La ciudad viva


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¿Tiene sentido hablar hoy de contexto?

por Santiago de Molina — Jueves, 27 de enero de 2011

“La mayoría de los miles de millones de llamadas de móvil que se producen cada hora en las ciudades y los pueblos de todo el mundo empiezan con una pregunta sobre el paradero del que llama. Los seres humanos necesitan inmediatamente saber dónde están. Es como si la duda les acosara y les hiciera pensar que no están en ningún sitio. Están rodeados por tantas abstracciones que tienen que inventar y compartir sus propios puntos de referencia provisionales”. (1)

Los seres humanos necesitan estar orientados. Tienen un innato sentido de las relaciones del cuerpo con lo que les rodea. Cualquier antropólogo medianamente solvente podría justificar su pervivencia como especie gracias a esa inestimable cualidad.

El valor del lugar sin embargo parece estarse hoy perdiendo de manera inexorable. No podemos decir que sea un fenómeno debido solo a la globalización cultural y social sino que intervienen muchos otros factores entre los que cabe destacar las nuevas relaciones del ser humano con su contexto físico, donde la ciudad y la arquitectura son factores determinantes.

Lo que parece hoy evidente es que la ciudad no es ya concebida como un lugar nacido de la historia, ni como una lenta decantación de decisiones colectivas, y menos como un sumatorio tranquilo de arquitecturas. La ciudad es hoy el lugar “deslocalizado” por antonomasia. Fragmentos urbanos de lados opuestos del globo son equivalentes desde todo punto de vista, planeamientos y arquitecturas resultan de idéntica factura y mediocridad. La globalización de la cultura ha afectado finalmente a uno de los productos más específicos de la humanidad hasta no hace demasiado tiempo: la arquitectura. Y consecuentemente y lo que es más extraordinario, ha afectado a lo que queda entre ella: el contexto.

“Vivimos rodeados de los mismos elementos, mecánicos y electrónicos. Usamos los mismos instrumentos y aparatos. Sería difícil desde el ámbito de una oficina o, si se quiere, desde cualquier lugar de trabajo, decir en qué país nos encontramos. Y lo mismo podría decir a propósito de un hospital, un aeropuerto o un supermercado. A esto hay que añadir el modo en que el transporte de masas ha alterado nuestra idea del espacio, el significado de la distancia. Todo parece estar en contra del lugar. Todo parece reclamar un mundo homogéneo, lleno de los mismos productos, inundado por las mismas imágenes. Parece como si tan sólo la ubicuidad del no-lugar existiese; como si la idea de lugar ya no tuviese valor; como si pudiésemos ignorar dónde nos encontramos, dónde estamos.
El modo en que entendemos la arquitectura exige, sin embargo, el lugar. La arquitectura se nos hace presente como realidad en el lugar.”(2)

Hasta hace no mucho tiempo el entendimiento de la arquitectura pasaba por la relación con el lugar y era sentida como una obligación no solamente disciplinar sino nacida del propio deseo de los habitantes, como signo de la toma de posesión del habitat donde se asientan.

No obstante, hace unas décadas, el contexto fue entendido como una herramienta de primer orden para garantizar la continuidad de la ciudad y de la arquitectura como forma y como historia. ¿Qué ha sucedido para que se produjese este brusco viraje en uno de los fundamentos más estables de la arquitectura como disciplina?

Tal vez la asunción por parte de la profesión de lo que significa la arquitectura para la sociedad sea uno de sus principales motivos. Otro, quizás, que el contexto, como  fue entendido en los años 80, dejaba de lado muchas de sus más hondas exigencias y complejidades. El contexto, reducido a un mecanismo automático de trabajo, injertado en un proceso como un simple silogismo desde el que desprender el proyecto, resultó, a raíz de lo visto, una estafa contraproducente.

Explicar el contexto en base a la aplicación de conceptos como el de tipología, la obediencia a un “genius loci” o a los aspectos puramente formales en relación a cornisas, huecos o materiales, sirvió solo como una débil excusa de trabajo y tal vez durante un tiempo para la protección normativa de lugares consolidados de la ciudad. Sin embargo se privó a la arquitectura de actuar con la libertad capaz de transformar de raíz los lugares en la que se establece. Y a nadie se le oculta que esa es una posibilidad irrenunciable y en algunos lugares, acuciante. La posibilidad de negar o activar el lugar donde se asienta es uno de los postulados exigidos a la arquitectura desde que existe como tal.

Con el cambio de siglo el interés por el contexto ha ido deslizando sus energías hacia puros mecanismos de generación de forma, hacia paisajes y topografías que trataban de establecer continuidad, más que en fachadas y alturas, en el espacio público. Así el contexto ha sido entendido desde finales de los 90 como un suelo plegado fruto de la alteración topográfica de la calle. Una topografía artificial capaz de completar con la arquitectura el espacio público que llegaba desde el exterior. Es decir, fue sobre el peatón y su caminar donde se volcaron las energías para garantizar la continuidad de la ciudad. O en otras palabras, desde un programa auspiciado por la topología. Poca cosa, en verdad, si contemplamos lo que en la historia significa el lugar para la arquitectura.

La arquitectura no necesita de la continuidad para establecer sanas relaciones con la ciudad o el paisaje. Prueba de la fragilidad es estos gestos, es de hecho, que esas topografías artificiales se hayan ido reduciendo en la última década hasta desaparecer como un mero rastro estilístico. Del leve contacto con lo existente se ha pasado a una total ruptura.

En la actualidad nos hallamos en un instante en que se reclama a la  arquitectura ser fuente de espectáculo capaz de generar ganancias lo más inmediatas posibles, y para ello el lugar resulta una sustancia inútil desde el enfoque del puro consumo mercantil. Sin embargo ese ansia por transcender se encuentra en la base más profunda de la arquitectura como un aguijón imposible de extraer.

Por ello, hoy, ni la ignorancia del lugar ni su servidumbre a ultranza son posibilidades realistas para plantear las verdaderas necesidades de la ciudad en relación al contexto. Tras la historia de encuentros y desencuentros con el lugar, ya nadie cree que el proyecto pueda nacer directamente de su entorno. Hoy sabemos que el lugar y el proyecto no mantienen una narcotizante relación puramente deductiva. El lugar antecede a la obra, efectivamente, pero solo una vez que la arquitectura se ha enraizado en él. Antes de la llegada de la edificación no podía establecerse como precursor, solo era un conjunto que contenía potencias y taras que el proyecto pone de manifiesto o descarta con su presencia física. Sin embargo, tal vez el lugar aun sea la primera materia gracias a la cual es posible ver nacer su significado en el tiempo y lograr algo de trascendencia para la arquitectura y la ciudad.

Así lo hemos visto en la historia con la arquitectura griega en los paisajes ante los que se erige, o ante esa laguna infecta que era Venecia antes de la llegada del hombre. Y no sólo como una estrategia amable de complemento sino incluso de pura oposición, como el caso de Pedro Machuca en la Alhambra, o en la catedral levantada sobre la mezquita de Sevilla. Por que también el construir sobre lo existente tiene que ver con el entendimiento del lugar. Sin embargo, y frente al poder de transformación del paisaje y de la ciudad por parte de la arquitectura, hoy ha aparecido la conciencia de su extremada fragilidad. Y el caso del Guggenheim es en este sentido especialmente preclaro.

Desde su construcción, el Guggenheim ha ido transformado rápida e inexorablemente toda la vieja ría de Abandoibarra. Con la llegada del turismo generado por el museo, la ciudad de Bilbao ha visto en pocos años la completa transformación del lugar sobre el que se asentaba. Hoy la dulcificación de los alrededores, la profunda trivialización de ese espacio, ha hecho que el objeto del propio museo haya perdido todo sentido en relación al recuerdo industrial y fabril sobre el que crecía manteniendo una interesante conversación.

De hecho ese contexto se ha visto alterado a una velocidad tal, que las obras allí en marcha trabajan en realidad sobre un lugar que ya no existe.

La constatación de este hecho debería ponernos en aviso sobre dos cuestiones: por un lado, entender el contexto como un hecho abierto, frágil y en constante trasformación. Por otro, la necesidad de hablar del contexto en un “campo expandido”, donde no solo pasen a formar parte de él cuestiones puramente físicas, sino también otras de índole intangible, como los eventos de carácter temporal, social o ecológico que se entretejen con ellos, siendo conscientes de que la diversidad urbana es un valor para el desarrollo y pervivencia de nuestras ciudades.

Tras un periodo de excesos en que hemos visto desarrollarse la arquitectura con un sentido del puro espectáculo, hoy hemos aprendido que en verdad es, por encima de todo, un ejercicio de cortesía respecto al lugar donde se asienta. Cortesía entendida más como vigilante distancia que como pleitesía esclavizante y servil.

Una cortesía que implica ver el contexto como una carga de vínculos con las edificaciones vecinas y las lejanas; una sucesión de objetos y eventos de la ciudad, ya no aislados sino unidos por lazos, en ocasiones reclamados, otras aparecidos por contraste, complemento o negación.

La arquitectura existente, en ese diálogo ya iniciado, tiene derecho de enriquecerse y ganar con lo nuevo. Lo nuevo tiene con lo existente, deber de urbanidad, es decir, de atención y comedimiento. La ciudad y el paisaje estaban expectantes antes incluso que existiesen como tales. Otras construcciones dejaron huellas sobre el solar y éste guarda memoria viva de ello. Todo estaba dispuesto para dar gozosa cabida a la nueva obra.

En el “destejido” de esas posibilidades latentes, su elección y posterior “retejido”, el lugar queda trasformado y el proyecto adquiere para sí auténtico significado gracias a este especial sentido de la cortesía.

Una cortesía capaz de traspasar y transformar el duro contexto urbano generado por los fríos parámetros de la edificabilidad o del espectáculo intrascendente.

“En un gélido día de invierno unos puercoespines se apiñaban los unos a los otros para que así, dándose calor mutuamente, no se quedaran ateridos de frío. Sin embargo no tardaron en sentir que se estaban pinchando unos a otros, lo cual hizo que volvieran a alejarse unos de otros. Luego, cuando la necesidad de calentarse los volvió a juntar, se repitió por segunda vez aquel mal, de modo que estos dos sufrimientos los estaban lanzando de un lado a otro, hasta que encontraron una distancia moderada en la que mejor podían soportar aquella situación. Y a esta distancia la llamaron cortesía”.(3)

Santiago de Molina

arquitecto y docente madrileño hace convivir la divulgación y enseñanza de la arquitectura, el trabajo en su oficina y el blog Múltiples estrategias de arquitectura

(1) BERGER, John, “Diez notas sobre el lugar”, Diario el País, 16/07/2005.

(2)  MONEO, Rafael, “Inmovilidad Substancial”, en MONEO, Rafael, El croquis 1967-2004, El Croquis Editorial, Madrid, Octubre 2004, (Ed. Or., “The Murmur Of The Site”, Anywhere, Ed. Rizzoli. New York, 1992)

(3) SCHOPENHAUER, Arthur, Parerga und Paraliponema 11 & 396, (en castellano en SCHOPENHAUER, Arthur, Parerga y Paraliponema. Escritos filosóficos menores, Ágora, Málaga, 1997)

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