyen el grueso del cambio que se anuncia, el tránsito del Humanismo al Posthumanismo (Hayles 1999). Dicho cambio se desarrolla en un marco que atiende a una cosmogonía ecológica en la que seres humanos y seres no-humanos se ven implicados. Por ello, existe la necesidad de redefinir las relaciones que entre “nosotros” y “ellos” se dan actualmente, para configurar un escenario de convivencia real entre humanos, no-humanos, y mixturas de ambos. Es en este entorno en el que puede empezarse a hablar de dar continuidad a la vida, de mantener e incrementar las redes de vida (Capra 2002) e incluso potenciarla, donde se puede empezar a hablar de su sostenibilidad y de relaciones ecológicas; no sólo fabricando placas solares (visión bioclimática) o excluyendo al hombre del medio a favor de la protección de una supuesta “naturaleza” (visión ecologista).

Actualmente, nuestra forma de vida y el modo en cómo nos instalamos en el planeta, alientan la superproducción de desechos provocados por nuestra propia existencia, calificados por Duque (2002) como “la negra piedra de la Tierra”. En palabras del filósofo español, nuestra agencia sobre el planeta que habitamos lo transforma en algo parecido a la ruina de un edificio que nunca acabará por instalarse, una ruina “revestida de plástico chillón como mueca simiesca de la postmodernidad”. Al hacernos conscientes de esta situación, advertimos que las formas de vida tal y como las conocemos, no están amenazadas por un hipotético cataclismo provocado por agentes externos, sino por nuestra propia acción sobre el planeta. Es entonces cuando nos damos cuenta de que debemos jugar un papel distinto como individuos y como especie; si se quiere, a empezar a comportarnos de una manera distinta a como el Humanismo dicta. Este hallazgo nos hace virar hacia una posición periférica en relación al resto de las cosas y se constituye como la piedra de toque de las formas de vida posthumanistas.

Las formas de vida que existen (entre ellas la nuestra), van a sufrir cambios y van a dejar de ser tal y como son hoy. En gran parte esto ocurrirá porque nos hemos instalado en el planeta consumiéndolo y contaminándolo a través de los desechos que produce nuestra tecnología, reduciendo así calidad de la vida que éste puede albergar. Pero por otra parte, la tecnología nos permite también modificar nuestras formas de vida a través de mejoras evolutivas, que no sólo podrían centrarse en el beneficio de nuestra especie, sino en el de otras y en el del medio. La tecnología que se está desarrollando actualmente, sobre todo la biotecnología, nos invita a pensar en acelerar nuestro proceso evolutivo en un intento fáustico de convertirnos pronto en algo distinto a un ser humano, presumiblemente mejor. Sin embargo, también desvela un potencial enorme para mejorar el resto de cosas que no somos nosotros. Este modo de pensar decanta tres argumentos de peso para hablar de posthumanismo: no considerar nuestra especie como el final de un largo proceso evolutivo, sino como el principio de otro más complejo, procurar la mejora de otras formas de vida que no son la nuestra, y transformar el medio de forma que sea beneficioso para las relaciones ecosistémicas que en él ocurren.

Estos motivos, entre otros, hacen que sea necesario replantearse el modo que tenemos de habitar el planeta. En este contexto, entendemos habitar como la forma de estar en el mundo, como el tensar una red de relaciones ramificadas por las que la Tierra se alza Mundo, y éste se dis-pone y com-pone en ella (Duque 2002). Instaurar el Mundo en la Tierra, donde la Tierra se articula Mundo, implica una profunda relación de convivencia y co-habitación entre humanos y no-humanos. No podemos seguir transformando y diseñando el mundo desde una perspectiva que no incluya a los seres no-humanos porque de este modo dañamos a la vida en conjunto en el planeta, y por extensión a la nuestra.

Está en nuestra mano el modo que tengamos de ser cosa junto con el resto de cosas en el mundo; es decir, que el modo en que configuremos nuestras formas de vida, se oriente hacia la producción de artificialidad y la generación de desechos, o hacia una búsqueda de formas alternativas de ser en el mundo donde humanos y no-humanos convivan (Latour 2004) y co-habiten (Sloterdijk 2006). Dichas formas de vida alternativas no pueden plantearse en el ámbito arquitectónico, el político, el social o el económico, sólo desde el decrecimiento y la ecoeficicncia, sino que habrían de suceder en un entorno en el que tanto seres humanos como seres no-humanos co-evolucionen en una relación profunda de convivencia que redefina su existencia en el mundo. Es por este motivo que, para empezar, deberíamos adoptar una visión más amplia que aquella en la que nos auto-situamos en el centro del universo, donde no consideramos las diversas interrelaciones entre distintas especies, materia viva y materia inerte. Solo así, seremos capaces de configurar formas de vida más plenas y complejas, así como soportes para las mismas.

Este fenómeno co-evolutivo puede verse altamente potenciado y amplificado por las biotecnologías que lidian con lo orgánico a través de la ingeniería de lo vivo; pero la co-evolución no es sólo un fenómeno por venir de la mano de sofisticadas tecnologías, sino que viene sucediendo desde que el mundo es mundo, y en especial desde que la vida floreció en él. La co-evolución entendida como un proceso continuo de desarrollo, adaptación y adaptividad de materia viva y materia inerte en el tiempo, es un fenómeno que siempre ha sucedido y que sigue sucediendo en nuestro planeta. Por tanto, se puede hablar de una noción ecológica en sentido amplio en la que seres vivos y seres no-vivos interactúan decantando novedad en un proceso evolutivo compartido.

Este tipo de asociaciones evolutivas que se dan en todas direcciones entre materia orgánica e inorgánica son las que nos permiten hablar de un verdadero entorno operacional ecológico. Por este motivo no nos deberíamos escandalizar cuando a través de los actuales desarrollos tecnológicos se plantea el hecho de hibridar seres vivos con seres no-vivos o materia viva con materia inerte. Este hecho per se, no significa una violación de ningún tipo, ni genera monstruos que no tengan cabida en el Mundo que instauramos en la Tierra (Duque 2002).

La simbiosis entre materia orgánica e inorgánica es crucial para que se originen novedades evolutivas en un entorno ecológico. De hecho, muchas de las más importantes innovaciones evolutivas que han conducido a los máximos niveles de complejidad, se deben a procesos simbióticos en los que participan tanto seres vivos como seres no-vivos. Entender por tanto el planeta dentro de una lógica ampliada de la teoría simbiogenética (Margulis 2002), y extrapolar este entendimiento al ámbito del diseño y producción de mundo en el mundo, se antoja como una estrategia operacional cultural absolutamente necesaria para (re)definir nuestras formas de vida.

 

REFERENCIAS:

CAPRA: The Hidden Connections. A science for sustainable living, Anchor Books, New York. 2002.

DUQUE: La fresca ruina de la Tierra (del arte y sus desechos), Calima, Madrid. 2002.

HAYLES: How we became posthuman: virtual bodies in cybernetics, literature and informatics, University of Chicago Press, Chicago. 1999.

LATOUR: Politics of nature, Harvard Univ. Press, Cambridge. 2004.

MARGULIS: Planeta simbiótico. Un nuevo punto de vista sobre la evolución, Editorial Debate, Madrid. 2002.

SLOTERDIJK: Esferas III, Siruela, Madrid. 2006.

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