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El discurso culturalista del regreso a la ciudad. Del Mediterráneo a América Latina.

por Iban Diaz Parra — Miércoles, 4 de marzo de 2015

En los últimos años, han sido varios los autores que han empezado a hablar de gentrificación en México. Como suele ser habitual en estos casos, han sido principalmente los jóvenes los que lo han adoptado, siendo frecuente la desconfianza por parte de la vieja academia, no carente de toda razón, ante la importación acrítica e indiscriminada de discursos extranjeros. El hecho es que, en la Ciudad de México, como en la mayor parte de las grandes ciudades Latinoamericanas, a día de hoy es indiscutible la existencia de un “regreso a las áreas centrales”, tanto de los discursos científico-técnicos, como de las políticas públicas, el capital privado o, incluso, cierto tipo de población. Esto no es algo que pase desapercibido en los estudios urbanos y, desde finales de la década de los noventa, son numerosos los autores de prestigio que interpretan estas tendencias dentro de lo que podríamos denominar un enfoque culturalista del “Regreso a la ciudad construida”, con su origen en las disciplinas de la arquitectura y el urbanismo. Examinar sus orígenes puede ser un ejercicio interesante.
Es poco probable que se cuestione que los discursos urbanísticos, dirigidos a la valorización de las áreas centrales, especialmente en relación a los aspectos patrimoniales, tienen su origen en la crítica al urbanismo funcionalista. En el ámbito anglosajón serían determinantes las críticas de Jane Jacobs, desde una posición que David Harvey denominó en algún momento como anarco-capitalista, en gran parte por su ataque al intervencionismo estatal, dentro de la crítica a la destrucción provocada por la renovación urbana y a la alienación de los grandes conjuntos de viviendas. Desde una posición política radicalmente alejada, en la Europa continental encontramos a Lefebvre, que identificaba las grandes intervenciones urbanísticas de vivienda del Estado francés, no sin razón, con una racionalización de la segregación socioespacial y una privación de las áreas centrales para las clases populares. No obstante, probablemente tendría mucho mayor impacto en las prácticas políticas concretas el trabajo de Aldo Rossi, con su concepción de la ciudad por partes y su reivindicación de los centros históricos. En todos los casos, se coincidía en la crítica a la homogeneización provocada por la zonificación, el desprecio y la privación de las áreas centrales y la desnaturalización de la vida social en las torres de vivienda social. Al mismo tiempo, dejaba de valorarse lo que fue uno de los mayores esfuerzos redistributivos en el ámbito de la reproducción social (las grandes políticas de vivienda pública posteriores a la II Guerra Mundial).
Algunos autores señalan como paradigmática la intervención sobre Bresccia, mientras otros refieren la rehabilitación integral del centro de Bolognia. En cualquier caso, el urbanismo conservacionista se expandió en los años setenta en Italia con unos planteamientos dirigidos a la rehabilitación y conservación de las áreas históricas, con una reivindicación de la plurifuncionalidad de estos espacios y una perspectiva social que revindicaba el mantenimiento de la población popular. Estas ideas tuvieron una notable publicidad a través de la Carta de Ámsterdam, los congresos internacionales sobre el patrimonio y, en general, con la labor de la UNESCO. Los planes urbanísticos de los primeros ayuntamientos democráticos en España son un ejemplo de esta difusión. Bajo el recurrente lema del “regreso a la ciudad consolidada”, se proyectaron documentos donde primaba la austeridad frente al crecimiento desarrollista, la provisión de dotaciones y espacios públicos frente a la construcción de más viviendas (ya existía un notable superávit de las mismas, que superaba el millón) y una intervención sobre las áreas históricas en declive frente a la expansión periférica.
Los discursos no se desarrollan en el vacío. Estos planteamientos tienen un éxito notable en un contexto de crisis y estancamiento económico (austeridad), cuestionamiento del intervencionismo estatal fordista y auge de los nuevos movimientos sociales y de los planteamientos del ecologismo. De hecho, la recuperación del crecimiento económico, ya bien entrada la década de los ochenta, ahora bajo planteamientos progresivamente neoliberales, provocó un giro pragmático dentro de las políticas urbanas. El urbanismo por partes encajó adecuadamente con la idea de la política urbana estratégica y por proyectos, asumiendo planteamientos de la libre empresa. El vuelco sobre los espacios públicos justificó la retirada del mercado de la vivienda por parte del Estado y el giro sobre las áreas históricas implicó en la práctica la sobreinversión de piezas concretas de la ciudad, desembocando en la recreación de un centro para las clases medias y el turismo, donde los planteamientos sociales originales se habían abandonado por completo.
El Modelo Barcelona, paradigma de lo anterior, de mano sus principales arquitectos y sus respectivas empresas, tiene mucho que ver con la expansión de estas ideas en América Latina. Sin ir más lejos, una operación especulativa con las áreas centrales paradigmática, el proyecto Puerto Madero en Buenos Aires, se desarrolló mediante un convenio con el Ayuntamiento de Barcelona. También sería interesante examinar el impacto de las políticas de cooperación para el desarrollo, especialmente de la Junta de Andalucía, en la reinversión de centros históricos como el de Cuba. No obstante, es en gran parte de la mano de la UNESCO que estas ideas se introducen en América Latina, mediante congresos y conferencias. En esta región, es indiscutible el liderazgo intelectual de Francisco Carrión, que retoma la alocución del “regreso a la ciudad construida”, identificada con la rehabilitación de las áreas centrales, su “repoblación” y el mantenimiento o la creación de cierta heterogeneidad social y de usos.
Estos discursos tienen una raíz progresista y, de hecho, las prácticas políticas asociadas se han vinculado a gobiernos y técnicos de izquierda, aunque también a grandes capitalistas, como Carlos Slim. En este sentido, a veces parece olvidarse que la especulación, el aburguesamiento y el desplazamiento de la población y usos más vulnerables, son amenazas reales sobre los centros históricos de América Latina (que no niegan otras amenazas quizás más inminentes, como la ruina, la terciarización y el despoblamiento). La exclusión de una valoración política y económica de estas cuestiones, puede acabar dejando el discurso del “regreso a la ciudad” como una justificación de intereses y prácticas muy alejados de sus principios.

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