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PERCEPCIONES DEL ESPACIO PÚBLICO. By Ignacio Grávalos / Patrizia Di Monte (estonoesunsolar)

por Abierto_ Ciudad Viva — Martes, 30 de junio de 2015

La ciudad ha sido considerada un elemento determinante en la conducta de los individuos. En este contexto, adquiere vital importancia el estudio sobre las cuestiones relativas a la percepción y lectura del espacio público como máxima expresión de la interacción unívoca ciudad-individuo.

Existe en las ciudades un componente sintáctico, relativo a la morfología y a las características físicas; y uno semántico, referente a su significado. El paisaje urbano es una mezcla de ambas. No existe una sola ciudad. En este sentido, Vadillo[1] la interpreta como el producto de tres factores (de tres ciudades simultáneas): un lugar físico, un lugar virtual y un lugar deseado.

Si bien resulta innegable la percepción subjetiva de la realidad urbana, diversos autores han realizado un intento de sistematizar y objetivar aquellos elementos o imágenes  que transmiten al ciudadano una “seguridad emotiva”. En todo ello subyace un deseo de producir imágenes reconocibles (localizables) como reacción ante una ciudad sin lugar. Estas imágenes, como modelos de referencia, son fundamentales para el establecimiento de vínculos consistentes entre la ciudad y el ciudadano.

La ciudad contemporánea se enfrenta, por tanto, a una doble realidad. Por un lado, jamás ha ofrecido tal sobresaturación de percepciones visuales; por otro, jamás han sido tan evanescentes. La ciudad genérica ha eliminado la permanencia de las referencias, cada vez más efímeras o, más bien, cada vez más desancladas respecto a un territorio concreto. Norberg-Schulz define el espacio urbano como “la concretización de imágenes ambientales  que forman parte obligada  de la orientación del hombre en el cosmos”.

Tokio-Ga. Wim Wenders,1985

Lynch[2], en sus estudios sobre las ciudades de Boston, Jersey City y Los Ángeles, determinó una serie de elementos que permitían la lectura  de la ciudad: senda, mojón, borde, nodo y barrio. A través de ellos, configuró un sistema de lectura urbana. La gran aportación de Lynch fue la puesta en valor de la mirada individual. El sentido que da a las formas visibles y reconocibles del medio ambiente es el de ser verdaderos receptores de significados y conexiones, y por tanto, creadores de “lugares”.

La imagen de la ciudad. Kevin Lynch,1960

Corraliza[3], basándose los estudios realizados por Proshansky y Fabián y Gehl, establece las necesidades básicas que se deben tener en cuenta para el diseño de los espacios públicos. Se pueden resumir en los siguientes puntos:

La necesidad de control del contacto y de la interacción social.

La necesidad de control de los acontecimientos de los escenarios.

La necesidad de seguridad y responsabilidad en el mantenimiento.

La necesidad de actividades sociales variadas.

La necesidad de satisfacción estética.

La primera de ellas hace referencia a una planificación de la ciudad que equilibre el uso de los distintos espacios y el modo en que las personas se relacionan. Vendría a sugerir la introducción de un cierto orden en un escenario social heterogéneo, formado por una suma de conciencias. Este punto está relacionado con las cargas de uso de los espacios urbanos. Exige una tipología que favorezca la interacción ciudadana, y que permita, en palabras de Park, la conversión del individuo en persona. Algunos de estos aspectos, junto con estrategias sobre la seguridad urbana y la calidad de vida fueron abordados por Jane Jacobs en Muerte y vida de las grandes ciudades (1961).

La segunda, está relacionada con el tamaño y la escala, poniendo énfasis en la relación del ciudadano con el medio construido en el ámbito de los usos cotidianos. Tenemos bien presente las grandes intervenciones que tan sólo han conseguido acentuar  la soledad y desamparo del hombre contemporáneo. En esos casos, en ese primer uso temporal, la unidad de escala es la masa de visitantes.  Sin embargo, en una segunda fase, resulta un escenario vacío o desproporcionado para los usos cotidianos. Para ello es preciso calcular muy bien, dentro de la imprevisibilidad del ser humano, las posibles acciones y acontecimientos que pueden albergar los espacios públicos. Ser capaz de imaginar trayectorias, de intuir una segunda vida de los espacios urbanos.

El aspecto de la seguridad (y de la percepción de la seguridad) resulta vital para la actividad urbana, ya que condiciona los aspectos de la desconfianza entre ciudadanos y del verdadero sentido de la ciudad democrática, perteneciente a todos. Probablemente sea el gran indicador del funcionamiento de un espacio público y, por eso mismo, sea una de las cuestiones más sensibles: la gestión del miedo. Jacobs aboga por unas manzanas de escala humana que permita el conocimiento y la confianza mutua, los usos mixtos y la disposición de una actividad comercial a lo largo de las calles como elementos reguladores de la seguridad ciudadana, considerados como los “ojos en la calle”.

En cuanto al mantenimiento, es imprescindible tomarlo en consideración desde las primeras fases del proyecto, garantizando la durabilidad y el confort de los espacios urbanos. Cabe destacar que se están produciendo una serie de programas experimentales tendentes a responsabilizar al ciudadano en el mantenimiento de ciertos espacios públicos (placemaking, autogestión, etc..). Este punto, con cierto grado de perversión, abre un debate entre el rol justo entre el empoderamiento ciudadano y el peso que la Administración arroja sobre el ciudadano en virtud de una implicación activa.

Shoutwark lido, Londres. EXYZT

La pérdida del carácter multifuncional de los espacios públicos, heredera de la especialización funcional de la sociedad fordista, deriva en una infrautilización de muchos de ellos. Algunos de estos espacios, excesivamente caracterizados, no permiten o limitan en exceso la aparición espontánea de usos imprevistos, y por tanto, se produce una pérdida del carácter abierto del espacio urbano y de su tensión social. Todo ello ha sido acentuado por la eclosión de diversas ordenanzas ciudadanas tendentes a regular en exceso las actividades permitidas en el espacio público. Paralelamente, algunos autores han cuestionado, bajo la aparición de nuevas tecnologías, la primacía del funcionalismo en la ciudad. En ese contexto, Bohigas[4] antepone la definición del carácter de los espacios públicos a la concreción de la función, debido a su volatibilidad en contraposición con la permanencia del carácter.

Shouwburgplein, Rotterdam. West8.

En la actualidad resulta arriesgado hablar de estética y belleza. Sin embargo, los estudios de psicología ambiental reflejan su importancia en el funcionamiento del individuo. Se debe tener especial atención a la escena urbana y a su unidad compositiva por su capacidad de generar emociones y favorecer la identificación del individuo con la ciudad. Corraliza, en este sentido, apunta una serie de propiedades dicotómicas (coherencia-complejidad, misterio-legibilidad, identidad visual-familiaridad) como elementos indicativos del atractivo urbano.

Todas estas necesidades, son claves que nos dan un sistema para la comprensión a priori del espacio urbano desde el punto de vista de la psicología ambiental. Disponemos así de un conjunto de elementos que permiten evaluar el éxito-fracaso de los ya existentes. Todo ello, actualmente es favorecido por la creciente datificación del paisaje urbano. Sin embargo, los datos por sí mismos carecen de valor si no existe una inteligencia que los interprete en su justa medida. Difícilmente son neutros, existe siempre el riesgo de la ideologización de sus lecturas. Una gran cantidad de recursos estadísticos o interactivos permiten realizar un seguimiento de muchos de los espacios urbanos. La inclusión de herramientas digitales va a permitir cada vez más la inclusión de la ciudadanía en la construcción de la ciudad. Y esta presencia ciudadana continuará siendo fundamental porque la tecnología es necesaria, pero no suficiente.


[1] Vadillo, M. “La ciudad consumida”. En La ciudad: ausencia y presencia. Plurabelle, 2005.

[2] Lynch, Kevin. La imagen de la ciudad, 1960.

[3] Corraliza, José Antonio. Ciudad, arquitectura y calidad de vida: notas para una discusión. En R. de Castro(comp.), Psicología ambiental: intervención y evaluación del entorno, 1991.

[4] Bohigas, Oriol. Contra la incontinencia urbana. Reconsideración moral de la arquitectura y la ciudad, 2004.

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