“En el ámbito de la antropología la referencia al método
o a los métodos tiene generalmente significados diversos.”
Honorio Velasco (1997)
Hablar, comprender y estudiar la ciudad desde un enfoque transdisciplinario, implica diversos procesos de investigación.
La ciudad como tal —o una parte de ésta, como el Centro Histórico—, tiene diversas lecturas e interpretaciones, a partir de las personas, actores o sujetos que ahí conviven. No sólo se requiere de un marco epistemológico, sino también de bases metodológicas que nos ayuden a entender y comprender los diferentes significados de uno o varios fenómenos socio-culturales que se estudian.
Gilberto Giménez (2004), plantea que para estudiar la ciudad:
“En primer lugar trataría de de precisar el tipo de ciudad que va a constituir mi objeto de estudio. En efecto, sabemos que estamos pasando de la urbanización industrial a la metropolización ligada con los procesos de globalización, y que no es lo mismo estudiar una pequeña ciudad provinciana, una ciudad industrial y una metrópoli como la Ciudad de México. Una ciudad industrial se propone aprovechar al máximo los recursos y las facilidades de la concentración y proximidad, mientras que una metrópoli se caracteriza por una serie de elementos diversos.” (p. 19-20).
Así mismo Giménez (op. cit), propone un modelo de intervención de la ciudad, en donde ubica tres escaños para investigar:
1) La ciudad morfológica está constituida por todo lo que es directamente observable: el terreno, el entorno natural, los edificios, las redes técnicas, los espacios públicos, la población, etcétera. Es la ciudad que resulta de la acción de los profesionales del espacio (arquitectos, urbanistas, ingenieros, diseñadores…).
2) La ciudad socio-política, es el nivel de las prácticas urbanas, de la participación ciudadana. Comprende el conjunto de los comportamientos sociales (público y privados), que los citadinos realizan en el marco de la morfología urbana. La mayor parte de las prácticas urbanas también son observables.
3) La ciudad de la gente es la ciudad representada, percibida y vivida por sus habitantes. Este es el nivel de las imágenes, de los proyectos, de las motivaciones, de los imaginarios y de la identidad.
Cada uno de estos, tal como lo plantea Giménez, se encuentran entrelazados entre sí, es decir, uno como investigador, no puede sólo analizar el aspecto morfológico sin vincular lo que opinan las personas acerca del espacio.
En este sentido, si la investigación busca identificar las diferentes formas de interpretación, percepción y conformación de una identidad (local o regional), así como individual, colectiva y urbana que genera el espacio público, así como las diversas manifestaciones de prácticas urbanas, que denotan en la apropiación, uso y ocupación de una Plaza en el Centro Histórico de la Ciudad de México; a partir de la observación participante y simultánea de las formas de representar el espacio, ya sea de manera individual o colectiva, así como las representaciones realizadas por los diferentes actores sobre este espacio y siguiendo sus condicionantes. Bien dice Abilio Vergara (2003:240), que la ciudad es un espacio de relaciones donde los individuos, grupos o comunidades, lugares, barrios e instituciones dialogan o se confrontan mediante la acción instrumental, expresiva o simbólica de sus habitantes.
Una forma de interpretar y dar a conocer, estas relaciones con el espacio público, es a partir de los mapas mentales, que se elaboran a partir de las vivencias de los actores con el lugar.
Así mismo, se pueden realizar dos tipos de entrevistas, para así saber el tipo de representación simbólica acerca de los lugares, por un lado la percepción del espacio local que vendría siendo la Plaza como tal, y por otro lado, el Centro Histórico como aglutinador de lo regional. La representatividad de una muestra clave de actores, se da, a partir del convivir diario. Extender la etnografía no con el afán de meramente describir, sino de conocer la realidad misma y el contexto, bien dice un dicho que no es lo mismo “huele a traste, que atrás te huele”, depende de cómo se quiera leer. Y la ciudad como tal, puede tener diversas lecturas, aunque desde la perspectiva antropológica que es la que planteo en esta entrada, el conocer el espacio, más allá de lo urbano-arquitectónico, es una parte interesante.
Es así que el enfoque interpretativo de lo que se vive en el espacio público, se da a partir del método propuesto por Kevin Lynch de la “imaginabilidad” (1984), en donde la imagen que tienen los lugares, dependen de sus sistemas de espacios públicos.
Referirse al espacio público, es referirse a espacios físicos, y no a los espacios públicos políticos en el sentido de Habermas, que tienen una connotación diferente.
Existen dos criterios para clasificar a los espacios públicos urbanos, por una parte se trata de territorios libres de construcciones que no han sido objeto de apropiación por un solo actor; y por otra parte, se trata de espacios que permiten el encuentro entre los actores urbanos, en la medida que les permiten el acceso a todos los lugares de la ciudad. Las funciones del espacio público, tienen que ver, con la movilidad de los citadinos; con los usos civiles, festivos, comerciales y culturales; con la sociabilidad entre los citadinos; y con una identidad en el sentido de la imagen que se percibe a partir de lo que se vive y experimenta.
Y para complementar esta visión interpretativa de las formas simbólicas de percibir el espacio, se puede recurrir al método propuesto por John B. Thompson (1993), de la “Hermenéutica profunda”, donde el análisis se centra en una fase preliminar donde se procura reconstruir, por vía etnográfica (mediante entrevistas, cuestionarios, observación participante, etcétera), la interpretación cotidiana de las formas simbólicas en la vida social. Esta fase, responde a las características del campo de estudio, que constituye un ámbito pre-interpretado por los actores sociales como antecedente de cualquier otro procedimiento.
El método implicaría otras tres fases de análisis que corresponden a la “hermenéutica profunda”:
1. La primera fase es la del análisis histórico-social, que busca la reconstrucción de las condiciones de producción, de circulación y de recepción de las formas simbólicas. Se configuran por elementos representantes de otros tantos niveles de análisis: el escenario espacio-temporal, el campo de interacción, las instituciones sociales, la estructura social y los medios técnicos de transmisión o difusión.
2. La segunda fase corresponde al análisis formal, que estudia la estructura interna de las formas simbólicas, capaces de representar y simbolizar.
3. La tercera fase pertenece a la interpretación y reinterpretación, que requiere del apoyo de las fases analíticas anteriores —del análisis formal y del análisis histórico social— que constituye una operación diferente. La interpretación, procede por síntesis, construyendo creativamente un sentido global que imputa a los comportamientos o acontecimientos observados. Se propone reconstruir la dimensión referencial de las formas simbólicas (es lo que se representa y lo que se dice acerca de lo representado), con base en los resultados de los momentos analíticos precedentes.
Referencias bibliográficas:
Giménez M., Gilberto (2004): “Introducción al estudio de las identidades urbanas”, en Conferencia presentada en el Seminario permanente de Estudios sobre la Ciudad, Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
Lynch, Kevin (1984): La imagen de la ciudad. Gustavo Gili, México, 227 pp. ISBN-968-6085-90-4
Thompson, John B. (1993): Ideología y Cultura Moderna. Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, México, 472 pp. ISBN-970-654-327-9
Vergara, Abilio (2003): Identidades, imaginarios y símbolos del espacio urbano. Quebec, La Capitale. ENAH-INAH, México, 297 pp. ISBN-970-35-0153-2
Etiquetas: ciudad, espacio público, identidad, investigacion, urbanismo













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